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Libro PDF Un trozo de cielo Lauren Canan

Un trozo de cielo  Lauren Canan

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limpiando viviendas nuevas para la agencia inmobiliaria
compensaba el esfuerzo. Hubo un tiempo en que era su
único trabajo. Pero, a pesar de haber encontrado otro acorde
a lo que había estudiado, había mantenido el primero por los
ingresos que le reportaba.
Comenzó por el dormitorio grande. Le encantaba cómo
olían las casas nuevas. Pasar unas vacaciones en aquella
sería estupendo. Envidió a la familia que fuera a vivir allí. Al
menos, esperaba que fuera una familia. En el pueblo se
rumoreaba que una empresa de otro estado la había
comprado para organizar actividades para sus empleados.
Sería una lástima que nadie viviera en aquella hermosa casa.
Dos horas después, cuando quitaba los últimos restos de
jabón del fregadero, oyó que se abría la puerta de la cocina.
Debía de ser Don, que iría a comprobar cómo iba. Ella
sonrió, ya que había acabado el trabajo en el tiempo
establecido.
–¿Kelly?
Se quedó inmóvil, casi sin respirar. Aquella voz no era la
de Don. No podía ser verdad. Se volvió y miró con expresión
de incredulidad al hombre que se hallaba frente a ella.
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–Jace –susurró, casi en estado de shock. Parpadeó varias
veces para convencerse de que no era una ilusión.
En el año que hacía que no se habían visto, había
cambiado muy poco. Seguía siendo igual de guapo, incluso
más que antes, aunque fuera imposible. Se había afeitado la
barba; llevaba el pelo más corto; la pequeña cicatriz seguía
siendo visible, la única imperfección de sus labios carnosos,
que podían esbozar una sonrisa diabólica y mostrar una
dentadura blanca y perfecta; una sonrisa irresistible para
cualquiera, hombre o mujer, joven o anciano.
Tragó saliva. Conocía el contacto de esos labios.
–¿Qué haces aquí? –le preguntó él con su voz profunda,
que a ella le puso la carne de gallina.
Pensó que con una bayeta húmeda en una mano y un
bote de limpiador en la otra, la respuesta era evidente.
–Podría hacerte la misma pregunta.
Pero ya sabía la respuesta. La C de la entrada era de
Compton. De pronto, la inmensa mansión adquirió las
dimensiones de una caja de zapatos.
–¿Has comprado el rancho?
–En efecto.
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A Kelly se le cayó el alma a los pies.
–Ya he terminado de limpiar. Ahora mismo me marcho.
Agarró los utensilios de limpieza y, sin volverse a
mirarlo, se dirigió a la puerta.
–Espera, no tienes que…
Ella no le prestó atención. ¿Por qué Jace Compton, un
hombre con el mundo a sus pies, se había mudado a aquel
pequeño pueblo de Texas?
La lámpara del porche lateral proporcionaba escasa luz
para la creciente oscuridad. Kelly metió los utensilios de
limpieza en el coche de cualquier manera. Le temblaban las
manos de tal modo que solo al tercer intento consiguió
introducir la llave en el contacto de su viejo Buick. El
vehículo se negó a arrancar.
Aquello no le podía estar pasando, pensó.
Tenía el móvil en el asiento de al lado, pero a nadie a
quien llamar, suponiendo que hubiera cobertura. Sus amigos
ya estarían yendo al festival de música, al igual que el resto
del condado. Era la fiesta más importante del año para la
pequeña comunidad, y Kelly no pensaba estropearle la
noche a nadie, a pesar de que le esperaba un largo camino a
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pie. ¡Ojalá la anciana señora Jenkins, su niñera, hubiera
seguido conduciendo!
Apoyó la frente en el volante, cerró los ojos y se dejó
llevar por los recuerdos y por el dolor que al mismo tiempo
le producían. Y ambos llevaban escrito el nombre de Jace
Compton.
Cuando había intentado por primera vez localizarlo en
el número de móvil que le había dado, un mensaje grabado
le contestó que Jace Compton, no Jack Campbell, como le
había dicho él que se llamaba, estaba en el extranjero.
¿Quién era Jace Compton? Una llamada al rancho donde
le había dicho que trabajaba le proporcionó la respuesta. El
hombre al que ella se había entregado en cuerpo y alma, el
que le había dicho que era tan especial que nunca la dejaría
marchar, no era Jack Campbell, un trabajador del rancho,
sino Jace Compton, un premiado y multimillonario actor
que vivía en California y que se había estado divirtiendo con
ella.
Al recordar aquel día volvió a sentir la misma vergüenza
que estuvo sintiendo durante meses después de haberse
enterado. Había sido una estúpida. Él se había propuesto
seducirla y ella había caído en la trampa. Quería creer en él,
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confiar en él, por lo que no hizo caso alguno de las sospechas
que tenía de que no fuera quien decía.
Semanas después de que él se hubiera marchado, cuando
ella ya conocía su verdadera identidad, veía su foto por todas
partes. Los titulares y las fotos de los periódicos describían
fiestas salvajes en la playa, aventuras con mujeres casadas y
el estilo de vida de un playboy.
Kelly consiguió localizar a su mánager, que le dijo de
manera clara y amenazadora que ella no significaba nada
para el señor Compton. Habían tenido una aventura, ¿y
qué? Jace tenía muchas. A no ser que estuviera dispuesta a
presentar batalla legal por el derecho de custodia, debiera
seguir el consejo del mánager y resolver la situación ella
sola. Kelly había colgado el teléfono totalmente aturdida. No
durmió esa noche ni la siguiente. En su mente se alternaban
la incredulidad y la desesperación.
Nueve meses después, mientras estaba en la cama del
hospital rogando que el bebé hubiera sobrevivido a las
complicaciones del parto, una enfermera le trajo una revista.
En la portada aparecía Jace Compton. Lo habían vuelto a
elegir el soltero del año. Su hermoso rostro parecía burlarse
de ella y de sus lágrimas.
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¿Por qué había vuelto?
Había transcurrido un año, por lo que ella creía que
estaba todo olvidado: las lágrimas, las innumerables noche
sin dormir y la humillación que sentía al recordar cómo la
había engañado. Pero, al mismo tiempo, el deseo de sus
caricias se resistía a desaparecer, como también los
recuerdos de su increíble sonrisa, el brillo cómplice de sus
ojos antes de apoderarse de su boca, sus fuertes brazos
abrazándola, su cuerpo contra el de ella, su voz susurrándole
cosas pecaminosas al oído y tentándola de forma que ella
jamás hubiera imaginado. Siempre la había dejado
satisfecha, pero deseosa de más.
Parecía que él no había sentido lo mismo. Ella sería para
Jace un recuerdo lejano: el de unas vacaciones en el norte de
Texas con ciertas ventajas adicionales.
Dos golpecitos en la ventanilla la devolvieron a la
realidad. Abrió la puerta y Jace retrocedió. Llevaba unos
vaqueros gastados que ocultaban sus largas y musculosas
piernas. Tenía el brazo izquierdo apoyado en el marco de la
puerta y el derecho en el techo del coche, por lo que estaba
atrapada. Para bajarse del vehículo tuvo que acercarse
mucho a su pecho, cuyos músculos resaltaban bajo la
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camiseta gris.
Kelly no deseaba estar tan cerca de él ni mirarlo a los
ojos, pero su gran estatura le bloqueaba el paso. Sus miradas
se cruzaron y, durante unos segundos, el tiempo se detuvo.
En los ojos verdes de él seguía habiendo el brillo de la pasión
que los había unido.
La envolvió un olor a perfume caro. A pesar de los meses
de sufrimiento, algo en su interior seguía anhelando sus
caricias, lo que era una locura, ya que lo que ella necesitaba
de verdad era que despareciera. De nuevo.
–Apártate, por favor, y déjame pasar –le pidió con
determinación. Él la obedeció y bajó los brazos–. Me llevaré
el coche de tu propiedad en cuanto pueda.
Sin volver a mirarlo, Kelly tomó el sendero.
–¿No tienes teléfono ni alguien a quien llamar?
Ella aceleró el paso sin prestarle atención.
–¿Quieres usar el mío?
Lo único que deseaba era alejarse de él lo antes posible.
Jace había comprado un terreno y edificado una casa, lo que
era un signo de permanencia. Ella debería haber estado
preparada para algo así. Pero, ¿cómo iba a haberlo sabido?
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Él tenía amigos en la zona con los que estaba alojado cuando
se conocieron. Había comentado muchas veces que le
encantaba esa región. ¿Por qué no se le había ocurrido a ella
la posibilidad de que volviese? Era una idiota, e iba a pagar
por ello.
No oyó la camioneta llegar por el sendero hasta que Jace
se detuvo a su lado.
–Kelly, no puedes ir andando a la ciudad. Debe de haber
unos diez kilómetros, y está oscureciendo.
Al volver a tenerlo tan cerca, el cuerpo de ella revivió y la
invadió un deseo feroz. Apretó los dientes y tomó aire
mientras los ojos se le llenaban de lágrimas de
resentimiento. Se negó a llorar. Era cierto que estaba
oscureciendo y que la ciudad estaba a esa distancia, pero
siguió andando. No iba ser tan estúpida como para montarse
en la camioneta.
A pesar de su negativa a detenerse, Jace la siguió.
–Sube, Kelly, y te llevo a casa.
–No, gracias.
La verja se abrió. La atravesó y giró a la izquierda. Había
otro rancho a unos tres kilómetros. Shea, su marido Alec o
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uno de los trabajadores la llevarían a casa. No todo el mundo
habría ido al festival. Y si así fuera, se sentaría en el porche a
esperar.
¿Por qué había vuelto Jace a Calico Springs? Era un sitio
pequeño donde todos se conocían. Alguien acabaría por
hablarle de Kelly Michaels y de su bebé, que había estado a
punto de morir al nacer, cuatro meses antes. Y Jace lo sabría.
Haría cálculos y sabría que el bebé era suyo. Kelly sintió
pánico. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer?
Se dio cuenta de que él había dejado de seguirla. Cuanto
más lejos estuviera, mejor. Respiró hondo y disminuyó la
velocidad de la marcha.
No quería imaginarse las consecuencias de que Jace
supiera de la existencia de Henry. Tuvo que contenerse para
no echar a correr y llegar a su casa, con su bebé, lo antes
posible. Por mucho dinero que Jace tuviera, y por bien que se
le diera mentir, no iba a obtener la custodia de su hijo. Ella
haría lo que fuera necesario para impedírselo.
El sol se había puesto. Kelly deseó llevar consigo una
linterna. Un mal paso podía suponerle un enorme problema,
ya que nadie la oiría si gritaba. Si le sucedía algo, ¿quién
cuidaría de Henry?
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En aquel momento la estupenda mujer que lo cuidaba
mientras ella trabajaba lo estaría bañando antes de
acostarlo. Cuando llegara al siguiente rancho, enseguida
estaría en casa.
Para contradecir semejante optimismo, un relámpago
atravesó el cielo, seguido del ruido de un trueno. Ella gimió,
sin atreverse a pensar que la noche pudiera empeorar.
Jace Compton tomó aire, lleno de frustración. Le
resultaba increíble que Kelly hubiera estado en su casa,
limpiándola ni más ni menos. Tenía la esperanza de
encontrarla si se mudaba a Calico Springs, pero no se
imaginó que estaría en su casa ni estaba preparado para el
estallido de ira y la mirada fulminante que le lanzó con sus
ojos azules.
Parecía que se había enterado de que le había mentido
sobre su identidad, pero esperaba que le diera la
oportunidad de explicarse. Había tenido veinticinco días en
un rancho vecino para relajarse y ser él mismo, un tipo que
se había criado en el sur de Chicago. No quería que nadie
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descubriera su identidad. Con los años había aprendido a
pasar desapercibido. Cuando Kelly y él se conocieron, no
sabía que su relación crecería.
Kelly se había creído que trabajaba en un rancho, y a él
no le había dado tiempo a decirle que no era así. En realidad,
no quiso que nada se interpusiera entre ellos. Fue un viaje en
el que estaban solos los dos en el mundo. Cuando ella le
devolvía los besos, él sabía que lo besaba a él, no al tipo
famoso y rico. Y era una sensación maravillosa.
Cuando llegó el momento de marcharse, debatió consigo
mismo si le contaba a Kelly la verdad, pero decidió esperar a
su vuelta a Calico Springs. No sabía que, aunque esperaba
hacerlo al cabo de cuatro meses, en realidad tardaría más de
un año en volver.
La Kelly que recordaba había cambiado de aspecto, y
esos cambios despertaron inmediatamente su libido. Las
curvas de su cuerpo eran decididamente más femeninas,
más maduras y atractivas que las de la delgada joven que
recordaba. La melena rubia, que solía llevar suelta, se la
había recogido en una cola de caballo, que le confería a su
rostro un mayor atractivo y resaltaba la forma almendrada
de sus ojos. Jace no había visto ojos de ese color. Eran del
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color turquesa del agua del Mediterráneo. Pero aquella
noche, en vez de darle la bienvenida, habían reflejado
disgusto al verlo.
Aunque esperaba que estuviera molesta por haberle
mentido sobre su identidad, no esperaba tanta animosidad.
¿Estaba enfadada por la mentira o porque había perdido la
oportunidad de hacerse rica? Pensar eso de Kelly no le
gustó.
La gente siempre quería algo de él, ya fuera dinero o un
minuto de fama. Hacer películas de acción era su trabajo, no
su identidad. Detestaba la falsa fachada que debía mantener
y las historias ridículas que debía validar para que su
nombre apareciera en los medios. Era raro conocer a alguien
a quien cayera bien por ser él mismo. Esperaba que ella lo
entendiera.
Al volver a California no había dejado de hablar de la
chica que había conocido en Texas e incluso había
mencionado la posibilidad de comprar una casa para estar
cerca de ella hasta que terminara los estudios. Dos días
después, Bret, su mánager, le había entregado un informe
policial en el que se decía que Kelly era una timadora que
había estado varias veces en la cárcel. A Jace le costó
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creérselo, y le seguía costando.
De todos modos, lo más probable era que no volviera a
verla. Había conseguido arrinconar el tiempo que habían
pasado juntos en el fondo de su mente, cuando Garret
Walker, el amigo que lo había invitado a Texas, lo llamó para
preguntarle si seguía interesado en comprar un terreno en la
zona. De pronto, lo único que se imaginó fue a Kelly. La
alegría de estar con ella y el recuerdo de tenerla en sus
brazos pesaron más que cualquier delito que ella hubiera
cometido. Pero Kelly Michael no encajaba en el papel de
sinvergüenza. ¿Habría tenido una vida dura? No habían
hablado en detalle de su pasado, por lo que solo podía
especular. Pero, después de su huida ese día, ya poco
importaba, pues parecía que ella había decidido dar por
concluida la relación.
Sin saber por qué, Jace tuvo una gran sensación de
pérdida.
Al volver a verla, el cuerpo se le había puesto en estado
de alerta, igual que le había sucedido la primera vez que la
vio en la tienda de ultramarinos local, a la que había ido con
Garret a comprar. La atracción inmediata que había
experimentado por ella lo había abrumado, como le acababa
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de suceder. Era como si un imán gigantesco los atrajera
mutuamente con independencia de las circunstancias.
Pero lo de Kelly iba más allá de la belleza física y el
atractivo, aunque ambos le sobraban. Era su mirada, que lo
impulsaba a creer que era capaz de hacer cualquier cosa que
se propusiera. Al abrazarla creía que podía volar. ¿Todo
había sido fingido?
Comenzaron a caer gotas. Jace vio que ella se había
dejado el bolso colgando del respaldo de una silla de la
cocina. Al agarrarlo, sonó el primer trueno. Con el bolso en
la mano, salió y se dirigió a la camioneta. Tanto si Kelly
estaba enfadada con él como si no, no iba a dejarla en la
oscuridad y en medio de una tormenta. La llevaría a casa.
Tanto si le gustaba como si no.
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Capítulo 2
Kelly apresuró el paso. Un rayo cayó en el árbol que se
divisaba más adelante y, segundos después, el cielo se abrió
y comenzó a diluviar.
Se abrazó a sí misma, apretó los dientes y siguió
andando. La lluvia la impedía ver con claridad y las fuertes
ráfagas de viento obstaculizaban su avance.
De pronto, las luces delanteras de un vehículo
iluminaron el camino desde atrás. Ella se echó a la derecha
para dejarlo pasar.
–Kelly –gritó Jace al tiempo que se detenía a su lado–.
Sube.
Ella siguió andando.
–Te estás comportando como una verdadera idiota.
–Piensa lo que quieras –gritó ella a su vez.
–Te doy diez segundos para que te montes.
–¿Y si no?
–Te subiré yo mismo.
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Ella se volvió y lo fulminó con la mirada.
–Sube ahora mismo –le ordenó él, enfadado.
A Kelly no le cupo duda alguna de que cumpliría su
amenaza. Se mordió la lengua y abrió la puerta de la
camioneta.
–Estoy mojada –afirmó al tiempo que observaba el
bonito interior del vehículo.
–Me da igual. Sube de una vez.
Ella lo obedeció. Comenzó a tiritar. Jace ajustó la
calefacción. Ella se recostó en el asiento y se puso el cinturón
de seguridad. Sin decir nada más, él arrancó.
Kelly no quería que supiera dónde vivía. De todos
modos, en Calico Springs no era difícil localizar a alguien.
–Déjame en el siguiente rancho. Conozco a los dueños.
Ellos me llevarán a casa.
Él no respondió, y siguió conduciendo cuando pasaron
por delante de la verja del rancho.
–Te lo has pasado. Da la vuelta.
–No hay motivo alguno para obligar a salir a nadie más
con este tiempo.
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–¿Es que te he obligado a ti a salir?
–No me refería a eso. Claro que no me has obligado –vio
que volvía a recostarse en el asiento y se cruzaba de brazos–.
Tampoco te has dejado a propósito el bolso en la cocina ni
sabías que era mi casa la que estabas limpiando ni que yo
llegaría sobre las seis. Si quieres volver a verme, dilo.
–Para ahora mismo.
–¿Es eso una negativa? –le preguntó él sin disminuir la
velocidad al tiempo que sonreía.
–Sí.
–¿Sí?
–Sí. Quiero decir, no.
–Te recordaba con más sentido del humor.
No añadió nada más. Kelly lo fulminó con la mirada
varios segundos y volvió a recostarse en el asiento al tiempo
que lanzaba un bufido ante su destino. Era surrealista.
Después de no haberlo visto durante tanto tiempo, se
hallaba encerrada con él en una camioneta. Lo miró de reojo
y experimentó un deseo que

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