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Libro PDF Un truhan encantado – Sandra Bree

Un truhan encantado – Sandra Bree

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Wakefield. Para ella, su cuñado era más que eso, más que un padre, o un amigo, más que un hermano. No estaba enamorada de él, por su puesto. Jhon era el marido de
su hermana, y ella jamás se habría fijado en Jhon de esa manera, pero su afecto iba más allá. Jhon había sido… su salvador.
—¿Te sientes con fuerza para hablar con el reverendo o me dejas hacerlo a mí, Alana? —le preguntó el sargento Nicolás Breint, rozándole apenas la manga con su
mano grande.
Ella miró a Nicolás con una sonrisa triste. El señor Breint era vecino de ellos y desde el mismo momento que se enteró que Jhon había fallecido, se había ofrecido a
ayudar a la familia en todo lo que pudiese.
—Muchas ganas no tengo, pero debo hacerlo. Mi hermana ahora no está en condiciones de aguantar las impertinencias del padre Miller, y no puedo dejar que usted
se responsabilice también de esto.
—No me importa hacerlo.
Alana negó. Respiró hondo.
—Cuanto más pronto acabe con esto, mejor.
—Solo quiero que tanto Hellen como tú sepáis que podéis contar conmigo para lo que sea.
—Lo sé. —Lo miró con gratitud y volvió a centrarse en el funeral.
La multitud se congregaba en torno al párroco y a la familia del difunto. Los mellizos se habían sentado en unas sillas plegables y observaban atentamente la escena
que se desarrollaba ante ellos. Estaban aburridos y cansados de estar allí, sobre todo, hartos de ser el centro de atención y que todas las personas los mirasen.
Alana se encontraba junto a Hellen, aguantando el tipo ante un féretro oscuro y brillante.
Hellen llevaba la mirada oculta bajo el velo de encaje; Alana, en cambio, había elegido un pequeño sombrero de piel oscuro con una cortísima gasa y, al contrario que
su hermana, y a pesar de sufrir el dolor por la pérdida de Jhon, miraba a los asistentes reconociendo entre ellos a muchas de las amistades de la familia. Las hermanas
Dobson, lady Judith, el matrimonio Matthews, las empleadas de la casa, que también habían acudido y se habían quedado algo retiradas junto a Richard, el cochero, su
eterna rival Claudia Baxter…
Claudia era la hija del alcalde, una mujer impulsiva, maleducada y con un temperamento demasiado fuerte para una dama. Aparte de eso, tenía un físico corriente,
de aspecto sencillo tirando a simplón, con un rostro bastante normal. Poseía el cabello rubio ceniza, ojos grises y mentón ovalado. En definitiva, su cara era la de no
haber roto nunca un plato a pesar de haberse cargado vajillas enteras.
Cuando Alana contaba con pocos meses, y Hellen con diez años, los padres de ambas las dejaron en Irlanda en la granja del abuelo materno. El hombre era un
borracho y nunca se ocupaba de ellas, por eso Hellen, prácticamente se hizo cargo de criar a su hermana pequeña, sin embargo, en cuanto cumplió los catorce años, el
abuelo la envió a estudiar al centro de Londres, y Alana se quedó sola. Sin ninguna mujer que le marcase los pasos creció de forma incivilizada. La mayor parte del día la
pasaba en la calle yendo de un lugar a otro, los vecinos le daban de comer y llevaba tanta mugre en el cuerpo que parecía más un animal que una persona.
—… una plegaria por la memoria de nuestro hermano Jhon Wakefield, que descanse en paz —terminó de decir el cura.
El llanto de Hellen rompió el repentino silencio que se había formado en el cementerio. Dos operarios se apresuraron, ayudados por varias cuerdas, a bajar el ataúd
al profundo agujero, ante la mirada de los asistentes. Alana se volvió hacia su hermana, abrazándola con cariño.
Enseguida, varias palas se llenaron de tierra y casi con prisa empezaron a cubrir la fosa. Poco después todo había acabado, y los ramos de flores fueron colocados
en la tierra revuelta. Todavía iban a tardar un par de días en poner la lápida.
—Hellen, ve saliendo con los mellizos y espérame en la berlina, no voy a tardar mucho —dijo Alana, buscando a Nicolás con la mirada—. ¿Le importaría
acompañarlos mientras hablo con el padre?
El hombre asintió, rodeando la cintura de Hellen. Los mellizos se pusieron en pie y se agarraron a las faldas de su madre.
—No vuelvas a recriminarle que hayan enterrado a Jhon aquí en vez de en la parroquia —advirtió Hellen.
Alana asintió, enfadándose de nuevo. Tantas cosas que había hecho Jhon por la comunidad y a la hora de la verdad no le habían permitido ser enterrado en la
parroquia. Según el padre Miller, se debía a que no cabía más gente allí.
El cementerio de Poundbury era completamente nuevo y se podían ver las fosas cavadas en espera de ser utilizadas. Era un sitio grande y tranquilo, con calles
estrechas custodiadas por altos cipreses.
—Alana, por favor, haz caso a tu hermana. Sabes que a Jhon no le hubiese importado en qué sitio estar. Eso no iba con él —le recordó Nicolás.
—No os preocupéis, solo lo felicitaré y le daré las gracias.
—Y el donativo —recordó Hellen, metiendo el pañuelo bajo el velo para limpiarse los ojos.
De mala gana, Alana asintió y cuando la gente empezó acercarse a ellas para darles el pésame, trató de escabullirse lo antes posible. Aborrecía tener que dar manos
o recibir besos, mucho menos necesitaba que alguien le dijese lo bueno que era Jhon y lo poco que merecía morir.
El reverendo Miller estaba abotonándose el cuello del largo abrigo y al ver llegar a la joven, esperó con una mirada dura. Alana prefirió ignorar su enojo y evitó sacar
el tema de nuevo. Si él pensaba que ella le iba a pedir perdón por haberle increpado el día anterior por no cobijar a su cuñado en la parroquia, se confundió totalmente.
Como buena cristiana, apenas le dijo más de dos palabras sobre su oración y después le entregó la regalía. Al dirigirse hacia las dobles puertas de forja que accedían al
camino donde los carruajes se hallaban estacionados, vio al alcalde Thomas Baxter acompañado del Conde de Baigton Down, lord Stephen Huntington, tercer sobrino
del marqués de Phelman.
No le extrañó ver al alcalde, pues él debía ir para quedar bien con todos, sin embargo, sí la escamó encontrarse con el conde. No era un hombre muy sociable, por
demás que había escuchado cosas horrorosas de él, como la de que había asesinado a su esposa cuando su hijo falleció de una rara enfermedad. Que aquello fuese cierto o
no, no lo sabía nadie con exactitud, excepto él.
—Señorita Sanders. —Ellos captaron su mirada y le interrumpieron su camino hacia la salida.
Maldiciendo su mala suerte, Alana se detuvo, escondiendo hábilmente su renuencia tras su acostumbrada máscara de apatía. El conde sacó una pétrea mano bajo las
capas de tela de su abrigo.
—¿Sois la cuñada del señor Wakefield?
Alana asintió, y el alcalde se apresuró a presentarlos. Ella conocía al conde de vista, pero nunca había hablado personalmente con él.
—Lamento mucho lo del señor Wakefield. Era un buen hombre y sobre todo un buen profesor. Un tipo de los más inteligentes con los que haya tenido el placer de
hablar.
—Gracias —musitó ella, obligándose a entregarle su mano enguantada como mandaba la etiqueta.
—Si precisan cualquier cosa, estaría encantado de poder serviros. El señor Wakefield me comentó los proyectos que estaba llevando a cabo en la escuela. Una
lástima que no pueda seguir adelante con ello. Decírselo a su viuda, por favor, no he querido acercarme por no molestarla.
En ese mismo momento llegó Hellen y se agarró del brazo de Alana. El sargento y los niños estaban subiendo al vehículo.
—Señora Wakefield. —Lord Huntington se apresuró a coger la mano enguantada de Hellen, apretándola con fuerza—. Os acompaño en el sentimiento. Comprendo
el profundo dolor que en este momento debéis estar sintiendo. Si yo pudiera ayudar en algún modo, no dudéis en hacérmelo saber. Sé que es una situación difícil de
atravesar, pero vos sois una persona joven y fuerte.
—Muchas gracias, milord —respondió Hellen con un hilo de voz.
—No tenía constancia que usted y mi cuñado se tratasen hasta el punto que él le hablase de la escuela —dijo Alana, curiosa.
—Nos hemos visto varias veces. Me parecía estupenda la idea de tener una escuela de caballeros en el condado. Como sabréis, parte de las tierras donde se está
edificando las cedí para tal propósito.
Alana frunció el ceño, asombrada.
—¿Era usted socio de Jhon?
—¡Oh, no, no! Su proyecto era demasiado ambicioso para mí.
—No sé por qué pensé que esas tierras las había comprado Jhon —dijo ella, con el corazón pesaroso. Su cuñado no había sido hombre de pedir favores y en ningún
momento les había comentado que el conde le había consentido edificar en su propiedad.
Hellen tampoco sabía nada. Se encogió de hombros, confundida. En ese momento no estaba muy segura de ello, aunque hubiese jurado lo mismo que Alana. No
obstante, intercaló:
—Fue usted muy gentil si cedió ese terreno, milord.
—Mi gentileza no es tal. Ya no quedan caballeros como los de antaño, y su esposo lo era de los pies a la cabeza. Sé que hubiera hecho una gran labor por la
sociedad.
—Nos tenemos que marchar —se disculpó Alana, viendo que uno de sus sobrinos luchaba contra el sargento porque quería salir del coche otra vez.
Sin hacer caso omiso de la pequeña Sanders, el lord se volvió a dirigir a Hellen. Ellos habían coincidido en más ocasiones y se conocían.
—Por lo que tengo entendido, no tienen más parientes que los mellizos. Es una lástima, con todo lo que se les viene ahora…
Alana, malhumorada, lo interrumpió. No era de buen gusto decirle a Hellen que se habían quedado solas a pesar de ser cierto. Sin duda, aquel no era ni el lugar ni el
momento.
—Confidencialmente, le diré que Hellen no se encuentra muy bien hoy y lo único que desea es llegar cuanto antes a casa, tomarse algo caliente y dormir. Si nos
disculpan…
—¡Señorita, solo les estoy ofreciendo mi ayuda! —se quejó Huntington porque ella no lo hubiese dejado acabar de hablar.
Antes que Alana pudiese decir algo peor, Hellen se adelantó con un murmullo.
—Lo tendré en cuenta, milord, quedo agradecida.
—Yo perdí a mi esposa hace años y también estoy solo.
Alana, estupefacta, supo leer entre líneas. No era ninguna tonta como para no darse cuenta la clase de ofrecimiento que el conde quería hacer a su hermana. Sintió
deseos de empujarlo colina abajo y hacerlo rodar junto a sus pomposas ropas. No lo hizo porque el camposanto estaba lleno de gente, además, Hellen tampoco se lo
hubiese permitido; vale que tuviese la cabeza embotada de llorar y que las hierbas que Alana le había suministrado la tuviesen medio desmayada, pero una falta de
educación tan grande era intolerable incluso para ella. Hizo una honda inspiración para serenarse.
—Disculparme. —Hellen, con la espalda totalmente tensa y fingiendo no estar ofendida, soltó el brazo de su hermana y señaló a una mujer anciana que esperaba en
el lado opuesto del camino de dónde estaban ellos—. Alana voy a despedirme de la señora Smithers.
Alana asintió e iba a marcharse también cuando el alcalde Baxter llamó su atención cogiéndola del brazo.
—Tener a bien recibir mis condolencias y saber que cualquier cosa que el alguacil Meison averigüe os será comunicada. Es una pena que Jhon sufriese tan terrible
accidente.
Alana se espigó.
—¡Que le devorasen los perros no fue ningún accidente, señor Baxter! Qué se cayese del precipicio con White Heart puede ser, pero…
—No piense en eso ahora, querida —dijo el alcalde, cogiéndola de la mano para darle golpecitos que pretendían ser afectuosos o consoladores. Alana odiaba que la
tratasen como si fuera una estúpida chiquilla. Su abuelo lo había hecho constantemente—. Sé que están pasando por un momento terrible.
Ella se mordió la lengua y apretó los labios con rabia. Estaba segura que de no haber sido por el supuesto grupo de perros o lobos, como querían hacerles creer, su
cuñado se podría haber salvado de la caída.
—Es cierto, no debería seguir atormentándome con ello, pero, por favor, señor Baxter, no deje de investigar —insistió con terquedad—. El dueño, o los dueños de
los animales, debe pagar por lo ocurrido. Le podía haber sucedido a cualquiera.
—Meison se está encargando de todo. Además, estamos empezando a contratar cuadrillas —respondió el alcalde. Suavizó su tono de voz cuando Claudia se les
unió en ese momento—. ¡Ah, querida, estas aquí! Empezaba a preguntarme dónde te habías metido. ¿Has saludado a lord Huntington?
—Por supuesto, padre, lo vi nada más entrar, ¿verdad, milord?
El conde le regaló una reverencia exagerada.
—Verdad, señorita Baxter.
Thomas cogió el brazo de su hija.
—¿Nos marchamos ya o tienes algo más que hacer? —preguntó él.
—Podemos irnos, padre, el ambiente del cementerio me asfixia. —Bajo el ala ancha de su llamativo sombrero granate, la altanera mujer clavó sus ojos claros en
Alana—. Es una pena lo de tu cuñado. Más de una vez hablé con mi padre que era una locura que fuese cabalgando en vez de llevar el vehículo. Aquí la tierra es
demasiado pantanosa.
—Si se emplease algún tiempo en perseguir a los cazadores furtivos, estas cosas no ocurrirían, y todos estaríamos más seguros —contestó Alana con rapidez.
—Alana, si hubiesen sido cazadores furtivos, ya los habrían cogido. Después del accidente, el señor Meison envió varias partidas en su busca y no halló nada. —
Claudia se volvió a mirar a su padre con una sonrisa presuntuosa—. ¿No me dijisteis eso?
—Sí, claro que sí. —Incómodo, el alcalde empujó con suavidad a Claudia—. Será mejor que continuemos esta conversación en otro momento, antes que comience a
llover.
El cielo se había cubierto de nubes, y el viento, de forma racheada, empezó a silbar entre los cipreses agitando sus ramas.
—Señorita Sanders, ¿puedo llevaros a algún sitio? —se ofreció amablemente el conde.
Ella negó.
—Mi hermana me espera, milord. Gracias.
—Sí, pobre —intercaló Claudia con voz cantarina—. Debe estar pasándolo horriblemente mal. No me gustaría estar en su pellejo, el haber perdido el marido tan
joven es lo peor que le puede suceder a alguien.
Alana asintió. Claudia no tenía ni remota idea por lo que Hellen estaba pasando, y ella no tenía ganas de seguir escuchando su petulante voz. Le asqueaba su
falsedad.
Se despidió del grupillo y nada más llegar a la berlina, el cochero la ayudó a subir, manteniendo la puerta abierta.
—Richard, ¿dónde está el sargento Breint?
El hombre se encogió de hombros.
—Se ha marchado hace unos minutos, señorita.
—Alana —llamó Hellen. Ella terminó de entrar y se sentó junto a uno de los mellizos que parecía estar a punto de dormirse—. El sargento ha dicho que después
pasa por casa para ver cómo estamos. Tenía mucho trabajo atrasado.
Alana suspiró. Todos llevaban dos días sin descansar y con las emociones a flor de piel. Ella personalmente tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar y
la sensación de que el cráneo iba a estallarle de un momento a otro. Andy, su guapo sobrino de cabello cobrizo, se recostó sobre su regazo. Le acarició el pelo
distraídamente.
El coche se empezó a mover.
Como nubes de humo, la niebla corría a ras del suelo arremolinándose junto al muro de hierro forjado que delimitaba el cementerio con el camino. Alana siguió la
mirada de su hermana hasta que los enterradores escaparon de su vista.
***
Era tarde, muy tarde. La noche estaba en un completo y lúgubre silencio. El cielo se hallaba denso, cargado de espesas nubes que se deslizaban igual que olas en el
mar. La brisa llevaba el bálsamo de las flores que recién despertaban a la primavera, llenándolo todo de fragancias frescas, un aroma envolvente que flotaba en la pradera
y se mezclaba con el olor a sal que arrastraba el ancho océano al tocar los farallones.
Una delgada figura envuelta en una capa oscura se dibujó en la oscuridad frente a un pozo alto y estrecho cubierto de musgo húmedo y resbaladizo. Ligeramente, la
sombra se inclinó sobre el muro para pronunciar con un murmullo apagado:
—Por favor, te pido de corazón, pozo de los deseos, que devuelvas la felicidad que le arrebataron cruelmente a Hellen Sanders. Te prometo que seré feliz si ella
vuelve a sonreír, si vuelve a creer en el amor.
La moneda atrapó el reflejo de la luna que en ese momento asomó tímidamente, después, cayó en la profunda negrura con un susurro imperceptible.
Capítulo 2
París, 1816
Colbert Wakefield, más conocido como lord Iron, soltó una sonora carcajada, y sus anchos hombros se agitaron bajo la chaqueta de terciopelo verde.
—Madame, vais a conseguir que nos maten a los dos.
Recostada entre los mullidos cojines de satén del club The Roses on The France, Dorine contemplaba al hermoso y bronceado hombre, disfrutando de su
privilegiada compañía. No todo el mundo podía presumir de haber estado en las estancias privadas de Colbert Wakefield.
—Sabéis perfectamente que no sería capaz de poneros en peligro, mon amour.
—¿Ah, no? —Él se sentó frente a ella, sobre uno de los reposapiés—. Queréis venderme a precio de ganga la propiedad que vuestro esposo más ansia. No creo que
a él le guste mucho, es más —ladeó la cabeza—, ¿podríais decirme cuál es el motivo? Aún no me lo habéis dicho.
Dorine era una mujer opulenta que seguía maquillándose con coloretes muy fuertes y usando una pequeña pieza de tela que se adhería a la piel, llamada «mosca».
En su juventud había sido una muchacha atractiva que gustaba de llamar la atención, pero la edad comenzaba a dejar multitud de arrugas alrededor de sus ojos y de su
boca. Aun así, seguía vistiendo de manera impecable. Llevaba un vestido de seda amarilla labrada en dos tonos, con las mangas cortas muy estrechas y las bocamangas
en encaje de lino.
Colbert y ella se habían conocido hacía un año, y entre ellos había nacido una estrecha amistad. Dorine compartía con él sus gustos por las mujeres, y Colbert tenía
el local ideal donde encontrarlas.
—Si no os lo digo, seguiréis insistiendo, ¿verdad?
Colbert la miró con fijeza, tratando de descubrir qué era lo que Dorine le ocultaba.
—Podéis no decírmelo si ese es vuestro deseo, pero veo en sus ojos que algo os preocupa. ¿Todo esto tiene que ver con vuestro esposo, verdad? ¿Os ha dicho él
algo?
Dorine le regaló una cálida mirada y, con dulzura, apretó los labios entre sí.
—Esta vez, él no tiene nada que ver, Iron. —Suspiró con fuerza y dejó caer la cabeza contra el respaldo del diván. Al hacerlo, un par de cojines cayeron al suelo,
pero ninguno se preocupó en recogerlos de nuevo—. Esta mañana me visitó el doctor otra vez. He estado acudiendo a él durante los últimos años. Sufro del corazón y
ya no me queda mucho tiempo más de vida.
—¿Me estáis tomando el pelo? ¡No digáis sandeces, os encuentro perfectamente!
—No lo estoy, querido. La semana pasada sufrí un desmayo y me quedé sin respiración. Mi doncella me encontró en el suelo de la sala de música.
—Eso no significa nada. —Colbert se puso en pie y, de un solo movimiento, echó hacia atrás los faldones de su chaqueta—. Lo que deberíais hacer es descansar,
quedaos en casa, o si lo preferís, poseo una propiedad preciosa en Venecia…
Dorine le sonrió.
—¿Me estáis regañando, Iron?
Él asintió.
—Si no hay nadie que lo haga, entonces sí.
—No tenía que haberos dicho nada. —Ella hizo el amago de levantarse, y Colbert le tendió la mano, ayudándola—. Apenas puedo comer nada y cuando estoy
sobre la cama, no me llega el aire a los pulmones. Sé que muy pronto… cuando menos me lo espere, ocurrirá.
—Nos ocurrirá a todos tarde o temprano.
—Sí, pero yo no temo a la muerte, mon amour. Iron, miradme —le ordenó. Él no sabía muy bien cómo reaccionar ante ella. No tenía ni idea si debía ser compasivo
o, por el contrario, fingir que no sucedía nada fuera de normal. Estaba confuso—. No puedo seguir viviendo así. A veces, deseo que pase pronto y me quite el
sufrimiento que llevo por dentro. Para vivir así es mejor no hacerlo. ¿Entendéis lo que quiero decir?
Colbert asintió. Entenderlo no significaba aceptarlo.
—¿Por qué no me lo dijisteis antes? —reprochó.
Dorine recogió su abanico de plumas de encima de la mesita de mármol.
—Porque no deseo que me tratéis como a una enferma. No lo soportaría. Escuchadme, Iron. —Se aferró a su brazo, con una sonrisa ansiosa—. No quiero que
Edward consiga esa casa. Lo demás me da igual, pero esa casa perteneció a mi madre, y ella lo odiaba tanto como yo. Vendedla, regaladla, prendedla fuego cuando sea
vuestra, haced lo que queráis, pero no dejéis que caiga en sus manos.
—No os preocupéis por eso, Dorine. Mañana mismo os envío a Paddy para comenzar con los trámites.
—Gracias, Iron, y ahora vamos con el tema que me interesa, por el que he venido hasta aquí esta tarde.
Colbert sonrió involuntariamente.
—¿No habíais venido por mí?
—¡Sois un rufián encantador! —Agitó la cabeza con gracia—. Por eso supongo que me tenéis reservado algo muy bueno.
Él dejó la broma de lado.
—Más que eso. —Con familiaridad, le pasó un brazo sobre los hombros—. Os vais a sorprender, madame. He contratado personal nuevo, y hay una auténtica
belleza rubia esperándoos.
—Estoy deseando que me la presentéis. Tenéis un gusto exquisito en ese sentido —contestó con ojos brillantes sin ocultar un tono emocionado.
—En ese sentido y en otros muchos —respondió él.
La llevó a través del corredor del elegante club hasta la sala privada donde las chicas se acicalaban antes de salir a la recepción. A los clientes no se les permitía estar
allí, pero Colbert estaba haciendo una excepción con Dorine. Ante todo, porque el club era suyo, y después, porque deseaba que la dama disfrutase lo máximo posible
antes de que llegase su hora. Le apenaba profundamente su verdad.
Todo el largo del pasillo estaba forrado con un raso brillante de color rojo. Del techo pendían un par de arañas de ocho velas cada una, y solo tres espejos
cuadrados con molduras doradas adornaban las paredes. Podía presumir de tener uno de los clubs más distinguido de todo París.
Con brío, abrió las dobles puertas e hizo pasar a Dorine al interior. En cuanto accedieron al sitio, las chicas corrieron en torno a él con sonrisas provocativas y
palabras atrevidas. Colbert las saludó sin prestarles mucha atención. No podía sacarse de la cabeza que su amiga fuese a morir. Se preguntó si el sería así de fuerte si
supiese cuándo le sucedería.
—¿Te quedarás un rato, milord? ¿Podemos hacer algo por ti? —preguntaron algunas de las rameras, incitándolo a que compartiesen con ellas algo de su preciado
tiempo.
Él agitó la cabeza.
—Más tarde me reúno con vosotras. —Rió, palmeando las nalgas de una joven morena que se había acercado hasta él para cogerlo de un brazo.
—¿Lo prometes? —preguntó ella con un mohín.
—Si estoy con vida, aquí estaré. —Miró a Dorine que, en silencio, parecía elegir a alguna de ellas—. Cuidadme a la vizcondesa —advirtió con una promesa
reveladora en su plateada mirada.
—No se preocupe, Iron —contestó la chica nueva que había contratado recientemente. Una rubia de pronunciadas curvas y generosa delantera que se abrió paso
ante Dorine—. Trataremos a la dama como a una reina.
—¡Esta vez te has superado, Iron! —dijo Dorine, riendo, sin poder apartar la vista de la mujer.
—En eso consistía mi sorpresa, considéralo un regalo.
—Lo tendré en cuenta —respondió ella. Miró a la rubia. No era tan jovencita como las demás, pero eso a ella le encantaba. Auguraba ser bastante experimentada—.
Antes que se me olvide, milord. —Se giró al hombre justo cuando él se inclinaba sobre la furcia que tenía al lado y la besaba en el cuello—. Mañana espero a tu hombre.
—Paddy se encargará de todo. Disfruta y no te preocupes por nada.
Iron se despidió con un guiñó y volvió la vista a la belleza que seguía a su lado. Desprendía un olor potente y dulzón que reconoció como uno de los perfumes más
caros del país.
—Hueles bien, muchacha. ¿Te lo he regalado yo?
—Por supuesto. —Lo deleitó con una exagerada mueca en los labios que más que graciosa fue obscena. Se abrió el profundo escote, mostrándole los pechos—.
¿Quiere olerlo mejor?
Sus ojos grises la recorrieron con lascivia.
—Más tarde, dulzura, ahora tengo que irme.
Con desgana, salió de la sala.
Tenía prisa.
Paddy era su hombre de confianza, pero si él estaba por el club, le gustaba enterarse de todo de primera mano. The rose of The France era en ese momento uno de
los sitios más famosos de todo Europa. Una visita obligada, sobre todo para los jugadores que iban recorriendo casinos por el mundo. Eso era lo que realmente le daba
dinero a Colbert, la casa de juegos.
Aquella noche no era muy distinta a las demás. Las mesas se hallaban al cien por cien de su capacidad, mientras más gente hacía tiempo en el bar esperando algún
hueco para poder jugar.
La sala estaba forrada de papel celeste, y sus paredes carecían de cuadros o espejos que pudiesen desconcentrar a los participantes. Los crupieres llevaban prietas
sobre mangas impidiéndoles hacer ninguna clase de trampas.
Colbert encontró a Paddy sentado en el rincón que él solía usar cuando se reunía a charlar con alguien o simplemente a tomarse una copa. Estaba acompañado de
Kane, uno de los chicos que trabajaba para él y que le conseguía el mejor brandi de contrabando a muy buen precio.
Colbert se sentó con ellos, y un camarero corrió a servirle un whisky de malta.
—¿Cómo va la noche? —preguntó Colbert, saludándolos.
Kane se encogió de hombros, poniendo una mueca satisfecha en su delgado rostro.
—Como siempre —respondió Paddy—. En la calle hay bastante gente haciendo cola. He dicho en la puerta que si se forma barullo gordo, que lo dispersen.
—Eso es bueno entonces.
—Os habéis unido muy pronto a nosotros, Iron, ¿habéis tenido problemas con alguna de las chicas?
—¿A estas alturas crees que no sé manejar a mis empleadas? —De su garganta salió un conato de risa—. Por cierto, hay algo que quiero comentarte, Paddy. —
Miró a Kane y le hizo una señal para que los dejase solos. Cuando el hombre se fue, Colbert le contó a su amigo sobre Dorine y la casa que quería venderle.
—No tenéis necesidad de meteros en medio. El vizconde tiene mucha mano con estos politicuchos que acaban de subir al poder. Napoleón ya no está, y todos
luchan por ver quién puede más. Edward Lyton saltará sobre tu yugular si te apoderas del Palais de l’ange. Amigo, hazle el favor a Dorine, pero deshazte de esa
propiedad en seguida.
—Lo había pensado —le dijo—. ¿Qué os parece si le hago una oferta al barón de Mornay St Puig?
Paddy lo miró anonadado, después, se echó a reír ruidosamente, frotándose la cara con las manos.
Llevaban tantos años juntos que eran capaces de entenderse sin una sola palabra. Se conocieron en Londres cuando Colbert se alistó en la marina. A él le encantaba
su profesión. Supervisaba los puertos del país buscando a ladrones y asesinos que querían huir de la justicia, interceptaba cargamentos de contrabando… Fue un iluso
pensando que todo lo que hacía estaba bien y que era honrado, hasta que descubrió que su almirante se volvía de oro haciendo la vista gorda cuando le convenía y
aceptaba sobornos. Colbert, en aquella época, descubrió que no era ningún héroe y que tampoco podía salvar al mundo de sus desdichas. Cuando abandonó la marina,
Paddy, su amigo y compañero, lo hizo con él. Para una mente despierta e inteligente como la de Colbert, emprender una nueva vida fue de lo más fácil. Los prostíbulos
y las casas de juego le aportaron sustanciosas ganancias. Eso sí, no volvió a Inglaterra y no sentía ningunas ganas de hacerlo.
—¡La vais a liar parda! Esos hombres se odian a muerte.
—Sin duda, aunque ninguno de ellos son fruto de mi devoción. —Colbert también se echó a reír. Tenía una mente de las más enrevesadas—. Y ahora que recuerdo,
debo atender un negocio con el barón. Nos vemos más tarde, Paddy.
El barón de Mornay St Puig lo esperaba desde hacía un rato frente a la barra de las bebidas. El hombre era el más acérrimo adversario del esposo de Dorine, y
Colbert disfrutaba cada vez que escuchaba como uno estropeaba los negocios del otro y viceversa. Poco a poco, ambos se estaban destruyendo.
—Es raro volver a veros por aquí, pero un placer para mi bolsillo —lo saludó Colbert, cambiando el semblante por uno más serio—. ¿De qué se trata esta vez?
—No creáis que me apetece mucho hacer negocios con vos, Iron —se encogió de hombros—, pero, obviamente, no tengo muchas opciones.
Colbert sonrió ladinamente y le señaló un pequeño reservado.
—Decidme, soy todo oídos.
—Se trata de un tipo de mar que me debe bastante dinero.
—¿Cuánto?
—Digamos que una pequeña fortuna.
Colbert asintió.
—Ya sabe que el pago es un tanto por ciento de la deuda, siempre que no haya sangre por medio —le avisó.
El barón asintió conforme.
—Vos acabaréis arruinándome.
—Sin embargo, pienso que con mi capacidad de ayuda, cada día que pasa os hacéis más rico.
—No pienso discutiros, milord. —Y no iba a hacerlo porque sabía de sobra que las hazañas de lord Iron no tenían nada de legal. Recurrir a él tampoco lo era. Al
menos se consolaba sabiendo que no era ningún asesino a sueldo que mataba por placer.
Muy al contrario, para lord Iron, todo lo que él hacía era justo. Aunque fuese su propia justicia.
***
Una semana más tarde, Dorine moría mientras dormía. Su corazón se partió, fulminante.
Colbert lo sintió, y algunas de sus chicas también. En cambio, el vizconde de Lancaster, Edward Lyton, pareció alegrarse unos días, hasta que se enteró que le
Palais de l›ange pertenecía al barón Mornay y que Colbert había actuado de intermediario. Entonces, juró vengarse de ambos.
Una mañana, Paddy recogió un mensaje de Colbert citándolo en su casa. Le pareció extrañó que lo recibiese personalmente en el vestíbulo, mucho más descubrir el
equipaje que se apilaba contra una de las elegantes sillas que adornaban el espacio.
—¿Os marcháis?
—Regreso a Inglaterra. —Por su cara, Paddy supo que ocurría algo grave. Colbert tenía profundas ojeras de no haber descansado nada—. Ha muerto Jhon.
Sin poder creerlo, Paddy se llevó una mano a la frente.
—¿Jhon? ¡Dios mio! ¿Cómo?
—No lo sé. Hellen dice que ha sufrido un accidente. Voy a ir, Paddy.
—¿Queréis que os acompañe?
Colbert suspiró.
—Prefiero que os quedéis a cargo de todo.
—No os preocupéis por eso, Iron. ¿Cómo está vuestra cuñada y los niños?
—Me imagino que mal. En parte, quiero ir por eso. ¡Maldita sea!
Paddy palmeó el hombro de Colbert, consolándolo, aunque no encontraba ninguna palabra que decirle.
—Si ocurre algo o necesitáis comunicaros conmigo, hacedlo a través de Seth Presley —dijo Colbert, entregándole una tarjeta.
—¿El demonio ruso?
—Sí, como por el momento no voy a instalarme en ningún sitio y voy directamente a casa de mi hermano, Seth será quien reciba mi correo. Además, he descubierto
que está en Barcelona, y viajaremos juntos a Londres.
Paddy nunca había visto a Colbert tan decaído ni tan destrozado y se sintió mal por él. Sabía cuan profundamente había amado a su hermano a pesar de que
aquellos últimos años no se habían visto. Pero nunca habían perdido el contacto, y cuando Colbert recibía correspondencia de Jhon, siempre le contaba cómo estaban
sus sobrinos. También sabía que más de una vez Colbert había tratado de convencer a Jhon para que viajasen a París a conocerlo, sin embargo, por un motivo u otro, al
final no había surgido la ocasión.
—Lo lamento mucho, amigo. Jhon era un tipo leal.
Colbert asintió con pena.
—No me gusta marcharme dejándoos el problema del vizconde. Vigilad bien vuestras espaldas, Paddy.
—Ese tipo habla y amenaza mucho, pero no se atreverá a venir por aquí. Id tranquilo, amigo. —No estaba muy seguro que Colbert aceptara un abrazo suyo, de
modo que le tendió la mano—. Cuidad de vuestra familia, que son los que más os necesitan ahora.
Era la primera vez que Paddy se iba a quedar a cargo de todo durante bastante tiempo, pero iba a cuidar el negocio de su amigo como si fuese el suyo propio.
Capítulo 3
—No creo nada de lo que decís, señor Meison. Empezando por vos y terminando por el alcalde, creo que desean escurrir el bulto y olvidarse del tema para no
coger así a los dueños de esos perros. ¡Fueron perros y no lobos! —le dijo Alana al alguacil, de mal humor—. Están tratando de confundirnos a mi hermana y a mí, pero
ya no lo soportamos más y estamos decididas a actuar. —La joven quiso lanzarse sobre el alguacil y arrancarle los cuatro pelos de la cabeza cuando él la miró
burlonamente, sin embargo, por el honor de su cuñado y el respeto hacia Hellen, se contuvo—. Voy a exigir a las cortes que abran una investigación y que envíe a un
agente.
Ahora sí que Alana enfadó a Jonás Meison. El hombre se tensó y se acercó tanto a ella que pudo sentir su aliento en la frente.
—La corona pedirá pruebas de lo que estáis diciendo.
Ella se alejó un poco de él para poder mirarlo directamente a los ojos. Por dentro, estaba aterrada.
—Hace unos seis meses hirieron a ese hombre al que apodaban seis dedos y también fue atacado por perros. ¿Lo recordáis?
—Perfectamente, era un vagabundo y un borracho. Nadie sabe dónde puede estar ahora. ¿Pensáis ir a buscarlo?
—Como prueba, puedo llevarme a cualquiera de los hombres que estuvieron en la partida que buscaban a los lobos. Ninguno de ellos vio señales de ellos. Ni
siquiera una triste marca, en cambio, de perros sí. Muchos.
El alguacil suspiró con fuerza y se llevó las manos a la cintura, subiéndose el pantalón. Ese gesto, Alana lo había visto hacer multitud de veces a su abuelo cuando
se disponía a reprenderla por alguna cosa.
—Mirad, señorita Sanders, no me agrada en absoluto que me amenacen…
—Yo no lo he…
—Dadme un poco de tiempo para seguir averiguando —interrumpió. Ella se enfadó todavía más—. Tenemos muchos problemas en este momento.
—¡Pues yo no veo que estén haciendo nada por ayudarnos! Lo primero que deberían hacer…
El hombre soltó una brusca carcajada y miró a su alrededor como si se estuviese divirtiendo. Se encontraban en la oficina del alguacil. Un lugar húmedo y oscuro
con una sola ventana por la que apenas alcanzaban a entrar los rayos de sol.
—¿Me vais a decir cómo hacer mi trabajo?
—Busquen esos animales.
—¿Y de dónde saco a los hombres? ¿Me los invento? No tenemos suficiente personal, y no todo el mundo quiere ese trabajo. ¿Lo queréis vos?
Alana se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.
—Lo siento, no sabía que existía falta de personal.
—¡Ya, claro que no lo sabéis! Andad, marchaos a vuestra casa y dejad trabajar a los que sí saben.
—Si a finales de otoño no tengo noticias, iré a las cortes —le dijo.
El alguacil no se molestó en responderle. Abrió la puerta y llamó a un tipo para que la acompañase a la salida. Alana tampoco volvió a dirigirle la palabra. Cuando
se lo proponía, podía ser la persona más buena y dulce del mundo, pero también la más arpía e ignominiosa del universo. Muy erguida, pasó junto a él, ajustándose la
cofia.
No pensaba contarle lo ocurrido ni a Hellen ni a Nicolás. A su hermana, por no hacerla sufrir, y a él, porque sabía de sobra que se enfadaría con ella por haber ido
sola. Además, él quería que aceptasen la muerte de Jhon y dejasen las cosas como estaban. Pero era imposible hacer eso.
Encontrar a seis dedos no se le había pasado por la cabeza hasta que Meison lo había dicho, pero la idea era estupenda. Ese hombre podía decirle qué fue lo que le
ocurrió exactamente. Ella sabía cómo tentar a un borracho a que hablase. «Lo peor va a ser localizarlo», pensó.
De camino a casa, como el tiempo era esplendido y en el cielo lucía un sol hermoso y brillante, fue preguntando en las cafeterías y restaurante que le agarraban de
paso.
Fue frustrante. Todos conocían a seis dedos de vista, sin embargo, nadie sabía dónde había dormido mientras estuvo en la ciudad o qué sitios había frecuentado
más.
—¡La ciudad no es tan grande! —musitó, buscando con la vista algún otro lugar para preguntar. Las opciones se estaban agotando y solo faltaban unos cuantos
metros para entrar en su calle.
Se detuvo ante el escaparate de una tienda. Un limpiabotas sentado a la sombra del edificio se pasaba un paño por su viejo calzado. Era un muchacho imberbe más
flaco que el palo de una estaca. Parecía aburrido de no tener nada que hacer.
Alana se acercó a él, observando que no hubiese ningún conocido cerca.
—¿Quieres ganarte unas monedas? —le preguntó, simulando estar mirando el escaparate.
Él alzó la cabeza. No se dio cuenta que ella le hablaba hasta que Alana lo miró, frunciendo el ceño.
—Te digo a ti, muchacho. ¿Quieres ganarte algunas monedas?
—Claro que sí, señorita —respondió, poniéndose en pie con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Queréis que os limpie las botas?
Alana se miró los botines en tono crema forrados de un encaje divino y negó con la cabeza.
—Me las estropearías. —Lo estudió detenidamente—. Llevas mucho tiempo trabajando por aquí, ¿verdad?
—Desde que era un canijo.
—¿Conoces a un señor al que llaman seis dedos?
—Claro, mi pare´ le puso el nombre. —Se echó a reír, divertido—. Era repulsivo, tenía un pulgar de más. ¿Lo habéis visto?
Alana arrugó la nariz con desagrado y negó.
—¿Sabes dónde podría encontrarlo? Me gustaría preguntarle algo.
—Pues eso va ase´ difícil, señora. Seis dedos murió hace mucho tiempo.
—¿Se murió? —articuló, atónita.
El muchacho asintió, encogiéndose de hombros.
—Decían que se había marchado, pero no era cierto. Murió por una infección depue´ que le atacasen los perros en el bosque.
—¿Eran perros? —preguntó, animada—. ¿Estás seguro?
El muchacho se rascó la oreja. Ella vio una mueca en su rostro.
—O lobos, no lo sé.
Alana soltó un fuerte suspiro, consternada. Otra vez se hallaba sin salida.
—¿El alguacil sabe que murió?
—Imagino que sí, señorita. ¿Quiere saber algo más? —Ella negó, ofuscada, había esperado encontrar al hombre con vida, o al menos que alguien le confirmase qué
clase de animales exactamente habían sido—. Ya, bueno, ¿pero cuando me daréis algún dinero?
Alana desató el nudo del monedero que colgaba de su muñeca y sacó varias monedas. Miró al joven con seriedad.
—Toma.
El rapaz se guardó el dinero con prisa y asintió conforme.
—Muchas gracias, señorita. Espero haberle servido de ayuda.
Ella se despidió con un cabeceo. Pensativa, llegó a casa y se encontró a su hermana esperándola ansiosamente.
Lord Huntington había visitado a Hellen, cosa que no era la primera vez desde que Jhon había fallecido, y siempre dando la casualidad que Alana no estaba, pero en
esta ocasión, el muy cerdo se había atrevido a proponerle matrimonio.
—Dice que su casa es demasiado grande para alguien tan solo y que los niños podrían estar mejor atendidos. Por supuesto, me he negado —contaba Hellen,
indignada—, y el muy… estúpido ha osado decirme que si me caso con él, todos nuestros problemas desaparecerán, que duda mucho que podamos sobrevivir sin su
ayuda.
—¡Ese hombre es un aprovechado insensible! ¿No siente respeto? ¡Es asquerosa la forma de acosarte! —explotó, sin poder reprimirse.
—Lo sé, Lania, cálmate.
—¿Que me calme? Una patada en el trasero es lo que le daba yo ahora mismo. Ese hombre me tendrá que oír…
Hellen la detuvo antes de llegar al perchero del hall.
—No irás a ningún lado. Ya le he dicho que no una y mil veces. Es mejor no hacerle caso.
—Entonces, será mejor que no aparezca por aquí, de lo contrario pienso mandarlo al infierno.
—¡No blasfemes! —la regañó Hellen, con ojos brillantes—. Ese hombre sería la última persona a la que acudiese a buscar ayuda.
—Eso espero, Hellen. Por mí, Huntington puede meterse todas sus amenazas por el mismísimo… —se interrumpió para no soltar una burrada. Era demasiado
impulsiva y se dejaba llevar fácilmente por el mal genio—. Sí, lo mejor será que nos olvidemos de él —contestó, recapacitando.
—Hay algo más que no te he contado aún. He recibido una carta del señor Baxter.
Alana curvó las cejas, intrigada.
—¿Una carta del alcalde? No entiendo.
—Me han despedido —respondió Hellen, afligida—. Ya no soy profesora —dijo, rompiendo a llorar.
Alana tardó varios minutos en digerir la noticia.
—¡No pueden hacer eso! —exclamó—. ¡No has faltado tanto tiempo como para que lleguen a ese extremo! ¿Sabes lo que creo? —Hellen curvó una ceja, mirándola
—. Huntington tiene algo que ver con eso.
—¡No digas tonterías!
—¡Ja! ¡Tonterías! Ojala esté confundida, pero estoy segura que ese tipo está buscando el modo de conseguirte y para ello nos pondrá al límite.
—No lo creo, Lania. Si al menos Colbert diese alguna señal de vida…, pero parece que se lo ha tragado la tierra. Es raro que no hayamos tenido ninguna noticia de
él.
Alana cruzó los brazos sobre el pecho.
—Veo más factible que te cases con Huntington a que venga alguien que no se ha preocupado por ver a sus sobrinos en… ¿Cuánto? —soltó una carcajada ácida—.
¡Ah, no, espera! ¡Qué estoy diciendo, si no los conoce!
—Pues cruza los dedos para que venga pronto. Estamos totalmente arruinadas.
—Hellen, no conocía tu sentido del humor. Será mejor que aceptes que ese hombre vendrá cuando del cielo lluevan monedas de oro. Es decir, nunca. ¡Eh, espera! —
Se dio cuenta de lo que su hermana acababa de decir—. ¿Has dicho que estamos… arruinadas?
—Las cuentas ya no salen, Lania. Y lo peor… es que no sé qué vamos hacer. —Confirmando que todo lo que terminaba de decir era cierto, Hellen corrió a su
dormitorio envuelta en un mar de lágrimas.
A partir de ese día, Hellen entró en un estado profundo de depresión, y Alana debió hacerse cargo de la casa y de los mellizos. Comenzaron a prescindir de muchas
cosas que si bien eran necesarias, podrían apañarse sin ellas. Lo último fue subastar un precioso escritorio de ébano que Jhon compró. Al hacerlo, Hellen había llorado
hasta quedarse sin lágrimas, pero Alana tuvo que hacer que entendiese la necesidad de conseguir dinero. Sabía cuánto significaba ese mueble para ella, pero no tenían otra
forma de conseguirlo. Cuando parecían recuperarse por la venta de algún utensilio, luego sucedía algo que hacía que se hundiesen más. En la casa ya no quedaba gran
cosa por vender o empeñar, excepto el propio inmueble, si lo hacían, no tenían ningún sitio dónde ir y tampoco sabía cuánto les iba a durar el dinero que recibieran a
cambio. Dada su situación, el banco se negaba a hipotecar la vivienda.
Alana era una muchacha bonita y sencilla, educada en la fe y el cristianismo. Tenía un cuerpo delgado y esbelto que cubría con ropas recatadas y pasadas de moda.
Sus ojos eran verdes como las esmeraldas, rodeados de largas y espesas pestañas. Unos discos expresivos y llenos de vida. Su mentón era pequeño y elegante, los
pómulos, altos, pero lo más llamativo de todo, sin duda, era su espectacular melena cobriza que siempre llevaba recogida en un moño flojo. Hellen se había dado cuenta
en esos últimos meses que la muchacha no pasaba tan desapercibida como cuando llegó hacía seis años. Ahora había madurado y hasta el lechero acudía dos veces al día
solo por verla.
Al final del verano, la fortuna del destino quiso que Alana encontrase un puesto de camarera en la posada La garza blanca. No era mucho lo que conseguía, pero
menos daba una piedra.
La garza blanca era un sitio más o menos tranquilo, limpio, donde, en su mayoría, los clientes que viajaban a Londres, bien por mar o por tierra, se detenían a
pernoctar. Eso no significaba que de vez en cuando entrara gentuza en busca de alguna moza disponible. Alana se defendía bastante bien cuando esto sucedía. Manejaba
el palo de la escoba mejor que un espadachín su arma. Sin embargo, lo que más lamentaba era no poder quedarse cerca de Hellen para protegerla de lord Stephen
Huntington. El hombre parecía haberse obsesionado con ella.
Capítulo 4
Colbert quiso huir de sus propios horrores escondiéndose en Nápoles y en Roma. Le costaba un verdadero esfuerzo regresar a su país natal. Sin embargo, al final,
no tuvo más remedio que viajar a Barcelona, donde lo esperaba Seth Presley, para embarcarse en Afrodita.
La nao era completamente nueva y moderna, diseño exclusivo de un astillero danés regentado por Sigmund Farmer y del cual el demonio ruso, Seth Presley, era
socio.
Afrodita admitía a pasajeros, pero no a cualquiera. Solo el trayecto ya costaba una fortuna en un alojamiento pequeño. Por supuesto, Colbert no miraba los
precios, y su camarote era uno de los más lujosos, situado en el castillo de proa. La nave estaba aprovisionada de varios comedores, dos cafeterías y un pequeño puesto
de ricos emparedados. También poseía el salón de actos, el más demandado por los hombres, ya que era un lugar prohibido para las mujeres y en el que fingían cerrar
negocios cuando se dedicaban a fumar, beber y jugar a los naipes.
Volver a encontrarse con su amigo Seth le trajo muy buenos recuerdos. Cuando Colbert abandonó la armada, hizo varios trapicheos para conseguir dinero fácil y
rápido, y en uno de ellos se topó con el demonio. Ambos se hicieron amigos y, a pesar de haber vivido esos años en países diferentes, habían seguido compartiendo
negocios. Esos últimos tiempos menos, ya que Napoleón no estaba en el poder, y después de la tregua, no precisaban pasarse información. La palabra más exacta para
describirlos era espías, pero ellos preferían llamarlo intercambio de pensamientos.
Durante el viaje, por demás de divertirse con muchas de las bellas damas que compartían la travesía, el demonio ruso lo puso al día sobre algunos asuntos
interesantes, queriendo convencerlo de iniciar juntos un nuevo negocio. Colbert no le había dicho que sí, tampoco se había negado. Solo le aseguró que se mantendrían en
contacto. Estaba decidido a convertirse en un hombre respetable. Al menos tenía que intentarlo por Jhon.
Llegó a Christchurch cansado y hambriento. La ciudad fue fundada en el siglo séptimo, en la confluencia de los ríos Avon y Stour que desembocaban en el puerto
llamado de la misma manera que la ciudad, pero pocos barcos de pasaje llegaban hasta allí, por lo que él había desembarcado en Londres y tras pernoctar en La herradura
de plata, posada situada en el extrarradio de la capital cerca de los Brezales, terminó el resto del recorrido en coche de alquiler.
No tenía la dirección de su cuñada. Alguien, seguro, podría indicarle donde vivía la maestra de la ciudad, pues apostaba que allí no habría muchas escuelas.
Su gran altura, medía un poco más de un metro noventa, cuerpo fuerte, sin un gramo de grasa de más, ojos grises como la plata, con pequeñas vetas doradas capaces
de congelar los fuegos del infierno, y su espeso cabello oscuro cayendo sobre los hombros le daba un aspecto fiero e intimidante. Nunca pasaba desapercibido, y en el
condado de Dorset no era diferente. Apenas puso los pies en el suelo, la gente ya había comenzado a murmurar sobre él. Las mujeres lo encontraban hermoso. Nada más
conocerlo quedaban prendadas no solo de su impresionante físico, sino de su humor entre burlón y ácido. Era difícil saber cuándo bromeaba o, por el contrario, hablaba
en serio.
El cochero le indicó un buen sitio donde poder comer y, seguramente, conseguir la información que deseaba.
La garza blanca no le pareció un mal lugar, a pesar del olor a pescado muerto que arrastraba las aguas del rio que discurrían por la parte trasera de la taberna. El local
estaba limpio y al no haber mucho personal, los susurros que llegaban desde las mesas ocupadas no molestaban.
Enseguida de aparecer, una rubicunda mozuela se acercó a él bamboleando

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