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Libro PDF Una historia de Bollywood Sonali Dev

Una historia de Bollywood  Sonali Dev

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para una representación en su vecindario de Mumbai. A pesar de su temprano éxito,
Sonali pasó las siguientes décadas de su vida estudiando en la universidad para
licenciarse en arquitectura y en comunicación escrita, viajando por todo el mundo y
creando una familia al tiempo que escribía para revistas y páginas web. Cuando le
salió la primera cana su pasión por contar historias volvió con más fuerza. Sus
historias combinan su punto de vista de la cultura india con su papel de súper mamá,
diosa del hogar y viajera del mundo. En 2015 resultó finalista del premio RITA a la
mejor novela de autor novel por Una historia de Bollywood, que un año antes había
sido nominado a los premios Golden Heart de la asociación Romance Writers of
America.
Sonali vive en las afueras de Chicago con su marido, paciente y a menudo
divertido, y dos adolescentes que también requieren de humor y paciencia, además de
con el perro más perfecto del mundo.
Hace veinte años que Mili Rathod no ve a su marido; es decir, desde que tenía cuatro
y la prometieron con él. Aún así, el hecho de estar casada le ha proporcionado una
libertad de la que pocas jóvenes gozan en su pueblo. Su abuela incluso le permitió
dejar la India para irse a estudiar a los Estados Unidos durante ocho meses, para
convertirla así en la perfecta esposa moderna. Y eso es lo que ella, precisamente,
querría ser… si su marido viniera a buscarla.
El reconocido director de cine de Bollywood, Samir Rathod acaba de llegar a
Michigan para gestionar los papeles del divorcio de su hermano mayor. Después de
todo, el hecho de persuadir a una inocente muchacha de pueblo para que los firme
debería resultar fácil para alguien con su encanto. Pero Mili no es ni una tonta ni
tampoco una cazafortunas… Y tal vez sea… ¿el amor de su vida?

Una historia de Bollywood
Título original: A Bollywood Affair
© Sonali Dev, 2014
© de la traducción: Eva González Rosales
© de esta edición: Libros de Seda, S. L.
Paseo de Gracia 118, principal
08008 Barcelona
http://www.librosdeseda.com
http://www.facebook.com/librosdeseda
@librosdeseda
info@librosdeseda.com
Diseño de cubierta: Payo Pascual Ballesteros
Conversión en ebook: Books and Chips
Imagen de cubierta: © Arvind Balaramand/Shutterstock
Primera edición digital: marzo de 2016
ISBN: 978-84-16550-50-0
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o
préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO
(www.cedro.org).

Para mamá y papá, por vivir felices para
siempre.
PRÓLOGO
Un mar de altares nupciales se extendía sobre la arena del desierto y desaparecía en
el horizonte. El plañido festivo de las flautas shehnai sonaba en los altavoces y
luchaba contra el alboroto de un millar de voces en busca de atención. Cientos de
niños vestidos de rojo y dorado se sentaban esparcidos como confeti alrededor de los
fuegos sagrados, listos para corear sus votos. La muchedumbre de las bodas del Akha
Teej estaba en su máximo esplendor bajo el sol abrasador de Rajastán.
Lata escudriñaba la escena desde el mismo límite del caos. Su suegro había
movido algunos hilos importantes para obtener la codiciada esquina, donde habrían
estado relativamente tranquilos, de no ser por la novia de su hijo, esa de mejillas
regordetas. Berreaba tan estrepitosamente que Lata no sabía si darle una bofetada o
abrazarla. ¿Qué tipo de niña lloraba de ese modo, creyéndose con derecho a ser el
centro de atención?
El hijo mayor de Lata, el novio, de doce años, echó una mirada desinteresada al
alboroto que estaba formando su novia antes de marcharse para explorar la
celebración. El hijo menor de Lata no dejaba de retorcerse impaciente junto a ella.
Incluso oculto entre los pliegues del sari de su madre, su extranjera palidez lo hacía
destacar como un faro en medio de aquel mar de piel tostada y cabello azabache. A
diferencia de su hermano mayor, no podía apartar los ojos de la desdichada novia.
Al final, incapaz de seguir conteniéndose, el chico extendió su mano y acarició la
cabeza de la niña, cubierta por el velo.
Ella se volvió bruscamente, con sus húmedos ojos infantiles tan llenos de
esperanza, que a Lata se le contrajo el corazón. El velo nupcial con ribetes dorados se
escurrió de su cabeza infantil, revelando una masa de rizos de ébano peinados en
forma de tirabuzón. El chico le recompuso el velo con sumo cuidado.
Pero antes de que terminara de hacerlo, la niña se abalanzó sobre él, agarrando a
su aliado recién descubierto como si fuera un árbol en plena tormenta de arena, y
volvió a llorar con intensificado fervor. De sus enormes ojos delineados con kohl
fluían ríos que bajaban por sus mejillas. Sus rollizos dedos surcaban valles en el
brazo del niño. El futuro cuñado hizo una mueca, pero no se apartó.
—¡Bastardo! —gritó el suegro de Lata, tapando con aquel jaleo el llanto de la
niña.
Había terminado los trámites de la boda y dirigió su mirada al muchacho con tanta
furia que Lata se apresuró a protegerlo. Pero no fue lo bastante rápida. El anciano
extendió el brazo y golpeó la cabeza del niño con tal violencia que el pequeño se
tambaleó hacia delante, recuperando el equilibrio gracias a que la pequeña novia lo
sujetó con todas sus fuerzas.
—¡Quítale tus asquerosas manos de encima! —El abuelo del chico apartó a la niña
de un tirón y se dirigió a Lata, escupiendo saliva desde su retorcido bigote como si
fuera veneno—: Llévatelo de aquí. Con solo diez años ya se atreve a tocar a la mujer
de su hermano. ¡Bastardo blanco…!
La rabia inflamó la luz de los ojos del chico y nadó en lágrimas contenidas. Lata lo
apretó contra su vientre, protegiéndolo con una mano. El niño agarró la blanca palma
de su madre viuda mientras su delgado cuerpo temblaba por el esfuerzo de contener el
llanto.
La mirada de la niña no se apartó de ellos mientras el anciano se la llevaba a
rastras.
Su pecho seguía elevándose con las sacudidas de los sollozos, pero al menos ya no
gritaba. Iba calmándose poco a poco.
—¿Por qué llora la novia de Bhai, Baiji? —susurró el niño contra el vientre de
Lata en un hindi tan puro que nadie habría imaginado que apenas llevaba hablándolo
un par de años.
Lata besó su suave cabeza dorada. Esa era la única respuesta que le daría. No
podía decirle que, como había nacido chica, estaba destinada a vivir atada y
amordazada; a no ser libre jamás. Y aquella niña parecía haberlo notado mucho antes
que la mayoría. Desafortunadamente, la pobre infeliz creía que podía hacer algo al
respecto.
CAPÍTULO 1
En toda su vida, Mili únicamente había querido una cosa: ser una buena esposa.
Buena esposa en el sentido de diosa doméstica-barra-mejor esposa del mundo. El tipo
de mujer que su marido se pasaría todo el día echando de menos. El tipo de mujer que
haría que cada noche él se apresurara a llegar a casa, a una casa que ella habría hecho
tan hermosa, que incluso los hogares de las series de televisión parecerían réplicas de
plástico a su lado. Una casa llena de amor y de risas y del aroma de una comida
perfectamente sazonada, que serviría en impolutas bandejas de acero inoxidable
vestida con ropa sencilla pero elegante, mientras mantenía una conversación divertida
a la par que inteligente. Porque, cuando se lo proponía, podía ir vestida de punta en
blanco. Y en cuanto a sus inteligentes opiniones… Bueno, ella sabía cuándo
expresarlas, a pesar de lo que decía su abuela.
El profesor Tiwari la había considerado «excepcionalmente perspicaz» en su carta
de recomendación. Dios bendiga a ese hombre, pues la había convencido para
continuar con su educación, incluso Mahatma Gandhi dijo que una mujer educada
sería una mejor esposa y madre. Así que allí estaba ella, con la bendición de su
profesor y de Gandhiji, fundiéndose en la ardiente acera frente al Consulado de
Estados Unidos en Bombay, haciendo cola para conseguir el visado y seguir con la
mencionada educación.
¡Si al menos dejara de gotearle la nariz un bendito segundo! Aquella nariz húmeda
era una maldición extremadamente molesta; se trataba de una alerta personal que la
avisaba de la inminencia de lágrimas, por si acaso era demasiado estúpida para darse
cuenta de que estaba a punto de llorar. Se apretó la punta de la nariz con el pañuelo
que llevaba en los hombros, estropeando por completo su salwar rosa favorito, y echó
una mirada a las dos parejas que charlaban a unos cuantos metros de ella. Aquel día
se había prohibido terminantemente llorar.
¿Y qué, si estaba emparedada entre dos parejas de dichosos recién casados? ¿Y
qué, si el sol le estaba abriendo un agujero en la cabeza? ¿Y qué, si la culpa le
apuñalaba las entrañas como astas de toro? Todo había ido sobre ruedas, y eso tenía
que ser una señal de que estaba haciendo lo correcto. ¿Verdad?
Aquella mañana se había levantado de madrugada para tomar el tren rápido de las
tres y media desde Borivali a la estación de Charni Road, y así llegar a la cola del
visado antes del amanecer. Pero se quedó anonadada cuando encontró a unas
cincuenta personas ya acampadas en la acera de cemento ante las puertas altas del
consulado. Después de su llegada, la cola creció a un ritmo alarmante y en aquel
momento varios centenares de personas ya formaban una hilera interminable detrás de
ella. Y eso era lo que importaba. Su abuela siempre decía: «Mira a los que has
dejado atrás, no a los que tienes por delante».
Mili dejó de mirar a la pareja de recién casados que tenía enfrente, para fijarse en
la pareja de recién casados a su espalda. La novia se reía por algo que su marido
había dicho, y él parecía a punto de explotar de alegría. Mili sacó un pañuelo de su
bolso de pasamanería y se sonó.
¡Oh, no había duda de que se habían casado hace poco! No lo sabía solo por la
henna en las manos de ellas, ni por las pulseras que tintineaban desde sus muñecas a
sus codos. Lo sabía por el modo en que agitaban las pestañas al mirar a sus maridos y
por cómo los tocaban, con ligereza y vacilación.
Mili reprimió un enorme sollozo. La visión de los diseños de la henna y de la luz
del sol atrapada en las pulseras de cristal le desgarraba el corazón con tal anhelo que
casi se rindió. Dejó de apretarse la nariz y se permitió llorar a mares. Por mucho que
lo deseara, Mili nunca conseguiría esas manos con henna, ni aquellas pulseras de
novia. El momento para eso ya había pasado. Ya hacía veinte años, cuando tenía
cuatro años. Y lo peor era que no se acordaba… de nada.
Se sonó con tanta fuerza que las novias se sobresaltaron.
—¿Estás bien? —preguntó la novia número uno. Su voz dulce no encajaba con la
mueca de repulsión que mostraba su rostro.
—No tienes buen aspecto —añadió la novia número dos.
Ambos maridos parecían enorgullecerse de la infinita bondad de sus esposas.
—Estoy bien. —Mili resolló tras el pañuelo que seguía presionando su nariz—.
Debo de haber pillado un resfriado.
Las parejas se apartaron de ella rápidamente. Enfermar les arruinaría aquella
novedosa dicha de recién casados. Mejor. Estaba cansada de tanta charla. Puede que
midiera un poquito menos de metro y medio, pero no era invisible.
Los cuatro intercambiaron una significativa mirada. La pareja situada a su espalda
sonrió a Mili con expectación, pero no se decidían a preguntarle si les dejaría pasar
para ponerse junto a sus nuevos amigos. La otra pareja, que estaba enfrente,
disimulaba mirando hacia la calle. No estaban dispuestos a abandonar su sitio en la
cola.
La antigua Mili se habría quitado de en medio sin pensárselo dos veces. Pero la
Mili de ahora, la que había vendido las joyas de su dote para ir a Estados Unidos y
convertirse en una mujer de valía, tenía que aprender a mantenerse firme.
«No es lo mismo benevolencia que estupidez, eso lo sabe hasta Dios.» La
invariable y siempre presente voz de su abuela intentó fortalecer su resolución. Había
decidido dejar de ser estúpida, de verdad que sí, pero odiaba sentirse mezquina y
ruin. Así que estaba a punto de rendirse y ceder su lugar en la cola, cuando un hombre
con uniforme caqui se acercó a ella.
—¿Qué estatus? —le preguntó con impaciencia.
Mili retrocedió e intentó no poner cara de niña tonta, como decía su abuela. La
gente con uniforme le aterraba. El funcionario dio un golpecito con su porra a los
documentos que Mili apretaba contra su vientre, algo que solo sirvió para intensificar
su miedo a la autoridad.
—¿F-1? ¿H-1? —insistió el hombre, y al ver que no respondía, añadió en hindi,
irritado—: Oy hoy. ¿Qué visado vas a pedir, niña?
Una bombilla parpadeante se encendió en el cerebro de Mili.
—F-1. Visado de estudiante, por favor —le respondió con una sonrisa en el mismo
dialecto. Era emocionante oír el acento familiar de su lugar de nacimiento allí en
Bombay.
El hombre suavizó su expresión.
—Eres de Rajastán, según parece. —Él le devolvió la sonrisa. Ya no resultaba
intimidante, sino uno de los amables lugareños de su pueblo. La tomó del brazo—.
Por aquí. Ven conmigo.
El hombre la condujo hasta una cola más corta, que se movía hacia el interior de
las puertas de hierro forjado. Y de este modo, Mili terminó en una enorme sala de
espera del Consulado de Estados Unidos.
Fue como entrar en un frigorífico. La sala era de un blanco tan puro, estaba tan
limpia y hacía tanto frío, que tuvo que frotarse los brazos. Pero la temperatura de la
habitación la reavivó y de repente se sintió tan flamante y elegante como la moderna
pareja que se hacía ojitos en aquel cartel de la película de Bollywood que veía a
través de las ventanas.
Se atusó el cabello, recogido en una apretada cola de caballo que después había
trenzado. Aquel sin duda era su día de suerte, porque sus exasperantes y totalmente
obstinados rizos decidieron quedarse donde los había colocado. Pelo de demonio,
como lo llamaba su abuela. Su naani la hacía masajearse los brazos con aceite de
sésamo cada mañana después de cepillarle el cabello para ir al colegio.
—Tu pelo va a acabar conmigo —le encantaba quejarse—. Es como si alguien
deshiciera una alfombra y colocara sus hilos enredados sobre tu cabeza solo para
torturarme.
La querida y vieja Naani. Mili iba a echarla mucho de menos. Juntó las palmas de
las manos, echó una mirada de súplica al techo y rezó pidiendo que la perdonara. «Lo
siento, Naani. Sabes que, si existiera otra manera, jamás haría lo que estoy a punto de
hacer.»
—¿Señorita Rathod?
El pulcro funcionario del Consulado levantó una ceja rubia mientras Mili se
acercaba a la ventanilla. El documento que había rellenado la noche anterior,
escondida en el baño de su prima, esperaba sobre el mostrador de formica que los
separaba.
Mili asintió.
—Aquí dice que tiene veinticuatro años. ¿Correcto

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