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Libro PDF Valor Clara Usón

Valor Clara Usón

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productos naturales donde impartía sus talleres y
vendía todo tipo de hierbas, ungüentos, piedras
mágicas, imanes, resinas aromáticas, ámbar,
alcanfor, almáciga, benjuí, copal, sándalo, elemí
de Manila, incienso de Jerusalén, incienso de
Júpiter o el incienso Mágico que estaba quemando
en beneficio de su amiga por su efecto
tranquilizador. «Apaga eso —reclamó Mati— me
marea el humo.» Flor, paciente, comprensiva, le
reprochó su acritud. «Estás tensa —observó—,
irradias malas vibraciones, no sé si te das cuenta.
Expúlsalas, deja que se vayan —la urgió—, siente
el amor y la paz en tu corazón, nada es importante
y todo es relativo, lo que es, es, todo lo que sucede
es porque ha de suceder y es necesario para la
evolución del universo y el regreso a la unidad y a
la armonía de lo divino. Tú eres sagrada, Paco es
sagrado, este cuenco es sagrado (por favor, no
tires aquí la ceniza, lo tengo a la venta, échala al
cenicero), todo es sagrado y Uno, la dualidad es
aparente y nos causa desgarro y sufrimiento, pero
en otras dimensiones (están aquí aunque no las
veamos, no me lo he inventado yo, lo dice la física
cuántica, es una verdad científica), en otras
dimensiones tú y Paco os habéis reconciliado y os
amáis con amor verdadero. Lo de aquí abajo es
falaz y es un experimento. ¿Cómo explicártelo…?
Tú y yo ya estamos muertas y a la vez aún no
hemos nacido, el tiempo es una impostura, todo
transcurre de forma simultánea, en distintos
planos, en otras dimensiones que tú y yo no
percibimos, pero los Seres de Luz sí, la Divinidad
sí, y hazte a la idea de que para ella, la Divinidad,
Paco se está acostando con esa muchacha en este
mismo instante y también está haciendo la
comunión, vestido de marinero, y a la vez yace
sobre una camilla en la sala fría del tanatorio y lo
están amortajando, porque el futuro no existe,
Mati, el futuro, el presente, el pasado están, ¿cómo
decirlo?, revueltos…» Mati, airada, impaciente, no
le permitió continuar, aclararle, como Flor hubiera
deseado, que los Seres de Luz son entes puros,
evolucionados, antiguas almas que culminaron con
éxito su proceso de transmigración, como por
ejemplo Jesucristo, Gandhi, el Buda, Mandela
(¡Mandela no está muerto!, habría saltado Mati; sí
lo está, en otra dimensión, es lo que intento
explicarte, habría replicado Flor), Einstein, Nikola
Tesla, todos los hombres sabios, todos los
hombres buenos, quienes, libres del yugo de la
reencarnación, nos rodean en espíritu (o mejor
dicho, nos sobrevuelan, aleteando furiosamente a
una velocidad superior a la de la luz, de ahí que no
podamos verlos y que se llamen Seres de Luz) y
velan por nosotros, quieren impartirnos sus
enseñanzas, darnos consejos, pero para entrar en
contacto con ellos es preciso practicar la
meditación y ser receptivos, estar abiertos, «y tú
estás supercerrada, Mati, obsesionada con tus
pequeños problemas, los cuernos que te pone tu
marido, el estrés del trabajo, el dinero, tu hija…»,
eso habría dicho, o algo parecido, pero puesto que
Mati le advirtió, «no sigas por ahí, Flor, no me des
la tabarra con tus historias místicas, yo te hablo en
serio, voy a dejar a Paco y no sé cómo decírselo a
la niña», Flor hubo de renunciar, por el momento,
a compartir con su amiga esa porción preciosa de
sabiduría.
—Salgo a cenar fuera —dice Mati a su hija,
como si su minifalda, su perfume y su melena
ahuecada no lo proclamaran—. Quedan
macarrones de ayer y sobras de albóndigas en la
nevera, te lo calientas y luego lo recoges todo, no
quiero ver platos sucios cuando vuelva. Y, Mar…
La niña, de brazos cruzados, la mano derecha
cerrada sobre su iPhone, la espalda rígida contra
el respaldo de la silla, la mirada, entre ultrajada y
triste, fija en el póster de Justin Bieber pegado a la
pared de enfrente de su escritorio, no da muestras
de escucharla ni atenderla, pero eso a Mati no le
inquieta, si vacila es porque lo que va a decir le
produce rubor, casi vergüenza.
—Mar… Mañana, cuando venga tu padre… yo
no estaré, tengo que ir a la caja a primera hora…
Cuando venga le dices…, le preguntas… si ha
traído el sobre con el dinero que me debe de los
últimos meses, y si no…
—¿Y si no?
—Nada… ¡Pero como no lo traiga! El muy…
Bueno, me voy ya, que llego tarde. ¿Cómo me ves?
¿Estoy guapa?
—No.
—Gracias.
—Mamá…
—Ya sé lo que me vas a pedir y la respuesta
es no, por pesada que te pongas no te voy a dejar
salir. Si este trimestre lo apruebas todo, será otro
cantar. No te olvides de recoger y… ¡Llego tarde!
Adiós.
La niña abre la mano que oprime el iPhone y
echa un vistazo a Twitter. Durante la intromisión
de su madre han sucedido cosas. «Are you stupid,
extremely stupid, totally stupid or literally
stupid?», le increpa una admiradora de Justin
Bieber. La niña insiste. «Justin Bieber is ugly y
también gay.» «OMG what a bitch!», es insultada
de inmediato desde el ciberespacio. La niña se
muerde el labio y medita qué otra injuria añadir, le
divierte escandalizar a las Beliebers. Mientras, los
Seres de Luz se afanan a su alrededor, buscando
orientarla, dirigirla, llevarla por el buen camino;
Paz, Amor y Armonía, le encarecen los Seres de
Luz, puede que el mismo Gandhi o Cristóbal
Colón. Impermeable a sus súplicas, tuitea la niña:
«Odio a mi madre».
Fermín Galán odiaba la guerra. ¡Bestias los
que la provocan! ¡Bestias los que la hacen!,
escribió. También: El pensamiento civilizado es
el que asiente a que el ejército ejecute los
crímenes que le manda el Estado dentro y fuera
de las naciones. Y los enemigos de España
siempre han sido sus generales. Él era militar. Se
distinguió por su valor y entusiasmo en la guerra
de Marruecos y le fue concedida la Cruz Laureada
de San Fernando (a título póstumo). Despreciaba a
las mujeres que llevaban pendientes e iban
pintadas con mascarillas que las desfiguraban,
como Mati Oliván, o su hija Mar, quien tras tuitear
«Le escupiría en la cara a mi madre y me quedaría
muy a gusto» y «Estaría bien que me fuera
levantando, tengo el culo pegado a la silla desde
hace horas» y «¡Hola! ¿Hay alguien? ¿Quién habla
conmigo? Estoy más sola…», consigue despegar el
culo de la silla para aventurarse, como suele, en el
cuarto de su madre, que está muy desordenado,
unas bragas enredadas con las medias colgando de
la cama, la falda decente que Mati ha llevado al
trabajo tirada de cualquier manera a los pies de la
cómoda, los zapatos bocabajo sobre la alfombra
nueva. Parecía mentira que fuera madre y directora
de banco y era intolerable que siendo tan
desastrada le exigiera a ella orden y limpieza en su
habitación. Abrió el cajón superior de la mesita de
noche donde Mati guardaba el tabaco y comprobó,
contrariada, que el único paquete que quedaba no
estaba empezado. Se llevó una sorpresa al
descubrir que la caja de condones que su madre
escondía entre su ropa interior ya no estaba
intacta: faltaban un par de preservativos. Por
costumbre, y casi por deber, sisó unas monedas de
la bandeja de latón plateada donde su madre
arrojaba las llaves y el cambio. Se tumbó sobre la
cama matrimonial. Acarició la idea de masturbarse
pero no tenía ganas.
Luis Duch se masturbaba con energía, estaba
casi a punto, le faltaba muy poco, cuando un toctoc
insistente le interrumpió.
—¿Qué haces, Luisito, encerrado ahí dentro
tanto rato?
—Rezo el rosario, madre.
—¿En el baño?
Mati encendió otro cigarrillo (para matar el
olor de incienso, esto parece una iglesia, se
lamentó), miró a su amiga y le dijo que era una
lástima que no se tiñera el pelo, «aunque fuera con
uno de esos tintes naturales que vendes, te
quitarías diez años de encima. ¡Cómo te has
dejado desde que eres mística! Y no eres nada fea,
y lo sabes, parece que te estés estropeando a
propósito. Tiene gracia que me digas que el asunto
de Paco no tiene importancia. A ti lo de Manu te
trastornó». Flor negó con la cabeza sin perder la
sonrisa, esa sonrisa idiota con la que incluso debía
de dormir. Mati le recordó los meses de terapia
con un psicólogo después de que Manu la
abandonara, las fobias, la ansiedad, la pérdida del
trabajo, «y tú eras una buena comercial, Flor,
mejor que yo, una chica con futuro, lo decíamos
todos, tenías un trabajo serio y ahora ¿qué
vendes?, ¡piedras milagrosas y cursos
esotéricos!». Mati extendió ante sí el folleto
arrugado con el que se estaba abanicando y leyó
desdeñosa: Curso de dos sesiones. Sintonización
de la bendición del útero. Curso de Luz Animal:
Reequilibrio energético de tu amigo animal.
Apoyo en duelo de tu mascota (¡todo el equipo
contigo!). Flores de Bach para canes. Taller de
Ho’oponopono (trabaja tu niño interior). Lectura
del Alma o el Libro de la Vida… ¡Reiki Angélico!
¿No te da vergüenza embaucar a la gente con estas
memeces? Mientras Mati y Flor discuten (la una
con pasión, la otra con prudencia) sobre los pros y
los contras de las enseñanzas esotéricas, por qué
es más serio vender bonos del Estado que Flores
de Bach, o más razonable creer en la Santísima
Trinidad que en los Seres de Luz, en otra
dimensión, contigua y paralela pero imperceptible
(salvo para el arcángel Gabriel y el maestro Saint
Germain, los Seres de Luz que hoy están de
guardia), Fermín Galán se pasa un peine por el
pelo crespo y se mira al espejo. Si la niña lo
conociera, no le disgustaría, con otro corte de pelo
y un atuendo moderno podría pasar por un cantante
pop, pero Fermín Galán termina de arreglarse,
abotonando hasta el cuello su guerrera militar,
ajustando mejor la hebilla del correaje, atusándose
el cabello una vez más, en otra dimensión, en la
que nadie ha oído hablar de la música pop y el año
es 1930 y no 2011. Mar se habría dado con un
canto en los dientes por ser tan popular como
Fermín Galán, y eso que era un hombre adusto,
imbuido de un tremendo sentido de la moral, del
deber, del honor, de la patria, palabras cuyo
significado la niña ni siquiera atisba. Galán fue un
militar concienzudo y liberal. Pidió ser destinado
a Marruecos con sólo diecinueve años, pese a
desaprobar la guerra colonial que allí se libraba.
En 1921, bisoño teniente, llega a Ceuta y, a
diferencia de la mayoría de sus conmilitones, en
vez de frecuentar burdeles, emborracharse y
complementar su sueldo con comisiones ilícitas, se
dedica a explorar la geografía, a familiarizarse
con las costumbres nativas y a entablar relaciones
con los jefes locales, cuya lengua pronto
chapurrea. Pergeña un plan de paz que expone al
rey, Alfonso XIII, quien no entiende nada y a quien
la paz no interesa, tiene en juego suculentos
negocios en Marruecos. Desengañado, Fermín
Galán ingresa en la Legión, bajo el mando del
teniente coronel Francisco Franco Baamonde
(quien, cuando alcanzó el grado de Generalísimo
por la gracia de Dios, consideró oportuno
intercalar una hache en su segundo apellido para
conferirle una prestancia condigna). La guerra de
Marruecos es una larga retirada. De cuando en
cuando, las tropas españolas recuperan una
posición cercada por los rifeños, sus trincheras
pegadas al blocao en el que se guarecen los
soldados hispanos. Cuerpo a cuerpo, a golpes de
bayoneta, se abren paso Galán y sus legionarios:
entran en el blocao, hallan a los asediados
«famélicos, barbudos, se caen. Mientras abrimos
la puerta sale uno de ellos dando voces
incoherentes, pidiendo agua… Dentro, el olor es
insoportable. Hay cuatro muertos en
descomposición. Llega el médico y al poco sale
corriendo, lanzando gritos. Parece que se ha vuelto
loco», escribirá Galán.
En septiembre de 1924, Fermín Galán, al
mando de una sección, se propuso reconquistar la
loma de Solano en la batalla por la liberación de
Kobba Darsa. Era preciso adentrarse en un
desfiladero sitiado por los moros, llamado El
Señorito. Galán no lo dudó. Sus hombres
atravesaron de uno en uno y a paso ligero el
estrecho pasillo, bajo una lluvia de metralla.
Galán pasó el primero y animó a sus tropas a
imitarle. Un

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