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Libro PDF Venus al alba Elena P. Jiménez

 Venus al alba Elena P. Jiménez

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inyectados en sangre mientras sus compañeros lo sujetaban intentando calmarle.
—¡Vale ya! ¡Eh! Vale ya… —dijo Juan.
—¡Te estás colando, te estás pasando tres pueblos! —gritó Marcel.
—Le voy a denunciar por racista —dijo el paciente.
—¿Racismo? ¿El hijoputa este me está llamando racista? ¡Cómeme el rabo, moro de mierda! —siguió gritando mientras se relamía las comisuras de los labios.
—¡Enrique ya, coño! ¡Para! Pídele disculpas a este señor —indicó Marcel.
—¿Señor? ¿Disculpas? Lo que le voy a pedir es la dirección para ir a quemarle el piso con él dentro por tocapelotas tercermundista. Quítate de mi vista o te
inyecto morfina en la aorta sin aguja, descerebrao, que te crees muy importante amenazándome, ¡con las leyes de tu país ibas a comer tú! ¡Que lleváis a las mujeres en el
maletero! ¿Racista? ¡Tu puta madre! Te voy a meter el manual de racista…
—¡Dios, Enrique! ¡Te pienso pegar una hostia como no te calles ya! —cortó Juan. —¡Qué te calles, coño!
El paciente desapareció sin dar más explicaciones, con más miedo que dolor.
—Pero ¿tú te crees que esto es normal? Que el tío no se entera de que esto es urgencias. Que tengo una mujer vomitando sangre con 40 de fiebre ahí en la sala
esperando a que atienda las soplapolleces de sultán, el tío, porque se ha cortado en un dedo que por cojones lo tengo que atender. ¡Ponte una tirita, puerco! ¡Y si se te
cae el dedo te lo metes en el culo, moro de mierda! El tercer imbécil esta noche, coño, que me viene otro guiri diciendo que se cayó la semana pasada en Mallorca y que
le duele la espalda. ¡Urgencias, copón! ¿Qué no sabes leer? Hostia puta. Una patada en el culo y que no pare hasta que le toque los cojones al Rudolf de su compadre
Papa Noel, el nazi de mierda —largó con la boca ya seca.
—Enrique, como sigas diciendo barbaridades te voy a dar la gran hostia, para que te calmes —dijo Juan mucho más sereno que el resto del personal de urgencias.
—¡Qué suerte la tuya, Enrique! ¡Que nada más te tocan moros y nazis! —comentó Marcel—. Tú y tu manía de echar más leña al fuego.
—No, lo que me tocan son los huevos, compay —aclaró poco más tranquilo.
—¿Cuántas horas llevas despierto y cuánta coca te has metido? —preguntó Juan sin tapujos.
—Lo que me faltaba ya por oír, ¿encima me vas a tocar los huevos tú también?
—Yo no te toco nada. ¿A ti? Dios me libre… A saber desde cuándo no te los lavas y cuántas han pasado desde entonces por ese cepillo —dijo Juan equilibrando
cal y arena.
Enrique rio estruendosamente, y toda la energía que estaba intentando salir de forma atropellada por el mismo orificio de perdición optó por evaporarse entre
carcajadas.
—¡Eres grande, Juan! Tan pronto me puteas como me doras la píldora. Eres un maestro de la psicología inversa, un puto crack —dijo Enrique.
—Solo quiero que no la líes, coño, Enrique. ¿Cuántas guardias te has empalmado? —preguntó de nuevo su amigo.
—Llevo treinta y ocho horas sin dormir, sí, y cuatro rayas como cuatro pistas de esquí, ¿o es que piensas que uno aguanta despierto con Coca Colita? No me seas
moña, Juan.
—No te voy a decir qué es lo que tienes que hacer con tu vida, ya eres mayorcito, pero no nos putees a los demás —añadió Marcel.
—Aunque tengas razón esa actitud lo echa todo por tierra. Si sabes que no controlas a Mr. Hyde ve cambiando de táctica —dijo Juan.
—Cuando quiera, no me vayas a tachar ya de drogadicto. Vamos, ¡no me toques los cojones!
—¡Vale! ¡Vale! ¿Quién ha dicho nada? Pero si eres tú solo que te embalas. Anda, haz el favor de irte a tu casa a descansar, vete y despéjate ¡Cómo te metas en líos
de camino a tu casa te hostio esos hocicos de médico pijo que tienes! ¡Tira! —instó Juan.
—No te quiero joder, colega, pero sabes que te van a abrir por esto expediente disciplinario, un poquito merecido, ¿no? —añadió Marcel.
—Púdrete, catalán de mierda —gritó desde la puerta sin ni siquiera girarse.
El cuerpo molido a horas de insomnio blanco firmó por consentido el ofrecimiento de su colega. Pero la noche estaba viva y, de camino a casa, Enrique decidió dejar
que se extinguiera por su propia inercia a los pies del amanecer, en el Scándalo.
Luca andaba tan deprisa que los zapatos de tacón no estaban seguros de querer seguirla. Llegaba al juzgado con el tiempo justo y le ponía de los nervios tener que andar
dando explicaciones. Todos estaban acoplándose en su sitio cuando ella entró en la sala con la toga ya puesta. Los cercos de sudor que impregnaban la camisa debajo de
la toga le distraían demasiado. ¿Cómo lavar una camisa de seda sin estropearla? Mancha de sudor y desodorante, nefasta combinación. Pero no podía pensar en eso
ahora, tenía un juicio que ganar. Le daba igual que Paco fuera culpable; si perdía, ese descalabro iba a quedar peor en su conciencia que las sobaqueras en la blusa. Pero
qué más daba, a Paco no le iba a ver más. A su camisa sí, le costó quinientos euros. Paco era culpable. Su camisa no. Visto para sentencia. Que sea lo que Dios quiera.
—¡Ya estoy en casa! —anunció Rou con su voz de niña buena.
Seguramente Naím, su marido, y Ava, la hija de ambos, habrían bajado a dar un paseo. El placer de llegar a casa y descalzarse solo es equiparable al del primer trago
de cerveza en pleno agosto mediterráneo. Estaba a punto de desconectar el móvil cuando recordó que tenía pendiente devolver una llamada.
—¿Qué tal va todo? —preguntó Rou.
—Bien, muy bien. Me alegro de oírte. Eso quiere decir que has escuchado el mensaje. Entonces…
—Claro que sí, mujer, cuenta conmigo. Hace ya tanto tiempo que no nos vemos… ¡Por internet no es igual! —dijo Rou.
—Bien, tomo nota. No te entretengo que sé que andas cansada… Un beso, eterna becaria de periodista. Te quiero, guapa —dijo Nadir.
—De becaria nada, petarda, ayudante del jefe de redacción —aclaró en tono jocoso antes de pulsar el botón rojo del móvil.
Por internet nada es igual. La realidad es otra. Las necesidades otras y, dependiendo de la prisa que marque tu ritmo o tu capacidad para pasar de puntillas por esa
realidad esclava de los píxeles, puede saciarse descafeinadamente.
Aunque ella no lo sabía, la nueva dimensión que estaba programando a su alrededor como forma de vida cotidiana no era más que una barrera de defensa, el muro
que aliviaba sus miedos, la frontera que salvaba heridas aún por cicatrizar de roces inesperados, el control sobre lo controlable y la capacidad de controlar que no todo se
puede controlar.
El móvil volvió a sonar quebrando el silencio.
—¿Si? —contestó Nadir.
—Estás en casa, sola, lo sé.
—¿Quién eres? —preguntó intentando ubicar de quién era esa voz.
—¿No me reconoces?
—No, no caigo ahora, pero… —Nadir titubeó desconcertada.
—Mejor, el anonimato nos hace más valientes ¿no crees?
—Bueno, la verdad es que no es momento para jugar ¿me dices quién eres? —intentó poner en orden sus ideas.
—Soy quien quiere follarte ahora mismo más que nada en el mundo —contestó la voz.
Colgó de inmediato. El móvil vibró al momento. Un guasap se había colado por la rendija de la oportunidad.
«Estás?» Nadir vio el mensaje pero no reaccionó. «Puedo pasar a verte?», volvió a vibrar el móvil. «Estoy cansada, mejor otro día», contestó. «Llevo seis botellas
de vino, abre anda, y déjate de cansancios». Salió de su ensimismamiento dándole tiempo a reaccionar en el momento justo en que sonó el timbre.
—Mujer, no me irías a dejar que me volviera cargado a mi casa, ¿no? —dijo Enrique con su media sonrisa encantadora.
—Iba a leer un rato en la cama —contestó Nadir aún dispersa.
—A la cama con un libro… Pudiéndote ir con un hombre —dijo hundiéndose de hombros y desplegando una sonrisa con todo su potencial.
—Anda, déjate de payasadas, dame un beso y explícame qué es todo esto —sonrió.
—Marco me ha dicho que organiza una pequeña bienvenida en tu honor ¿no? Pues yo pongo el vino, tinto y blanco —señaló a la caja que portaba mientras
enseñaba todo lo que había en su interior.
—Sí, yo también estoy invitando a gente. Le he dicho que mejor en mi casa, así mato dos pájaros de un tiro y la inauguro. No quiero causarle molestias —aclaró la
mujer.—
¿Te lo has tirado? —preguntó sin perder un ápice de frescura en su sonrisa.
—¡Enrique! —le llamó al orden.
—Me ofendería mucho que te lo hubieras cepillado y a mí no, que lo sepas —continuó sarcástico.
—Enrique… —susurró un reproche ladeando la cabeza —, hace más de un año que no te veo y mira cuál es nuestra primera conversación.
—Tienes razón. A ver si la usas. Entonces, de follar hoy ni hablamos, ¿no? —volvió a sonreír mientras sacaba una planta que asomaba de la caja.
—Calla ya, pesado ¿eso es para mí? —señalando al pequeño helecho que el médico había traído.
—¿Para quién si no? Espero que nuestra amistad dure tanto como los helechos en nuestro planeta.
Nadir lo miró, sonrió y le besó en la mejilla mientras le daba medio abrazo.
—Es precioso… El helecho, digo. Lo llevo a la terraza —indicó guiñándole el ojo.
—¿Voy colocando el vino en el frigo?
—Solo el blanco, en la parte de arriba que es menos fría —contestó Nadir desde la terraza.
Cuando la bloguera regresó al salón se encontró con un gesto rígido en la cara de su amigo que no supo interpretar.
—¿Ocurre algo? —acertó a preguntar.
—Mira el suelo, mírate los pies —le indicó Enrique.
Un reguero de manchas oscuras perseguían los pies de Nadir hasta justo la posición en la que estaba.
—¿Qué…?
No entendía de dónde habían salido esas manchas. En un primer momento pensó que eran de la tierra de la maceta pero luego, cuando se dispuso a agacharse
comprobó estupefacta que eran de sangre.
Ninguno de los dos se movió durante cinco eternos segundos, mientras se miraban a los ojos.
—Déjame que mire de qué puede ser esto —indicó Enrique dirigiéndose a la terraza.
Nadir se le había adelantado como una autómata. En realidad, no sentía la más mínima curiosidad. Hubiera preferido cerrar los ojos y que al abrirlos hubiera
desaparecido todo.
Enrique buscó la luz de la terraza. Las lámparas de sol que Nadir había colocado estratégicamente le hubieran dado un aspecto romántico si no fuera por lo lúgubre
de la situación.
—¿Dónde está la luz?
—Aquí —y la encendió.
En mitad de la terraza había un bulto en suelo, en medio de un charco de sangre oscura, huellas de Nadir se mezclaban en dos direcciones. Un gato con los ojos
picoteados yacía sobre un pequeño y negruzco charco de sus propios fluidos que desembocaba perdido y fluvial entre las juntas de la solería. Un extraño hedor terminó
por convencerla de que era conveniente no dejar allí los restos.
—Tranquila —ve a la cocina y trae bolsas y un rollo de papel. ¿Tienes manguera en la terraza? —preguntó Enrique buscando en derredor.
Obedeció como una geisha. Tenía la neurona más pendiente de entender que de hablar, Enrique lo recogió todo en un santiamén y ella remató la faena a manguerazo
limpio. Cuando hubo terminado pudo pensar en la posibilidad de que algún ave rapaz o córvido hubiera pillado desprevenido al felino.
—Ese gato ha muerto aquí… Pero es muy extraño… Y desde luego no lo ha matado ningún pájaro. Tenía varios cortes por todo el cuerpo y salpicaduras de su
propia sangre restregada. Parece como si lo hubieran trasladado aquí en un plástico o algo mientras moría —apuntó el médico.
—Pero ¿qué dices? No intentes asustarme, por favor.
—Va, no me hagas caso, acabo de salir del cine de una de esas cañeras que a mí me gustan. No le des más vueltas. ¿Pedimos pizza para cenar y me meto un rato
contigo hasta que se te pase el mal rato?
—Apetito no es precisamente lo que tengo, pero si a ti te apetece…
No le pareció mala idea. Conocía a Enrique desde hacía veinte años, era trápala, presumido, arrogante pero un encanto. Era el típico gallito previsible, fácil de
manejar para quien supiera utilizar mucha mano izquierda. Se apalancaron en el sofá, enorme, y pusieron una película. Eran las doce y él dormía a pierna suelta,
roncando. Nadir lo tapó sin ni siquiera quitarle los zapatos, apagó la tele y se fue a dormir más tranquila.

Capítulo 3
El tiempo, ese movimiento perfecto que solo puede percibirse en función del envejecimiento. Acababa de regresar a su tierra a principios de semana y el viernes ya era
la hoja vigente del calendario. Enrique se había marchado sin hacer ruido, como huyendo camuflado en las sombras del amanecer, justo antes de que Nadir abriera los
ojos.
El salón desordenado y la cocina sin el cadáver. «Es un cielo. Se lo ha llevado», pensó. Con la luz del día estrenándose los colores de la realidad eran menos
tenebrosos y las distancias que separan los miedos de esa realidad cotidiana se dilataban.
La rutina es ritual. Cada persona tiene la capacidad de vivir o de sobrevivir según las circunstancias. Solo unos pocos tienen la habilidad de convertir su forma de
vida en arte, en ejemplo, para lo bueno y para lo malo. Marco había conciliado su vida laboral con la particular como se fusionan dos átomos. A su medio siglo recién
cumplido le sería imposible vivir de otra forma, vivir acorde con las normas de la sociedad.
—¿Qué tal? ¿Cómo va todo? —preguntó Enrique.
—Bien, como siempre. Disfrutando de unas merecidas vacaciones. ¿Cómo llevas el tema?
—Bien, bien, progresando, despacito y buena letra, ya sabes. Te iré informando para que estés tranquilo —contestó el médico.
—Ya sabes que me preocupo por ti.
—Sí, sí, lo sé. Ya te llamo cuando te pueda contar algo en concreto. Cuídate. Cuidaos. Un abrazo.
—Ok. Lo mismo te digo, campeón.
Vivir consistía en escribir con cierta disciplina. Ni siquiera las visitas familiares alteraban la cotidianidad de ensamblar negro sobre blanco en el ordenador. Alguna vez
usaba bolígrafo y papel, pero su letra requería más tiempo manuscribirla que teclear en su Mac. Viajar de vez en cuando le daba energía para retomar cualquier historia a
medio hilvanar. Algún homenaje de la ciudad, pocas fiestas, menos vicios, quizás el café, y ninguna mujer. Solo la llegada de Nadir, con la que había intercambiado
regularmente correos después de su marcha, había alterado moderadamente la rutina del escritor. La única mujer que le hacía sentir incomodidad placentera, la que fue
durante cinco años pareja de su mejor amigo y a la que le dio un hijo. Un hijo. Descendencia, necesidad incómoda, anhelada en otro tiempo y olvidada ya, vencido por
las circunstancias.
Esa mañana de viernes, Marco se había despertado temprano, había preparado café y lo bebía tranquilamente, intuyendo los pasos de Nadir sobre su cabeza, sus
pies desnudos sobre el micromármol, vecinos de soledad compartida por el individualismo voluntario de la sociedad en la que vivían.
—Marco, huelo tu café. ¿Me invitas? —oyó decir Marco desde la terraza de arriba, un par de metros más corta que la del subático en el que vivía el escritor.
Marco Taim sonrió levemente asintiendo a la autoinvitación, tan de Nadir, natural, obvia, fresca y divertida. En cinco minutos apareció en su puerta con unas
galletas hechas por ella y unos periódicos debajo del brazo. En media hora se hubo marchado dejando una ráfaga de aire fresco remolineando detrás de ella y el recuerdo
de la imagen de una mujer mediterránea y felina perseguida por su bata. Se había dejado olvidados los periódicos a conciencia, sabiendo que Marco leería su propio
artículo, revisando si algún gazapo había saltado las trampas del autocorrector, la autorrevisión y la revisión del periódico; mejor en papel que electrónicamente. Y allí,
rodeado de dos exclamaciones inmensas, estaba la palabra más divertida que Nadir podía usar para referirse a su amigo: crack.
Cuando volvió dentro de su casa, no pudo dejar de mirar durante un buen rato el paquete envuelto en papel de estraza que había encima de una de las estanterías.
Se sentó en la silla delante del Mac y empezó a teclear. Cuando miró el reloj ya había pasado la hora de almorzar, pero había escrito un relato de una sentada.
La entrada de Facebook era francamente explícita, perturbadora. En otras circunstancias hubiera borrado el texto, pero al ver que lo había escrito una tal Fuego en Raquel
pensó que quizás fuera de su amiga. Terminó de leerlo sin sentarse.
«Respirando, muy cerca. Cerca, despacio. Despacio. Labios y saliva, dulce, caliente. Otra vez. Manos de hombre sobre caderas de mujer. Aprietan la cintura para
no dejar escapar el deseo, dentro, late entre sus piernas, encontrados. Dos, profundo. Llama y fuego. Respiración. Oler a ti. Manos de mujer aprietan. Suda la tensión
con las uñas clavadas, sellando el placer. Orgasmo». Definitivamente no era el estilo de su página, iba a borrarlo, pero, de repente, un Me gusta, después otro, lapidaron
de intención de exiliar el comentario de su muro a la papelera. «Yo no voy a ser quien ponga límites».
Releyó la entrada intentando juzgarla desde la imparcialidad, palabra a palabra, y un calor imperceptible comenzó a alterarle la respiración. Se sentó delante del
ordenador y en el buscador puso sexo, pero era un término demasiado ambiguo para que la lingüística computacional percibiera su temperatura, luego porno, y abrió una
web donde anunciaban sexo amateur gratuito. Nunca antes lo había hecho. Fue todo automático, sin pensar, como cuando se hace puenting. Antes de darse cuenta estaba
chateando con un tal Greg que se empeñaba en que le pusiera la cam. Pero ella no lo hizo.
«Tócate», le dijo Greg, «piensa que quiero follarte ahora mismo, que te beso, te introduzco la lengua y tu saliva impregna la mía». «Sí… Deseo que lo hagas,
sigue». «Te aprieto las tetas y te chupo los pezones». «Sí, me gusta». «Y se me pone dura pensando en metértela». «Fóllame, sí, ahora, hazlo». «Te separo las piernas
y estás húmeda, esperándome». «Estoy muy caliente». «Acaríciate pensando que te follo». «Sí, me gusta sentirla dentro, hasta el fondo». «Quiero correrme en tu
coño».
El sonido de Divenire comenzó a escaparse de su móvil, lo descolgó como siempre, sin mirar quién llamaba, reconociendo el olor de ella misma en sus dedos.
—¿Sí?
—Hola Nadir —saludó aquella voz indescriptible, casi mecánica.
—¿Quién es?
—No te acuerdas ya de mí… Eso es porque aún no te he abierto, penetrándote, hasta el fondo, contra la pared —dijo la voz casi gimiendo.
Nadir volvió a colgar, el número estaba oculto, como el día anterior. No reconocía la voz, pero le mosqueaba que sonara distorsionada. O le conocía o era posible
que pudiera reconocerlo, por lo tanto era alguien del entorno. Si era una broma no tenía gracia pero si no lo era, menos. Estaba excitada y la interrupción le dejó una
sensación extraña de miedo y deseo. Cerró el chat con Greg consciente de que al otro lado del ordenador alguien se estaría acordando de toda la familia por dejar la
corrida a medio torear.
Quería compartirlo con alguien, pero no le apetecía dar explicaciones. Raquel se troncharía, Enrique lo usaría a su favor, con Marco no tenía tanta confianza, Rou
ya tenía suficientes problemas como para preocuparla con algo que seguramente fuera una tontería… La mejor manera de no pensar en algo es concentrándose en las
obligaciones, y la fiesta estaba a medio plantear.
El timbre, ese gran invento liberador de pensamientos, dejó tintinear las campanillas electrónicas unos segundos, pululando por toda la casa. Raquel llegó dispuesta
a montar un festival, cargada de copas y platos de plástico.
—¿Qué es eso, criatura? —preguntó Nadir entre medio sorprendida y comprendiendo lo que se avecinaba.
—Todo lo necesario para una fiesta, cuando se termine se coge de los cuatro picos del mantel y todo a la basura. ¿No pretenderás ponerte a fregar? —disparó
Raquel.
—Bueno, pues ese era mi planteamiento inicial, sí —respondió su amiga.
—¿Estás loca? ¿Cuántos vamos a ser?
—No muchos, algo más de veinte —dijo Nadir.
—¿Voy sacando la comida del frigorífico? —preguntó la modelo.
—Sí, será mejor ir desenvolviendo y que vaya tomando temperatura ambiente. Están hechos de este medio día me ha asegurado la pastelera.
—¿Hay alguno que vaya caliente? —gritó desde la cocina la joven.
—No, no te preocupes. Has traído un montón de cosas pero ¿las cubiteras? No las veo —buscó entre todo lo que había dejado en el suelo Raquel.
—Están aquí, alma cándida —y le acercó cuatro cubiteras de acero inoxidable encajadas una encima de la otra.
—Perfecto, dos para vino blanco con hielo y dos que meto en el congelador para el vino tinto. Voy a meterlo 10 minutos en el frigorífico para que cojan
temperatura.
—Buen vino, Ordóñez —Raquel repasó la etiqueta mientras lo colocaba en la mesa.
—Lo trajo Enrique, Avantia es mi preferido —aclaró Nadir.
—No fastidies, no me lo recuerdes, anda —se quejó la modelo.
—No haberte liado con él, te lo dije, con los amigos no.
—No entiendo por qué, tú te follabas a Daniel, incluso tenéis un hijo, y os lleváis de maravilla, bueno, más o menos —se quejó Raquel.
—Tú lo has dicho, tenemos un hijo en común, es lo más importante, ¿no crees? Ya es difícil que sus padres estén separados, no veo por qué complicarlo más.
—Eres una santa, yo en tu lugar habría mandado donde picó el pollo a Daniel mil veces, no sé cómo le sigues aguantando sus problemas de ego. Me alegro de que
lo dejaras.
—Lo dejamos los dos —aclaró Nadir.
—Lo dejaste tú, so loba, te había absorbido la energía como un vampiro, fue dejarlo y empezar a florecer de nuevo. Vamos, estás hecha toda una capulla —sonrió
Raquel.
Ambas rieron mientras le iban dando aspecto de celebración a todo aquel montón de artilugios caseros.
Antes de la hora comenzó a llegar gente, todas con intención de ayudar. Enrique fue el segundo, como era de esperar. Paco, diseñador gráfico que alguna vez trabajó
para Nadir, fue el siguiente. Sam, la multitareas como la llamaba Nadir, apareció con su cara de ángel iluminándolo todo. Ana, la psicóloga del grupo trajo a Mar, bióloga
y eterna estudiante de algo. Rou fue puntual y, sorprendentemente, el que iba a ser anfitrión de la fiesta, Marco, fue el último en aterrizar. Jota, profesor en la
Universidad de Málaga, andaba cortando jamón para todos.
Los canapés estaban desapareciendo a una velocidad preocupante. Estaban realmente buenos, sí, pero no había más. El plan B era sacar la tortilla española del día
anterior, típica, un clásico culinario en los cócteles. Desde luego, bulto en el estómago haría.
—No te apures —dijo Marco—, he traído postres de la Canasta.
—Gracias, te diría que no deberías haberte molestado pero los canapés dulces han volado ya —contestó inquieta Nadir.
Raquel se adelantó a su amiga y ya traía los pasteles desenvueltos. El vino había caído a la misma velocidad que el resto de viandas. Solo quedaban cuatro botellas
de cava para terminar la noche.
—Había comida para un regimiento, no te apures, guapa —dijo Rou tan cariñosa como siempre—, estas bestias pardas han arrasado con todo —y se metió un
canapé de gambas en la boca riéndose.
—Bueno, pues ahora los regalos —anunció Paco.
—¿Regalos? —se extrañó Nadir—, ¿en serio? ¡Qué bien! —y aplaudió como una niña pequeña.
Paco le entregó un sobre con un bono para masajes. Jota le dio un CD personalizado con imágenes de Nadir en el que la música jugaba un papel sentimentalmente
importante. Todos iban y venían, discretos, entendiendo que la ceremonia de entrega de regalos era más íntima que colectiva, pero mirando de reojo para comprobar qué
regalos eran los de los demás.
—El mío —dijo Enrique mientras le mostraba un pequeño paquetito envuelto en papel plateado y dorado.
—Es precioso, Enrique, tienes muy buen gusto —sonrió Nadir mientras se intentaba poner el colgante de Swarovski que le había regalado su amigo médico.
—¡Pues claro que tengo buen gusto! Lo he escogido largo para que se te pierda entre las tetas —dijo señalando con el índice a lado y lado de su pecho—, así
pensaré que soy yo.
Nadir le dio una pellizco en el brazo sonriendo y Enrique se encogió de hombros, jocoso. Raquel se acercaba y su amiga prefirió dejarlos solos por si tenían algo de
lo que hablar. Fue a beber agua y se sentó en la cocina, mirando al salón a través de la apertura que había mandado construir en mitad de la pared, cuando diseñó la
cocina, que separaba ambas estancias. Todos conversaban tranquilos, la música de fondo era agradable, desde Simon and Garfunkel hasta Enya, pasando por Queen,
Celtas Cortos o Medina Azahara.
En ese momento sonaba The Police, Every breath you take y Nadir decidió evadirse de su propia fiesta. Abandonó la cocina, con una copa de cava en la mano,
camino de los dormitorios, revisando cómo iba la tarea de revestir los armarios empotrados a medida. Un armario de cuatro metros sin terminar en su dormitorio, una
extraña cajonera de apenas 40 centímetros y la barra de colgar la ropa, eso era todo lo que habían montado los carpinteros hasta ese momento. Incluso el espejo estaba
apoyado en la pared, desembalado, pero sin montar justo enfrente del tocador. Los abrigos estaban desparramados en la cama y encima de la cajonera, cuando se dio la
vuelta Marco estaba justo detrás.
—Te he escrito unas palabras de bienvenida, pero no me atrevo a que las leas en público. Prefiero que las leas luego, cuando nos marchemos todos —confesó el
escritor—. Solo quiero que sepas que eres bienvenida y que me alegro de que seamos vecinos —continuó torpemente atropellándose a sí mismo palabra sobre palabra.
Nadir no dijo nada, sonrió con ternura, se acercó hasta rozarle, le rodeó el cuello con los brazos y comenzó a bailar la canción de Sting sosteniendo todavía la copa
en la mano. Marco casi no reaccionó, ni siquiera cerró el abrazo que se le quedó congelado en el gesto. Poco a poco fue cediendo al compás de la música y la estrechó
cuidadosamente, oliendo su pelo, su perfume fresco. Cerró los ojos. Sentía como rozaba su cuerpo contra el de su vecina, levemente. Cuando se dio cuenta ya era tarde.
Tenía una erección. En vez de dejarse llevar se sintió incómodo y quiso retirarse del contacto con aquella mujer pero ella lo miró a los ojos, sonriendo, radiante, y Marco
no se dio cuenta de que la besaba hasta que el animal que llevaba dentro consiguió escaparse. En libertad solo restaba dejar que regresara cuando quisiera, sin hostigarlo.
Comprendió. Nadir era Alejandría, su Lolita particular donde el placer es dejar que la intuición descifre las intenciones.
La copa, llena, cayó y se quebró en mil pedazos. Las manos de Marco se colaron dentro de la camisa y acariciaron el pecho de la mujer. Ella se quitó la camisa y él
le desabrochó el sujetador y saboreó centímetro a centímetro aquellos exuberantes pechos. Cuando Marco abrió de nuevo los ojos, estaba sentado sobre los abrigos
desparramados en la cajonera y Nadir cabalgaba lentamente a horcajadas sobre él, agarrada a la barra del armario, con la falda de punto levantada y con las medias de
encaje aún puestas. Sentía como la penetraba una y otra vez, sentía el control de ella marcando el tiempo, sentía placer, tan intenso…
De repente, ella descabalgó. La presencia de sonidos extraños anticipó rápidamente la súbita bajada de telón. Ella se vistió. Él se vistió. Ambos vistieron su ánimo
con dudas radicalmente opuestas, ella dudaba de qué había provocado ese ruido en el pasillo, él de si realmente había ocurrido.
Marco se escapó disimuladamente al baño. Cerró la puerta y se sentó en el váter, sin mirar a ningún sitio, pensando en todo. Nadir, con el oído aguzado por la
alarma anterior, no dejó escapar lo que en principio le pareció un maullido y luego pudo reconocer.
—Pero bueno, ¿quién eres tú y qué haces aquí? —preguntó Nadir agachándose a recoger un pequeño minino gris, semejante a un pompón, con ojos intensamente
amarillos— ¡qué pelusa tan bonita! ¿De dónde has salido? —inquirió a todos una vez reincorporada a la fiesta del salón.
—Es el regalo de Fran, es ruso —dijo Rou con la boca llena.
—Eres una ardilla, criatura, cuando se han acabado los canapés tú ¿de dónde los sacas? Los llevabas en el bolsillo, seguro —rio con el corazón aún acelerado del
encuentro con su vecino.
—¿Ensaladilla? ¿Ruso? ¿Dónde? Anda, déjame en paz, —y le guiñó un ojo a la anfitriona.
Nadir se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla mientras le acariciaba la barriga. Marco seguía huyendo, quieto, con la conciencia de un preso de sí mismo,
observándolo todo con minuciosidad ya que su cuerpo era demasiado cobarde para salir corriendo, o quizás demasiado valiente. A pesar de que la noche se derramaba
fuera, fresca, intensa, brillante como la inmensa luna que la coronaba, dentro parecía que el día no hubiera terminado de despedirse. Un color blanquecino, casi celestial,
lo inundaba todo. Los invitados sonreían sosteniendo copas de cava en la mano y se deslizaban lentamente en cada uno de sus gestos, extremadamente lentos, tanto que
los sonidos quedaban congelados antes de ser pronunciados.
Cuando Marco volvió a la realidad, apoyado en la pared del pasillo más próximo al salón, observó a Nadir acariciar la barriga de Rou, a Fran juguetear con un
cachorro, gente fuera en la terraza, gente dentro, pero ni rastro de Enrique. Sopesó la situación y se marchó a su casa sin que nadie se percatara.
—¿Has visto a Enrique? —preguntó Raquel a su amiga mientras ingería un Trankimazín con un sorbo de vino blanco.
—Pues no, ahora que lo dices, ¿y tú has visto a Marco? —preguntó Nadir.
—Ni me he dado cuenta de que hubiera llegado —contestó la modelo.
—¿Todo bien? —inquirió Nadir con segundas.
—Perfectamente —pronunció, zanjando el tema antes de comenzarlo—. Si no te importa, me quedo contigo esta noche. ¿Puede ser?
—Tú tienes también unas preguntas…
—Me estoy perdiendo algo, lo sé, yo os lo noto —se acercó Rou.
—Se nos pierden los invitados, es lo único que te has perdido —añadió Raquel.
—Te tenías que haber comprado un piso más pequeño —sonrió Rou—, lo que podemos hacer es cambiarlo, yo te doy mi piso de 2 dormitorios, muy cuco, y yo
me quedo con este atiquito de 5.
—No sé para qué quieres tantas habitaciones —dijo Raquel.
—Lo he dejado en 3, lo demás ha sido para dar algo más de sensación diáfana ¿no habéis visto cómo ha quedado?
—Puñetas, Nadir, tú y tu manía de anticiparte, te vienes con la obra hecha ya y todo y así las demás no podemos mangonear decoración, reparto de espacios y
demás historias… —dijo Raquel.
—¿No pretenderías que viviera aquí con la casa en obras? —preguntó Nadir.
—Pues claro, como todo el mundo que hace obras —contestó la modelo.
—He reestructurado la casa entera, niña, que no he cambiado la bañera por un plato de ducha, so cebollina…
—Eso es lo que me gusta de ti, que sabes pensar a lo grande —añadió Rou.
Todas rieron en el ocaso de la velada y cuando Fran se despidió, al momento, se activó el mecanismo de resorte que produjo la desbandada, todos siguieron sus
pasos y abandonaron aquel ático, ideal y solitario.
—Sabes que me he quedado para ayudarte a recoger mañana, ¿no? Hoy lo dejamos tal que así y nos relajamos un rato delante de la televisión antes de ir a dormir.
—De acuerdo, solo recoger el salón y la terraza, lo más visible —sentenció la anfitriona.
—Trato hecho —consintió su amiga.
En un rincón del salón, dentro de un castillo de esponja forrada de tela de color verde y morado, se enroscaba una pequeña criatura, ajena al ajetreo de las dos
mujeres. A un lado un cuenco de plástico con agua, al otro con pienso, Sur, como así rezaba en el collar que lucía, pasaba olímpicamente de la vida.
Oro en ronroneo y plata en desperezarse hasta la cola, el gato descansaba relajado y tranquilo, ajeno al olor a muerte que

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