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Libro PDF Vértigo, al borde del acantilado Marta Santés

Vértigo, al borde del acantilado  Marta Santés

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Existen momentos en la vida en los que te planteas para qué merece la pena existir.
En los últimos días había estado cerca de la muerte más veces de las que podía contar, había experimentado un miedo visceral y un odio que jamás creí que alguna vez
pudiese sentir.
Rendirse es fácil. Dejar la esperanza a un lado, dejar tu cuerpo desmadejado en una esquina, aguardando a que pase todo… a que llegue el final.
Entonces de repente ocurre algo que te hace abrir los ojos, que te recuerda porqué merece la pena seguir. Sucede que, en mitad de una vorágine de pánico y
sufrimiento, surge una cálida y suave mano que te ofrece huir, correr, volar… De donde menos te lo esperas, de la forma más sutil posible.
Y es en ese momento cuando te das cuenta de lo mucho que te queda por descubrir, de los instantes en los que no hay dolor, en los que solo hay sensaciones que
nunca creerías que pudiesen embargarte: la piel de gallina, el pecho desbocado, la sangre peleándose contra tu piel, la sensación de vitalidad, de querer seguir existiendo
solo por volver a sentir lo mismo…
En aquel trance, llegué a creer que lo único que me esperaba era oscuridad. Mientras, él planeaba algo para mí, algo que ni si quiera él mismo podía prever. Estábamos
a punto de descubrir algo, algo intenso, demoledor… que cambiaría nuestras vidas hasta un punto inimaginable.
ROSTROS CUBIERTOS Y MIRADAS FEROCES
La cálida noche se antojaba más oscura de lo habitual, con el cielo encapotado por nubes plomizas. Con un gesto casi automático, coloqué por segunda vez
consecutiva el grueso tirante del vestido blanco sobre mi hombro, que resbalaba cada cierto tiempo por el enérgico movimiento de mis pasos. Llegaba tarde a una
quedada con mis amigos, que aguardaban en un pub al que solíamos frecuentar en verano. Pegué un respingo al sentir la vibración proveniente de mi bolso, seguramente
Carol estaría preguntándose dónde me habría metido.
—Estamos todos sentados esperándote ¿a que no adivinas quién ha venido?
—Mmm, no sé… ¿Colton Haynes?
—Ojalá, pero que yo sepa los milagros no existen —prorrumpió, intentando elevar la voz por encima de la música—. Es Darío, yo no sé como tiene la poca
vergüenza de venir después de…
—No importa —le interrumpí, mordiéndome el labio—. Llegaré en cinco minutos, quizá menos.
—Está bien —suspiró—. Te esperaré en la puerta, esto me agobia un poco.
Asentí y colgué justo antes de cruzar frente a un restaurante a punto de echar el cierre. Por estas fechas Valencia estaba a rebosar de turistas, sin embargo no me
resultó extraño que las calles estuviesen vacías. Ya eran la una y media de la madrugada y esta zona nunca estaba muy solicitada.
Aceleré el paso cuando el acusado silencio del anochecer imperó en aquellos estrechos callejones y el sonido de mis pasos hizo eco contra las fachadas desconchadas.
Un nuevo sonido hendió el aire de forma repentina: unos pasos tranquilos caminaban detrás de mí. De forma instintiva apreté el paso, distanciándome de aquel
individuo y tropezando con un guijarro al cruzar la esquina. Maldije mis alargadas extremidades, demasiado desproporcionadas como para moverme con desenvoltura.
Era desquiciante poseer la habilidad de un ornitorrinco.
Noté una sacudida en el pecho al identificar que aquellos pasos se habían vuelto más acelerados. Quizá estaba siendo desconfiada, pero no me sentía segura. El móvil
casi resbaló de mis delgadas manos al tratar de apretar la tecla para volver a llamar a Carolina… y entonces las pisadas desaparecieron.
Me detuve, girándome hacia atrás con el teléfono en la oreja dando tono. Allí no había nadie. Me sentí súbitamente estúpida al creer por un momento que había
estado en peligro, tenía que dejar de ver películas de terror a solas en mi habitación.
Colgué antes de que llegase a cogérmelo, pero en ese preciso momento alguien emergió de pronto de un portal, directo hacia mí. Y quizá la piel no se me hubiese
erizado de puro miedo si aquel individuo no llevase la cara totalmente cubierta por un pasamontañas negro. Mis piernas se activaron y en un impulso eché a correr en
dirección contraria. El miedo fue demoledor cuando, efectivamente, supe que aquel hombre corría detrás de mí. De mi garganta brotó un grito desgarrador, pero en
aquellas calles desiertas nadie podría acudir a socorrerme. Le escuché cerca y el pánico se apoderó de mí, sus manos casi atraparon mi muñeca pero me moví de tal
forma que solo logró coger mi bolso, llevándoselo con él. Si era eso lo que quería, está bien, todo suyo, pero por lo visto no se contentó con ello porque continuó
persiguiéndome de forma inexorable.
—¡¡Socorro!! —Grazné entre jadeos y gemidos— ¡¡Socorro!!
Una nota de esperanza colmó mi pecho al atisbar la banderola luminosa del pub donde me esperaban mis amigos. Si continuaba corriendo llegaría a tiempo.
—¡Carool! ¡¡Carolina!! —Farfullé, desgarrándome las cuerdas vocales.
Pero entonces un coche gris desportillado apareció en mitad de la carretera de un derrape fugaz y planeado, impidiéndome el paso. Me detuve con torpeza,
resbalándome, sin caer de milagro. La puerta de la parte trasera del coche se abrió incluso antes de que terminase de interponerse en mi camino, dejándome ver a su
compañero con uno de esos pasamontañas negros en la cabeza.
Ahogué otro grito, acorralada.
De repente sentí los brazos del hombre que me perseguía alrededor de los míos cogiéndome con fuerza, separándome del suelo. Grité y zarandeé las piernas con todas
mis fuerzas.
— ¡No! ¡¡Suéltame!! —Vociferé— ¡¡Carol!! ¡¡Carol!!
Aquel hombre puso una mano sucia y basta en mi boca, impidiéndome gritar. Me metió en la parte trasera del coche, donde otro hombre me agarró para adentrarme
junto a él con entereza, ya que yo me resistía moviendo las piernas y los brazos enérgicamente.
El secuestrador se metió después de mí y cerró de un portazo, encerrándome en el interior del coche, rodeada de personas con las caras cubiertas.
Infinitamente horrorizada, quise volver a gritar pero no pude aunque lo intenté.
Entonces, a través de la ventana trasera, pude ver a mi amiga salir del bar con el teléfono pegado en la oreja, impaciente. Al instante mi móvil vibró en el bolso que se
encontraba en las manos del secuestrador.
—¡¡Carolina!!—Chillé.
Pero el coche se había puesto en marcha y unas manos cubiertas con un pañuelo blanco cubrieron mi boca y mi nariz, haciéndome inhalar un olor desagradable.
Segundos después me sentí mareada, los ojos me pesaron y sueño insoportable se cernió sobre mí. Y sin poder resistirme más, sin fuerzas, los efectos del cloroformo
me vencieron y caí en la inconsciencia.
—Elena…
—Darío, es muy tarde. Tengo que entrar en casa —susurré con voz afónica, buscando las llaves en el maldito bolso de profundidad infinita.
Sus manos acudieron de nuevo a mis caderas y yo me aparté, incómoda.
Darío pasó su magullada mano por la reciente sutura de su ceja, haciendo una mueca de dolor.
—No te enfades, solo quería defenderte —me repitió por enésima vez.
—¡Es que no te das cuenta de que no necesitaba que me defendiesen! Darío, apenas nos conocemos, el que seas hermano de una de mis amigas no te da derecho a
invadir así mi vida.
—Pensaba que estabas interesada en mí…
—Lo siento mucho, Darío. Lamento de veras que hayas tenido que actuar de esa manera y… —contuve un gemido al caminar hacia atrás, notando dolor en los
brazos.
No sé por qué narices me había molestado en separar a aquellas dos bestias, de premio solo me había llevado cardenales.
—Buenas noches —me despedí de mala gana, consiguiendo abrir la puerta del rellano.
Ignoré sus súplicas, que se silenciaron cuando la puerta acristalada terminó de cerrarse detrás de mí.
Bufé, metiéndome en el ascensor, apoyando la frente en la pared metálica, escudriñando de refilón mi aspecto en el espejo. Mis alargadas extremidades se veían
frágiles y pálidas en contraste con el vestido beis.
Si mis experiencias con el sexo opuesto seguían siendo tan funestas, terminaría rindiéndome y proclamando que el amor era una ilusión para las personas
soñadoras. En realidad desearía poder ser un poco más ilusa, como mamá, pero había heredado la firme cabeza dura de mi padre. Con los pies atados a la tierra y
una madurez prematura a mis diecinueve que, todo hay que decirlo, espantaba las personalidades infantiles de muchos chicos.
Gemí al echar un vistazo al reloj del móvil, rezando para que todos durmiesen en casa. Sobre todo papá. Explicarle que habíamos estado en el hospital porque me
había metido en un berenjenal yo solita quizá no fuese la mejor de las excusas de llegar casi tres horas tarde.
Sin embargo, al abrir la puerta, me encontré a mamá sentada en la butaca más cercana a la puerta del salón. Tenía los ojos enrojecidos. Oh, vaya. Como era de
esperar, cuando traté de explicarle mis motivos, siguió recriminándome no haberla avisado. Sabía que tenía razón, pero aún así terminamos discutiendo. Lo único que
quería era acostarme y olvidarme de mi existencia durante unas horas y, por supuesto, lo que menos me apetecía era que papá se despertase, porque la bronca sería
mayor.
No entendía aquella sobreprotección, ellos me conocían y sabían perfectamente que era una persona responsable. Nunca me habían concedido un margen de error a
pesar de todo lo que me debían, a pesar de sus continuas ausencias. A pesar de que eran ellos los que tenían que disculparse.
Sus razones eran que yo jamás había desaparecido de esa manera, sin una llamada de aviso. Había temido que me hubiese ocurrido algo malo… y yo cerré la
puerta de mi habitación, pensando en que no había nada peor que pudiese ocurrirme que sentirme tan sola como entonces.
Abrí los ojos de forma súbita.
Estaba recostada sobre el asiento trasero de aquel coche viejo con olor a cerrado y polvo. Comencé a jadear y a moverme al sentir que estaba atada de pies y manos.
Tenía una cuerda malgastada enrollada a los tobillos y otra en las muñecas. Intenté incorporarme, gimoteando, notando cómo el pánico inflaba mi pecho, impidiéndome
respirar. En el coche no había nadie a parte de mí. Todo estaba en una agobiante y siniestra penumbra; la luz de la luna y las estrellas me ayudaban a ver débilmente la
parte de afuera: me encontraba en una explanada, un gran terreno flanqueado por árboles. No muy lejos se encontraba una casa de pequeño tamaño de la que emergía luz
a través de las ventanas.
Me moví como pude, arrastrándome por el asiento hasta llegar a una de las puertas, imponiendo fuerza a mis piernas para incorporarme, tratando de alcanzar el
tirador de la puerta, estallando a llorar al comprobar que estaba cerrado. Comencé a golpear la puerta con el cuerpo empleando toda mi rabia, pero sabía que era inútil
¿Por qué? ¿Qué razones tenían para hacerme esto? Se me escapó un grito de terror que inundó cada rincón del interior del coche cuando vi las sombras de dos personas
caminar en esta dirección con paso decidido.
Me alejé cuanto pude, aferrándome a la esquina más alejada, aovillándome. Distinguí sus caras tapadas con los pasamontañas negros en cuanto estuvieron pegados al
automóvil y las dos puertas delanteras se abrieron, entrando en el asiento piloto uno de ellos y otro en el copiloto.
Éste último se giró en mi dirección y yo me encogí.
—Hola preciosa —habló él con voz ronca y grave— ¿Estás cómoda?
El motor del coche rugió y pronto avanzó a través de aquel terreno pedregoso. Pude escuchar otros coches que de pronto me deslumbraron con sus luces delanteras.
Eso quería decir que no estaban solos. Había más.
Un estremecimiento horrible trepó por mi columna.
—¿Qué queréis de mí? —hablé con dificultad y el tono de habla demasiado bajo como para dudar que me hubiesen escuchado.
Ambos rieron de forma tunante.
—Pronto lo sabrás, chiquilla —habló esta vez el hombre que conducía.
—Y ahora procura acomodarte un poco. El viaje va a ser largo —me avisó, pareciendo excitado.
Yo morí por dentro.
—Por favor, soltadme… por favor —lloriqueé, desesperada.
El hombre del asiento copiloto volvió a reírse.
—No te preocupes, preciosa, en cuanto consigamos lo que queremos te dejaremos ir —no pareció una promesa, sonó más bien siniestro y amenazador.
Tragué saliva y me encogí todavía más en la esquina de la puerta.
Si pensaba que esto era una pesadilla, no me podía ni imaginar lo que me esperaba a partir de ese momento.
CONFINADA TRAS LOS BARROTES DE LA VENTANA
Cuando desperté ya era de día. No me había dado cuenta de cuándo me había dormido, pero lo había hecho. Despegué mi cara del cristal e intenté estirar mis
articulaciones doloridas.
—Buenos días —escuché decir a uno de ellos con ese fastidioso tono divertido—. Es entretenido verte dormir. Ese vestido te queda de lujo…
Apreté la mandíbula y procuré colocar la tela del vestido blanco en su lugar, ya que se había arrugado por encima de mis muslos.
—Duerme un poco más, ya queda menos para llegar —anunció girado hacia mí.
Le dediqué mi peor cara de repulsión y me volví hacia la ventana para mirar el paisaje.
Nada de lo que veía era familiar. Ni una sola señal, ni una sola montaña…
Sentía el cuello y los brazos agarrotados. El miedo y el pánico no habían menguado, y la incertidumbre de no saber lo que me harían era tan desquiciante que me
costaba respirar.
El coche se detuvo en un lugar perdido del mundo, donde había una casa sola entre maleza y terreno vacío. Los secuestradores se bajaron del coche y uno de ellos
abrió la puerta contraria a la que me encontraba pegada.
—Venga, baja —ordenó.
—Tengo las piernas atadas —le recordé con acritud.
Se agachó y se metió en el coche para acercarse a mí. Me encogí y emití un débil gemido gutural, queriendo hacerme de otra masa distinta para poder traspasar la
puerta del coche y alejarme de él. Sus manos se detuvieron en mis tobillos para coger la cuerda y cortarla con una navaja que se sacó del pantalón.
—Ahora ya puedes —volvió a ponerse en pie, esperándome.
En ese momento vi como otras personas enmascaradas caminaban hacia la casa, cruzando frente al coche, girando sus cabezas en esta dirección.
Comencé a hiperventilar.
—¿Quieres que te saque yo? —me amenazó.
—No —respondí de inmediato.
Me arrastré por el asiento hasta estar en el borde, notando un gran alivio al poder separar las piernas. Puse los pies en aquella tierra seca y tomé una gran bocanada de
aire antes de impulsarme y ponerme de pie de forma torpe. Una vez erguida sentí mareo y perdí ligeramente el equilibrio. Aquel hombre se acercó, y aunque quise
alejarme, su mano cogió mi brazo y me empujó para que caminase junto a él hacia la casa. Anduve trastabillando, sintiendo que me caería redonda al suelo de un
momento a otro. Entramos en aquel salón, donde un grupo de delincuentes encapuchados se reunían en mitad de este, e hizo que me sentase en uno de los sillones color
verde que había.
Comenzaron a hablar entre murmullos. Había cuatro de ellos, uno tenía cuerpo de mujer. Todos iban vestidos de negro, con vaqueros descoloridos y discretos. Me
giré hacia la ventana que tenía justo detrás y ansié ser veloz como un rayo para abrirla y salir corriendo sin que ninguno de ellos lograse alcanzarme. Cerré los ojos con
fuerza y estiré de la cuerda que envolvía mis muñecas heridas.
Mi corazón dio un tumbo violento cuando uno de ellos se alejó del corro y se acercó con apremio hacia mí.
—Bien bonita, ahora te voy a explicar lo que debes hacer… —El hombre que había estado conduciendo el coche se sentó a mi lado.
Me moví en dirección opuesta, temblando de forma convulsiva.
—Mírame —me pidió debido a que mis ojos estaban clavados en el suelo.
¿Para qué quería que le mirase? No iba a ver nada más que un pasamontañas de lana adherido a un rostro desconocido. De pronto, sentí sus dedos rudos cogerme de la
mandíbula, obligándome a girarme hacia él. Gruñí apretando los dientes y le miré con los labios y la nariz arrugada.
—Tienes carácter. Te recomiendo que no lo emplees. —Amenazó—. Voy a hacer una breve llamada telefónica. Tú dirás única y exclusivamente lo que yo te diga que
tienes que decir ¿estamos?
Tragué saliva y casi me atraganté con ella.
—Será mejor que obedezcas, te conviene —volvió a amenazarme—. Dirás que estás secuestrada, que te encuentras bien y que no se deben preocupar por ti siempre
y cuando cumplan el plazo. Deben reunir un millón y medio de euros para dentro de ocho días. Ese día llamaremos y si no tienen el dinero, tú morirás.
El alma se me cayó a los pies y mi respiración dificultosa se cortó de forma abrupta.
—¿Un millón… y medio de euros? —repetí afónica y aterrada, sabiendo que mis padres no disponían de tanto dinero.
—Exactamente. No dirás nada más que las palabras que te he nombrado —volvió a hacer hincapié—. La llamada no durará más de dos minutos, así que procura decir
todo lo que te he explicado antes de que te ordene colgar.
Asentí con la cabeza, aunque mis movimientos fueron tan débiles e inseguros que dudé de si ellos lo habían percibido.
El corro de secuestradores se había dispersado para acercarse y hacer de espectadores, mientras el hombre que estaba a mi lado extraía un móvil de su bolsillo,
tecleando algún número.
Me preguntaba si los dos minutos que disponía para hablar con algún miembro de mi familia bastarían para que los localizadores de la policía detectasen donde nos
encontrábamos. Confiaba en que mi padre ya estuviese volcado en mi búsqueda, con esa tenacidad propia del policía Blanco, el que ya había recibido alguna que otra
medalla de honor. Recé para que estuviese frente a uno de esos monitores que les indicase mi paradero.
—Toma, lo dicho —me señaló con su grueso dedo índice.
Cogí el móvil de su mano y lo pegué a mi oreja. El primer tono sonó y los nervios fastidiosos y ardientes se intensificaron en mi estómago. Segundo tono… tercer
tono… Apreté los dedos en torno al teléfono.
—¿Sí, dígame?—al escuchar la voz de mi padre un inusual sentimiento de nostalgia estrujó mi pecho.
—Hola papá, soy yo, Elena —mi voz sonó floja y dulce.
Unos gemidos y aspiraciones fuertes se escucharon al otro lado del teléfono.
—¡Elena! ¿Dónde estás? ¡Nos tenías muy preocupados! —estaba aliviado a la vez que enfurecido.
—Papá, debo ser breve… —las lágrimas lucharon por salir de mis ojos y no pude reprimir un leve sollozo.
—¿Qué sucede? —su voz sonó con urgencia después de oírme.
—Unos hombres… me tienen secuestrada. Pero no os preocupéis, estoy bien —tartamudeé.
Otra aspiración ruidosa y un siseo sorprendido ensordecieron mi oído.
—¿Qué?—exclamó él.
—Quieren algo de nosotros que debéis conseguir en ocho días. Si no lo hacéis… —miré de soslayo al secuestrador que estaba a mi lado y asintió con la cabeza,
indicándome que le dijera lo que él me había pedido que dijese—. No… volveréis a verme —gimoteé.
Mi padre volvió a sisear y emitió un extraño rugido que me erizó la piel.
—¿Qué es lo que quieren? —la voz de mi padre sonó torturada.
Apreté los dientes con fuerza, sufriendo por tener que darle tantas noticias horribles.
—Dinero.
—¿Cuánto?—urgió.
Hice una breve pausa, procurando recuperar la voz.
—Un millón y medio de euros —farfullé con dolor de garganta.
Mi padre gimió y se quedó en silencio unos segundos. No podía esperar a que volviese a hablar.
—En ocho días los secuestradores volverán a llamar reclamándolo.
Otra pausa breve se hizo mientras mi padre asimilaba el terror de la noticia.
—Está bien, pues diles a esos cabrones que tendrán su dinero… pero como te toquen un solo pelo de la cabeza, removeré cielo y tierra para encontrarles y matarles
con mis propias manos —su tono de voz sonó contenida y colérica.
—Ya te han oído —afirmé mirando por el rabillo del ojo al hombre sentado a mi lado. Él levantó una mano y la puso recta para cortar el viento, ordenándome que
colgase.
—Debo colgar…—le avisé, tragando saliva.
—Espera, Elena…
El hombre repitió el gesto con más energía.
—Adiós, papá. Te quiero y dile a mamá que la quiero, estaré bien.
—Elena…
Impaciente, cogió el móvil de mi mano con brusquedad y colgó él mismo.
—No me gusta que me desobedezcan, niña —escupió con aspereza.
—Lo siento —me apoqué, temiéndole.
Una de las personas que se encontraban de pie se movió de su postura para aproximarse hacia mí, cogiéndome del brazo. Pegué un respingo, asustada, sin saber lo
que me esperaba ahora.
—Vamos —me ordenó, logrando distinguir la voz grave del hombre que había estado de copiloto en el coche.
Supuse que este sería más joven que el que me había ofrecido el móvil, lo deduje por su complexión firme y musculosa, aunque es probable que me equivocase. Con
los pasamontañas era difícil saberlo.
Me ayudó a incorporarme y me arrastró por el salón, pasando entre medias de aquellos individuos siniestros, conduciéndome hacia un pasillo flanqueado por puertas
de madera corroídas. Abrió una de ellas, la del fondo, se detuvo y me empujó al interior de la habitación.
—Esta noche dormirás aquí —anunció con voz severa.
Cogió la manivela y cerró la puerta. Luego escuché cómo introducía algo metálico en la cerradura, dejándome encerrada.
Impotente, gemí y me dejé caer en la puerta, apoyando la mejilla en la madera desgastada. Lloré agotada y débil, con un dolor intenso en todas las articulaciones, en el
pecho y la garganta. Cuando escuché sus pasos rudos alejarse, proferí un grito ronco casi inaudible, sintiendo una ira enfermiza, dejándome caer al suelo, apoyando la
parte superior de la cabeza en la madera, sollozando. Intenté de nuevo, de forma absurda, deshacerme de las cuerdas de mis muñecas provocándome abrasiones.
Cuando me rendí después de un rato tirada en el suelo sucio, quise ser consciente de dónde me encontraba.
Estaba metida en una habitación con una cama en mitad del pequeño espacio y una mesilla de noche de madera antigua a su izquierda sobre la que se situaba una
lamparita llena de polvo.
En la pared de enfrente había una ventana, lo suficientemente grande como para que cupiese mi cuerpo, pero obviamente no me lo pondrían tal fácil: unos barrotes
finos de hierro estaban soldados detrás del cristal, negándome toda posibilidad de huida. Levantándome con un jadeo de dolor, ignoré la cama y encogí mi cuerpo en la
esquina más alejada a la puerta.
La habitación había sido envuelta por una escalofriante penumbra cuando pegué un respingo al escuchar la puerta abrirse de forma repentina. Elevé la mirada,
distinguiendo la silueta de uno de ellos. Me hice un ovillo contra la pared y le observé con aversión mientras entornaba la puerta tras de sí.
—¿Por qué estas a oscuras? —preguntó en habla queda.
Era una voz que no había escuchado antes, masculina, más joven y suave.
No articulé palabra mientras escrutaba cómo su silueta se aproximaba a la mesita de noche, encendiendo la lamparita. La habitación se iluminó con levedad, lo
suficiente como para averiguar que sostenía algo en las manos: una bandeja con agua y comida.
Se acercó a mí y, cuando estuvo lo suficientemente próximo como para sentirme incómoda, se agachó poniéndose de cuclillas frente a mí.
—Te he traído algo de comer —me enseñó el contenido de la bandeja.
Su voz era seria pero no trasmitía pavor. No es que me aliviase, pero me sentía menos atemorizada.
—Llevo las manos atadas —le recordé con voz enferma.
Suspiró, depositó la bandeja en el suelo y se aproximó hacia mí. Me retiré, evitando su cercanía, peo sus manos fueron a parar mi hombro invitándome a volverme y
luego cortó la cuerda con algo que no logré ver. Al llevar las manos hacia delante sentí alivio y un fuerte ardor en las muñecas, notando agarrotamiento en los brazos por
estar tanto tiempo en la misma posición.
—Has intentado desprenderte de la cuerda…—adivinó al ver la fina línea roja, llena de costras y piel desprendida.
Para mi sorpresa, tomó mi mano colocando el pulgar en la palma de esta, examinando con detenimiento las magulladuras. La retiré con velocidad, observándole con el
ceño fruncido, pudiendo ver únicamente ese dichoso pasamontañas.
—No lo intentes más o vas a dejarte las muñecas en carne viva —apuntó en tono austero.
Como si eso le preocupase… Me limité a mirarle con resentimiento y temor.
—Come algo —conminó, cogiendo la bandeja del suelo para acercármela.
—No tengo hambre —hablé con acritud, tomando la pequeña botella de agua que había a un lado del plato de croquetas.
—Te aconsejo que lo hagas. No probarás bocado hasta dentro de varias horas —me informó.
Negué con la cabeza, mirando la comida con ansia. Tenía el estómago revuelto y un enorme mal estar.
—Tú misma. —Se rindió, incorporándose con agilidad aun teniendo la bandeja en las manos
Anduvo hacia el fondo de la estancia, retiró la lamparita encendida y dejó allí la comida. Luego se giró hacia mí, extrayendo una cuerda nueva que colgaba de sus
pantalones.
Tenía el cuerpo de alguien joven, estaba delgado, pero no demasiado, se podía apreciar que trabajaba sus músculos y sin embargo la proporción de sus extremidades
era armoniosa, tornándose grácil incluso.
—¿Necesitas ir al aseo? —preguntó con voz contenida.
Pestañeé y de pronto me sentí imbécilmente ruborizada.
—Sí —murmuré.
Me levanté del suelo con el agua embotellada en una mano, esta vez con más facilidad al ser libre.
—Bien, acompáñame.
Abrió la puerta, cediéndome el paso, y yo, con vacilación, crucé frente a él con más prisa de la necesaria para evitar su cercanía.
—Para, es aquí —me indicó, adelantándome para abrir una de las puertas de la pared izquierda, inclinándose hacia dentro para apretar el interruptor, llenando el
cuarto de luz—. Entra, te estaré esperando aquí —me hizo saber.
Ni le miré cuando pase por su lado y cogí la puerta para cerrar, perdiéndole de vista.
—No pongas el cerrojo. Te prometo que no abriré —dijo al otro lado con un tono que parecía ser sincero.
—No me fío de ti —espeté con acritud.
—Comprendo que no lo hagas, pero si lo pones debes estar fuera en menos de cinco o diez minutos, porque si no tendré que tumbar la puerta —me explicó aquello
como si le resultase un aburrimiento tener que hacerlo.
—Correré el riesgo —afirmé, dándole la vuelta al pitorro dorado y oxidado que atrancaba la puerta.
Me pareció escuchar un resoplido pero no le hice el menor caso.
Miré hacia la diminuta ventana que había en la pared azulejada. Sí que hubiese cabido por ahí, a no ser que también hubiese unos malditos barrotes que me lo
imposibilitaban. No sé qué era lo que tanto le preocupaba ¿Acaso creía que podría salir de aquí?
Después de sentirme aliviada y asearme un poco, me quedé inmóvil ante el espejo de encima del bidé. Hasta que no reclamase mi presencia no pensaba salir de aquí.
No poder ver sus caras me producía inquietud y exasperación, inevitablemente mi pánico aumentaba. No sabría explicar exactamente por qué, ya que si querían
hacerme daño lo harían igual con las máscaras o sin ellas. Supongo que el rostro es el espejo del alma, de modo que no poder verles aumentaba mi angustia.
Miré mi reflejo en el espejo; era el primer rostro que veía desde la noche anterior y contemplar mi familiaridad me relajó un poco.
Mis ojos de un azul claro estaban hundidos, cansados, bordeados por unas pronunciadas ojeras y un negror intenso a causa del rímel corrido por las lágrimas. Mis
mejillas se veían hundidas, en un tono ceniciento, y mi cabello castaño claro estaba despeinado y despeluchado. El vestido blanco se había manchado con ronchones
negruzcos, supuse que por haberme arrastrado por el suelo mugriento de la habitación. Tenía moratones y heridas por prácticamente todo el cuerpo, sobre todo por la
zona derecha del brazo y la pierna con la que había golpeado la puerta del automóvil.
Pasé mis dedos, ahora frescos a causa del agua, por mi pierna magullada desnuda, intentando aliviar el dolor, tomando una intensa bocanada de aire.
Entonces escuché unos golpecitos impacientes en la puerta.
—Elena, sal ya —me pidió con una entonación adusta.
Escuchar mi nombre salir de su voz me desagradó. No quería que lo volviese a hacer. Dejé la toalla en su sitio después de secarme y me miré por última vez, sabiendo
que ese iba a ser el último rostro que vería en mucho tiempo.
Di la vuelta al pestillo y abrí la puerta con desgana, fastidiada por tener que verme otra vez con él.
—Vamos —su mano acudió al arco de mi espalda, induciéndome a caminar. Y sí, lo hice, pero con más apremio para no sentir su contacto y reducir el máximo
posible el tiempo de su presencia.
Entré en la agobiante y penumbrosa habitación y él se quedó parado en el umbral de la puerta.
—Mañana temprano saldremos. Intenta dormir un poco —me aconsejó.
Y seguidamente cogió el pomo de la puerta para encerrarme de nuevo allí dentro.
Abrí los ojos súbitamente y mis dedos se agarraron a las mantas de forma instintiva, notando un repentino horror, siendo consciente de que lo que había sucedido no
había sido una pesadilla. Me quedé en la cama, sumiéndome en la tristeza y el miedo, mientras el sol entraba potentemente por la ventana, iluminando cada
apesadumbrado rincón.
Me incorporé, todavía cansada y dolorida, temiendo que llegasen de un momento a otro. No sé cuánto tiempo había dormido, tal vez tres o cuatro horas salteadas,
pero esos escasos periodos de sueño me habían dado para tener pesadillas: había soñado que mi padre venía junto con toda una brigada policial, que yo corría por el
pasillo corto de la casa donde me tenían cautiva, que en el sueño se desplegaba ante mí, alargándose

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Tan profundo, tan peligroso – Vertigo 2  – Marta Santés

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