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Libro PDF Vida – Varios autores

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acostumbrada a caminar por la calle. En mi día a día, las prisas y la tiranía de un horario laboral hacen que siempre me desplace en coche.
Para eso me lo puso la empresa: para que no perdiera ni un minuto y fuera más productiva.
Pues mira por dónde hoy, justo hoy, no está a mi disposición. Por no sé qué historias que he preferido obviar cuando mi chófer, Hugo, ha intentado
explicarme por qué no dispongo de mi coche; para más inri, llueve.
Llego tarde a mi cita para la revisión anual. Lo odio, me paso toda la mañana metida en un hospital perdiendo el tiempo. Sin embargo, en mi empresa
es obligatorio y no me queda otra. Yo me siento bien, normal, nada del otro mundo. A veces más cansada, otras menos, pero nada que me preocupe. Es
lógico, pues muchos días acabo a las tantas y sin apenas tiempo para comer decentemente. Me enerva esta obligación, sin embargo reconozco que, de no
ser por tratarse de una orden, yo no pasaría por esta situación, y visto desde una manera optimista supongo que, con mi escasa predisposición a pisar un
centro médico, no visitaba uno ni en diez años o en caso de vida o muerte.
Cuando por fin logro llegar a la zona de consultas, me indican que van con retraso y que por tanto me toca esperar sentada en una sala aséptica,
deprimente. Por mucha sanidad privada que sea, es igual de desagradable que si se tratara de un hospital público.
Saco el móvil para hacer algo y reviso mi correo electrónico en primer lugar. Apenas son las once y ya tengo veintidós nuevos.
—Genial —murmuro revisándolos.
Nada que me sorprenda. Aparte de los mensajes corporativos, hay uno que me llama la atención. Es de mi ex. Julio. Qué extraño, pues no hemos vuelto
a vernos. O mejor dicho ha sido él quien no ha querido volver a verme. Siempre odió mi trabajo, mis ascensos. No sé por qué, ya que siempre me esforcé
para lograrlo. Mi trabajo conlleva contrapartidas y Julio debió aceptarlas.
Algo que asumí desde el principio, cuando acepté el puesto de directora de sucursal, era que iba a sacrificar mucho de mi tiempo personal en pos de mi
carrera. Y sacrificar hasta es un verbo suave, porque para empezar mi relación con Julio se fue al garete. Hace ya tres meses que decidimos dejarlo.
Bueno, lo decidió él.
—No aguanto más —me soltó un viernes por la mañana sin venir a cuento.
Bueno, a lo mejor sí venía a cuento, pues la noche anterior yo no había podido llegar a tiempo a la cena de aniversario de sus padres, pues unos
contratiempos de última hora me habían retenido en la oficina.
Intenté razonar con él pero, como siempre, el tiempo se me echaba encima, por lo que decidí posponer esa amarga conversación hasta la hora de la
cena. Ni qué decir tiene que Julio torció el gesto. Incluso llegó a pedirme que cogiera el día libre; algo que a mí me horrorizó. No lo había hecho nunca,
pero claro, para él, funcionario, era imposible de comprender.
Así que me despedí de él con la promesa de llegar pronto a casa, sin embargo el universo se alió aquel día en mi contra y cuando llegué, a las diez de la
noche, él ya no estaba. Vi la mesa puesta y una nota en la que me decía adiós.
Lo llamé pero no respondió. Hizo lo que un ser estúpido y orgulloso suele hacer: dar la callada por respuesta y hacerse el interesante. Le mandé
mensajes más o menos diplomáticos durante aquel aciago fin de semana. Pero el lunes, hastiada de su silencio, le dejé un mensaje de voz mandándolo a
paseo.
¿Qué se creía que era para hacerse el interesante? Empaqueté sus cosas y le pedí a través de un mensaje que me diera una dirección donde enviarlas.
Como no me respondió y no quise ser una de esas novias despechadas que tanto gustan en las pelis de sobremesa que donan las cosas a la beneficencia,
mandé todo a casa de su madre. Con acuse de recibo, por si luego le daba por reclamar algo.
Abro el correo de mi ex. Es retorcido hasta para comunicarse conmigo; algo que me duele, pues se está comportando de acuerdo con el manual de ex
gilipollas y rencoroso. Sabe que no descuido jamás mi mail corporativo y así se asegura de que lo veo.
Leo por encima, más pendiente de mi reloj. Ya llevo media hora de retraso. Pero me quedo ojiplática al leer el segundo párrafo. Me dice que tuvo un
accidente de tráfico y que al hacerle los análisis por si había consumido alcohol o drogas, le detectaron VIH.
—Maldito hijo de la gran puta… —murmuro, leyéndolo una y otra vez.
Quiero gritar, romper algo, preferiblemente su cara. Ahora tengo que hacerme esta condenada prueba. ¿Y cómo explico yo este lío en la empresa?
—¿Señorita Durán?
Al escuchar mi nombre me pongo en pie. Debo contener la rabia y no pagarlo con la enfermera que espera junto a la puerta de la consulta.
Camino más despacio de lo habitual. Se me desmorona todo. Mi cabeza intenta averiguar cómo Julio, el paradigma de la corrección, de la mesura,
incluso del aburrimiento, dado que nunca bebía de más ni fumaba ni tampoco le gustaba trasnochar, es portador del VIH.
—Buenos días, Erika —me saluda el médico—. ¿Lista para empezar?
Asiento por inercia, pues no lo estoy en absoluto. Mi cara debe reflejar la angustia. Una desazón que mi maquillaje no disimula.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta, e inspiro profundamente para no echarme a llorar. Ese cabrón no va a arruinarme la vida, me digo.
—No, doctor Medina. No lo estoy.
Como hablar abiertamente de ello me da incluso vergüenza, le muestro mi móvil y le pido que lea el mensaje que Julio me ha enviado. Lo hace y, como
buen profesional, finge no sorprenderse, pero yo sé que lo está, puesto que delante de él se encuentra todo mi historial médico en el que no figura nada,
ningún indicio que pueda ser considerado de riesgo.
—No adelantemos acontecimientos —me dice en tono suave, aunque creo que en el fondo me compadece por hallarme en este callejón sin salida—.
¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?
—Alrededor de cinco años —respondo, y me viene a la cabeza el día que lo conocí. Él estudiaba para aprobar las oposiciones en la academia donde yo
iba a dar clases de contabilidad para sacarme un sueldo extra, pues con mi salario de becaria, en el banco no sacaba ni para pipas.
—Entiendo…
Ese “entiendo” significa que al ser una pareja considerada estable, aparte de tomar medias anticonceptivas, ninguna otra, ya que ¿quién desconfía de
su pareja?
Pero mientras el doctor Medina toma notas, solicita las pruebas pertinentes y después me tumba en la camilla para hacerme la revisión, análisis y
demás, yo no dejo de pensar en cómo ese hijo de mala madre se ha contagiado. Y cuándo.
Nuestras relaciones sexuales eran, al principio, como cualquier pareja: muy frecuentes, alocadas y satisfactorias. O al menos eso me gusta pensar,
aunque el odio que empiezo a almacenar en mi interior hace que cualquier buen recuerdo se enturbie. No puedo evitarlo.
Julio y yo seguimos, por decirlo de alguna manera, el manual habitual de las relaciones. Tras empezar a salir, fuimos realizando planes, entre los que
se encontraba ir a vivir juntos. Él aún vivía con sus padres, y puesto que tras aprobar la oposición hubo de esperar a que le dieran la plaza, nos buscamos
un apartamento de alquiler. Yo superé mi periodo como becaria y pasé a trabajar con una sustancial mejora de salario en el banco, así que no me lo pensé
dos veces y compré la casa. Julio, aun sin ingresos fijos, lo aceptó, aunque ahora pienso que quizás el depender de mí durante aquel año le produjo cierto
resquemor. Como luego consiguió su plaza fija, todo mejoró, y si bien él ya podía aportar su parte de la hipoteca, decidimos no cambiar nada y disfrutar.
Ahora me doy cuenta de que no éramos tan ideales como parecía. Pero si Julio no se marchaba por ahí con los amigotes ni nada semejante, ¿cuándo se
contagió? Es a lo que no dejo de darle vueltas.
El doctor Medina termina y yo me arreglo la ropa. Tengo que volver dentro de una semana.
—Erika, escúchame. No te obsesiones. Si lo deseas, si ves que lo necesitas, puedes pedir ayuda psicológica. No te avergüences por ello. Te hará bien,
créeme.
—Gracias —consigo decir a duras penas.
Acepto los folletos que me da el doctor y salgo de la consulta. Me coloco las gafas de sol y, mientras camino hacia los ascensores, me echo a llorar.
Ahora puedo permitirme este momento de debilidad.
Me suena el móvil y miro el número. Es de mi oficina.
—Dime, Almudena —respondo, tragando saliva para que mi secretaria no perciba mi estado.
—Hola, Erika. Te llamo para informarte de que han cancelado la reunión de esta tarde a las cinco.
Suspiro. Mira por dónde, una buena noticia.
—Gracias.
—¿Estás acatarrada? —inquiere preocupada.
—Sí —respondo, agarrándome a la excusa que Almudena me brinda—. Hoy no podré pasarme por el despacho. Por favor, reorganiza mi agenda.
—Por supuesto, Erika. Faltaría más. Cuídate.
Cuelgo y me guardo el móvil en el bolso.
No sé a dónde ir. Hoy no tengo mi vehículo de empresa, así que no me queda más remedio que buscar un taxi. Salgo a la calle y me siento tan
desesperada que deambulo sin fijarme por dónde voy. Las lágrimas han dado paso a la rabia.
Cuando quiero darme cuenta, me he perdido. No conozco esta calle… Da igual, todo me resbala porque aún estoy en estado de shock. Lo único que
pienso es: «Maldito cabrón. ¿Tanto rencor me tenías como para hacerme algo así?».
Termino sentándome en un banco de la plaza. El móvil vibra en el interior de mi bolso, pero decido apagarlo porque no estoy para nadie. Creo que ya
no me quedan lágrimas; aun así continúo escondiéndome tras mis gafas de sol.
No sé de dónde procede, pero me llegan las notas de una partitura que me suena pero no consigo identificar. Vaya, por fin algo que puede alegrarme el
día. Cierro los ojos y me relajo; me viene bien este pequeño momento a solas.
Debo contener mi rabia y, tal y como me ha dicho el doctor, no adelantar acontecimientos. Lo intento. Me quedo quieta disfrutando de cada nota, sin
embargo la mala leche regresa a mí. Las ganas de ir en busca de ese hijo de su madre son cada vez mayores. Sí, de acuerdo, yo aún tengo que esperar los
resultados, aunque ¿a quién quiero engañar? He estado con Julio demasiado tiempo como para no contagiarme. Si hubiera sido un encuentro casual,
todavía albergaría esperanzas, pero no, no puedo tener tanta suerte.
Sigo escuchando la música, sin saber de dónde viene; da igual, empiezo a tramar posibles venganzas.
—Esto no puede quedar así —mascullo, y me doy cuenta de que estoy hablando sola en medio de la calle. Cualquier transeúnte puede fijarse en mí y
pensar que estoy mal de la cabeza. Aunque me da la impresión de que cada uno va a lo suyo.
En silencio, pues se ha acabado la música —una lástima, la verdad—, tramo posibles formas de devolverle el golpe. Sé que en estos casos la mayoría de
la gente prefiere ser discreto; ese podría ser un punto débil de Julio: presentarme en su trabajo y gritarle delante de sus compañeros la clase de persona
que es para soltar la bomba. Estoy segura de que muchos, llevados por los prejuicios, dejarían hasta de darle la mano.
Pero al cabo de dos minutos mi plan se diluye como un azucarillo en el café caliente. Yo no quiero, en caso de que el resultado sea positivo, que nadie
lo sepa, y exponerlo a él significa exponerme a mí misma.
También se me ocurre llamar a mis exsuegros. Estos, con lo que son, se llevarán una sorpresa, pues para ellos, su hijo, Julio el santo, es perfecto. Sin
mácula. Sus padres son buenas personas pero un poco clasistas, y me da la impresión de que si los pongo al día, hasta puede que hagan recaer sobre mí las
culpas.
No, esa vía de venganza tampoco me sirve.
Una nueva melodía comienza y entonces me percato de un detalle. Justo en frente hay una tienda de instrumentos musicales. Misterio resuelto. Me
quedo mirándola y disfrutando de la música. No se me ocurren más formas de joder a mi ex. Una pena, porque aunque hacérselo pagar no me solucione la
vida, al menos me sentiré mejor.
—Maldita sea…
Me levanto del banco e intento ubicarme para poder volver a casa. Hoy tengo el día libre, algo que nunca creí posible, y la verdad no sé muy bien en qué
ocupar mi tiempo.
Como sigo perdida, entro en una cafetería y, tras pedirme un café caliente, pregunto a la camarera:
—¿Me podría decir cómo se llama esta calle?
Ella me responde amable y yo anoto la dirección para llamar a un taxi. Me tomo la taza de café a sorbos. No me apetece mucho, pero mientras espero
me vendrá bien. Me quedo mirando la cristalera para salir de inmediato en cuanto llegue el taxi que he llamado.
En ese instante se abre la puerta y entra un cliente. Un hombre rubio, treintañero de muy buen ver que saluda afable a la camarera y pide su
consumición.
Yo saco dinero de mi monedero para pagar. Impaciente. El taxi no viene, así que me veo obligada a escuchar una conversación ajena.
Por lo que se desprende de la forma en que se tratan, él es un cliente habitual. Ella le pregunta cómo le ha ido el día en la tienda de música. Él
responde que la mañana ha estado floja, pero que eso le ha permitido practicar.
Esa inesperada información hace que ate cabos. El rubio es músico. Pues qué bien. Siempre consideré esa opción como la forma más segura de perder
el tiempo, pero el tipo es bueno, todo sea dicho.
La conversación prosigue. El taxi no llega. Y mi café se ha terminado.
Sin saber por qué extraño motivo, termino interviniendo, algo inusual en mí:
—Disculpe, ¿es usted quien tocaba hace unos minutos?
El tipo me mira y me ofrece una sonrisa amable, creo que la típica de vendedor, aunque no sé, quizás es el cinismo que siempre llevo a cuestas el que
no me hace apreciar la educación del hombre.
—Sí. ¿No le ha gustado? —me responde con educación.
—Me ha encantado —murmuro con absoluta sinceridad.
Yo sigo parapetada tras mis gafas de sol, lo cual resulta sospechoso, pero mis ojos están enrojecidos y no quiero que me pregunten por ellos. Estas
personas parecen de esas que enseguida se interesan por los demás, y no me apetece dar explicaciones.
—Gracias por la parte que me toca —dice sin perder la sonrisa—, aunque casi todo el mérito es de Schubert.
—¿Schubert? —inquiero porque mis conocimientos de música clásica son bastante limitados. Supongo que como casi todo el mundo, conozco alguna
que otra pieza, pero de haberlas oído en películas. Nunca me había parado a pensar que, en determinados momentos, esas notas pueden resultar
relajantes o al menos amortiguar las desgracias.
—Sí, Schubert —me confirma, y yo almaceno esa información en mi cabeza.
Cuando esté en casa, sola, y seguramente amargada, la escucharé para sentirme un poco mejor.
Justo en ese instante veo detenerse un taxi junto a la puerta y, sin perder el tiempo, me despido del tipo rubio y de la camarera.
Media hora después llego a mi apartamento y, tras cambiarme de ropa, me quedo sentada en la cocina. Mi asistenta ha dejado la comida preparada,
pero no soy capaz de tomar bocado. He pensado incluso en ir al mueble bar y acabar con una botella, de lo que sea, hasta perder el conocimiento y al
menos estar inconsciente hasta el día siguiente.
No lo hago, no quiero entrar en una fase autodestructiva. Llego a la conclusión de que planear cómo jorobar a Julio es infinitamente más divertido.
*****
No hubo suerte, no se me ocurrió ninguna forma eficiente de devolvérsela a mi ex, y a medida que han ido pasando los días, mi entusiasmo por hacerlo
ha ido decayendo. Cada vez tiene menos sentido perder tiempo y energía cuando debo empezar a reconsiderar muchos aspectos de mi vida, empezando por
qué hacer cuando el doctor Medina me confirme lo que yo ya sé.
Aquí estoy, en una maldita sala de hospital. Retorciendo la correa de mi bolso. No he sido capaz de contárselo a nadie, ni siquiera a mi familia. He
venido sola; no quiero palmaditas de lástima en la espalda ni miradas de compasión. Ni palabras de ánimo que se irán apagando a medida que pasen los
días. La gente tiende a prestarte atención en los primeros momentos, pero luego vuelven a sus vidas y se olvidan de ti.
Ley de vida. No me sorprende.
Tampoco he comentado nada en mi trabajo donde sé casi a ciencia cierta que se acabó ascender o encontrar un puesto mejor. Fin, así de injusto y real.
Me mantendrán en mi puesto porque están obligados a ello, no obstante sé que, en determinados círculos, seré señalada.
Me limpio una lágrima con la mano. No voy a llorar más. Ni hablar.
—¿Se encuentra bien? —me pregunta una mujer de unos cuarenta y tantos, vestida de manera anodina, desde los asientos de enfrente.
—Sí, gracias —respondo cortante.
Es una mentira como una casa, pues no consigo controlar los nervios de ninguna de las maneras.
—Tome. —Me entrega un pañuelo de papel que acepto, confiando en que no me intente dar conversación.
Me estoy volviendo una insociable de cuidado, pero nunca me ha gustado contar mis cuitas a desconocidos, y mucho menos en estos momentos.
Siempre, desde jovencita, me las he apañado sola. Desde que decidí dejar la casa de mis padres. Y me ha ido bastante bien.
Con mis progenitores mantengo la típica relación cordial basada en yo no opino de sus vidas y ellos se abstienen de hacerlo de la mía. Eso resuelve
muchos problemas familiares, ya que nos vemos en momentos obligatorios y punto. No hay llamadas preguntando si todo va bien o contando los
pormenores. Cómodo, aséptico.
De todas formas no me imagino yo a mis padres acompañándome. No sabrían qué hacer ni qué decir. Recurrirían a frases manidas y vacías de sentido y
me harían más agobiante la espera. No, definitivamente prefiero estar sola. Pasaré este trance como otros, a mi manera.
La enfermera sale de la consulta y llama a otro paciente. Otra vez van con retraso. Qué agobio, no sé por qué nos citan a una hora y después nos tienen
aquí, sentados en estas horripilantes sillas de plástico.
Ya que una extraña me ha dado un pañuelo, me limpio con él. Al apartarlo de mi cara veo los manchurrones negros. No debí haberme maquillado,
pienso, porque aparte de los ojos enrojecidos, además la cara hecha un cristo. Genial.
—Lo peor es la espera, ¿verdad? —me dice la mujer de enfrente. De nuevo intenta entablar conversación. Asiento por no hacerle un feo, pero no digo
nada—. Yo vengo a revisión, esta es la tercera —prosigue con una sonrisa triste.
¿Y qué le digo yo a esta buena mujer?
—Sí, lo peor —murmuro con desdén.
—Pero el doctor siempre nos dice que hay que tener actitud positiva. Yo lo intento, pero a veces se me hace muy cuesta arriba. Mire mi pelo… —Me
muestra un cabello oscuro, apagado, falto de hidratación—. Aún no se ha caído, pero pronto empezaré a perder mechones.
—Lo siento —comento.
Disimulo mi malestar, pues ni sé qué decir en estos casos ni tampoco quiero escucharla.
—El médico dice que tengo un cuarenta por ciento de probabilidades, pero no lo creo. —Niega con la cabeza—. Mi madre también tuvo cáncer y no
sobrevivió.
—No sé qué decir…
—Tranquila. No se apene. Hoy estoy más desanimada. Siempre me pasa cuando vengo a ver los resultados, en especial cuando presiento que van a ser
malos.
—La esperanza es lo último que se pierde —digo, recurriendo a un topicazo de manual, y ella se encoge de hombros.
—¿Sabe? A veces pienso que sería mucho mejor que en vez de cáncer me hubiera contagiado de sida.
Casi me da una lipotimia al oír pronunciar la palabra maldita. Queda más aséptico VIH; no suena tan dramático.
—Sí, no me mire así. Es cierto. Para los enfermos de sida hay medicamentos, tratamientos que hacen posible llevar una vida relativamente normal,
pero ¿para los enfermos de cáncer?
—No sabría decirle —añado porque me ha pillado fuera de juego, sus palabras son muy duras. ¿Cómo va a querer cambiar una cosa por la otra?
—Sé lo que está pensando. Todo el mundo reacciona igual cuando se lo digo. Pero si lo piensas con frialdad, los contagiados de sida viven, los de
cáncer… Bueno, pues no siempre.
—Puede ser. —Cada vez me siento más involucrada en la conversación, pese a mis intentos por no interesarme en ella. Pero es que, tal y como lo ha
planteado, tiene hasta sentido.
—La única parte mala es “el qué dirán”. En cuanto dices que eres seropositivo te miran raro, cuando resulta que si sigues la medicación puedes llevar
una vida normal.
—Nunca lo hubiera visto así…
—¿Señorita Durán? —Justo en ese instante, cuando parecía haber entablado una conversación medio decente, me llaman para pasar a la consulta.
—Que todo vaya bien —le digo, y hasta me sorprendo de lo sincera que he sonado.
—Gracias, muchas gracias.
Una vez dentro de la consulta, el doctor Medina me hace un gesto para que tome asiento. Por su cara no puedo saber si van a ser malas o buenas
noticias. Respiro profundamente.
—¿Cómo te va todo, Erika? —inquiere cordial, como mera costumbre con sus pacientes.
No quiero frases de cortesía, quiero la verdad. Me limito a sonreír, forzando un poco el gesto, y de esa manera el médico entiende que sobran las
palabras bonitas y que debe ir al grano.
—Preferiría no dar más vueltas e ir al meollo de la cuestión —asevero, y el médico se aclara la garganta. He sido impertinente, lo reconozco, pero la
desazón que tengo dentro y que me tiene sin apenas dormir, hace que me comporte de esta manera.
El doctor pide a la enfermera que le entregue el dosier donde están mis resultados. Me desespero porque, con toda la parsimonia del mundo, se pone a
repasarlos cuando en teoría ya debería saber qué demonios pone ahí.
—Erika… —el tono al pronunciar mi nombre no me gusta, suena a compasión—, vamos a ver el lado positivo de todo esto.
Me derrumbo allí mismo en la consulta, y la enfermera, que debe estar entrenada para estos casos, se acerca a mí y me toma de la mano. Dejo que lo
haga, a pesar de que solo es un gesto para que no me dé un ataque de histeria.
—El haber detectado a tiempo los anticuerpos supone una gran ventaja, pues de ese modo podemos comenzar el tratamiento de inmediato —prosigue
con su maldito tono condescendiente que me enerva sin remedio.
—Muy bien, gracias por todo —farfullo, poniéndome en pie y soltando mi mano de la enfermera.
—Espera, por favor, Erika —me pide paciente, y niego con la cabeza.
—¿A qué? ¿A que me cuente un cuento? —le espeto con rabia.
Quiero gritar, llorar o destrozar algo. Lo que sea para liberar todo el resentimiento que albergo en mi interior.
—No. Quiero que te serenes y atiendas a razones —afirma ahora con voz exigente—. Entiendo tu reacción, dadas las circunstancias, pero a partir de
ahora debes empezar a cambiar algunos hábitos y también a entender algunos aspectos de forma diferente.
—Genial —mascullo irónica porque hasta ahí ya había llegado yo sola.
—Lo primero es ver a un especialista, alguien con quien hablar de ello y que te ayude a entender y a razonar todo esto para evitar que la rabia tome el
control.
—¿Un psicólogo?
—No exactamente. Hay organizados grupos de ayuda en los que participan personas que se encuentran en la misma situación —me aclara.
Tuerzo el gesto. No me hace ninguna gracia ver a un psiquiatra.
—Muy bien. ¿Algo más? —pregunto tan impertinente como al principio.
—Sí, quiero que vuelvas a consulta en quince días. Repetiremos los análisis y entonces, según el resultado, comenzaremos el tratamiento.
—Muy bien. Gracias por todo —me despido, y mi estado de ofuscación no hace sino aumentar.
Salgo de la consulta y me pongo las gafas de sol. Llevo en la mano los papeles que me ha dado el médico y que me pesan como si fueran losas de piedra.
Me detengo un momento en la sala de espera; por una reacción tonta, quiero ver a la mujer con la que he hablado antes de entrar. No la veo por ningún
lado. Una pena, me hubiera gustado despedirme de ella y desearle buena suerte; algo que rara vez hago, pero que en este caso quisiera hacer con absoluta
sinceridad.
Me siento en las incómodas sillas de plástico y espero. Quizás tenga suerte y la vea. De todas formas no tengo otra cosa mejor que hacer. Pasan los
minutos; los pacientes van y vienen, pero ninguno me llama la atención. Como no tengo nada mejor que hacer, echo un vistazo a los documentos que me
ha dado. Aparte de la cita para la próxima consulta, veo los folletos sobre las reuniones. Hago una mueca; nunca me han parecido útiles. Eso de hablar
delante de desconocidos sobre asuntos tan personales me da reparo. Siempre me ha costado expresar mis sentimientos —Julio me acusaba
constantemente de ello—, sin embargo ahora creo que podría venirme bien.
—Ese maldito médico y sus consejos —refunfuño.
—¿Hablando sola?
Me quedo tiesa en el sitio al escuchar una voz masculina junto a mí. En primer lugar siento que he hecho el ridículo, pues a saber cuánto tiempo llevo
aquí haciendo el tonto y sin saber lo que he sido capaz de decir en voz alta.
Me giro, preparada para mandar a paseo a quien quiera que sea, y me encuentro con una cara que me resulta familiar. Un tipo de pelo claro me mira
con una media sonrisa amable en el rostro.
Sé que lo conozco de algo, pero no consigo recordar…
—Eso parece —termino farfullando mientras mi cabeza da vueltas a toda prisa intentando averiguar dónde lo he visto antes para no meter la pata.
—No pasa nada, es bueno para sincerarse con uno mismo. Yo también lo hago —me dice amable, y yo termino esbozando media sonrisa.
En mi vida normal, pocas veces, por no decir ninguna, me detengo a charlar con otras personas por el simple placer de entablar una conversación. Sí, en
mi trabajo, en el banco, sonrío, me intereso por quienes se sientan frente a mí y hasta me permito hacer algún comentario amable de índole personal. Sin
embargo, todo obedece a un interés tan simple como que el cliente se sienta a gusto, nada más.
Me doy cuenta de que, en lo que llevo de mañana, ya es la segunda vez que, en vez de buscar excusas para no ser molestada, como sacar mi móvil y
empezar a trastear con él, me siento inclinada a seguir hablando:
—No soy mucho de hablar —le confío, y sigo sin saber de qué lo conozco.
—¿Empezamos por presentarnos? —me sugiere, extendiendo la mano.
Ese gesto, que otras tantas veces me ha parecido de lo más normal, hace que me quede inmóvil. No soy la misma de hace una hora, porque ahora sé algo
que antes solo intuía. Me siento igualmente ridícula. ¿Qué pensará de mí?
—Lo siento, hoy no es mi mejor día —me disculpo y le estrecho la mano—. Erika Durán.
—Hans Strauss, encantado, Erika.
He de reconocer que el tipo se comporta. Habla con normalidad, relajado. Nada de intentar meter ficha como harían algunos, porque a pesar de estar yo
de bajón, no me pasa desapercibido que es un hombre atractivo.
—Lo mismo digo —murmuro, recuperando mi mano. Una estupidez, pero aunque sé que con el contacto solo se contagiaría un catarro y no el VIH, me
siento responsable de ello.
En ese instante me viene a la cabeza quién es, dónde lo conocí. Casualidades de la vida, siempre aparece en los días más críticos con la virtud de
serenarme, primero con su música y hoy con su conversación.
—Y bien, ¿qué te trae por aquí? —inquiere con respeto.
Me aclaro la garganta. Vaya pregunta. Hubiera preferido tener candidiasis vaginal.
—Una revisión —acierto a decir.
No he debido sonar muy convincente y además me ha fallado la voz. De nuevo siento esas ganas irrefrenables de echarme a llorar. Estoy hecha una
mierda. Debería salir pitando de aquí y esconderme en mi casa para derrumbarme a gusto. Sin testigos.
—Deduzco que no ha ido bien —murmura.
Vaya eufemismo, pienso. No hay que ser muy espabilado, pues estamos en la zona del hospital donde a buen seguro nunca dan noticias buenas. Por
aquí pasan cientos de personas y cada una con su desgracia a cuestas.
—No, no ha ido bien —le confirmo con un hilo de voz.
—Lo siento, de verdad.
Entonces me pregunto qué hace Hans aquí, pues no tiene aspecto de tipo enfermo. Todo lo contrario, y entonces llego a una conclusión evidente: ha
venido a acompañar a alguien.
Suerte que tiene.
—Gracias —digo, y me doy cuenta de que él ha visto (y leído) los folletos que sostengo en la mano, lo cual me provoca todo un sentimiento de
vergüenza.
Ya es tarde para esconderlos en mi bolso, sin embargo lo hago de forma furiosa mientras pienso en salir de allí escopetada, que es lo que debería haber
hecho; nada de dejarme llevar por sentimentalismos.
—No pasa nada —me dice Hans en voz baja y me coge de la mano.
¿Me está dando su apoyo, así, por las buenas?
¿No hay rechazo?
¿No se aparta?
¿No me mira con cara de lástima?
Qué extraño, pienso confundida por una actitud tan amable como desconcertante. Reconozco que, de haber sido al revés, mi reacción no hubiera sido
tan amable.
Hans, no contento con ello, agarra uno de los papeles que no he sido capaz de esconder a tiempo y lo despliega. Lo lee como si fuera la cartelera del
cine. Mi vergüenza va en aumento; mi vergüenza y malestar.
—Deberías ir —me aconseja, señalando el documento.
Lo noto inspirar profundamente. Parece afectado.
Niego con la cabeza.
—No, estas cosas no son para mí —comento en voz baja.
—Erika, estas cosas, como tú dices, no le gustan a nadie —alega en el mismo tono confidencial—. Sin embargo, te sorprenderías de lo bien que pueden
resultar, sobre todo a personas que… —hace una pausa, ¿por qué?, ¿para dejarme con la intriga? —, para personas que acaban de saberlo.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo has sabido que yo…? —Se me quiebra la voz. Soy incapaz de pronunciar en voz alta el nombre de esa maldita enfermedad a la que me han
arrastrado.
Hans hace un gesto hacia los papeles, aunque por como me estoy comportando, creo que llevo escrita en la frente la palabra “novata”.
—Supongo que solo he interpretado las pruebas —comenta disculpándose.
—Pareces saber mucho del tema —observo con cierta desconfianza.
—Disculpa si te he molestado —dice sin perder la paciencia, lo cual ya es un gran punto a su favor, pues yo, ante tanta impertinencia, ya hubiera
mandado a paseo al interfecto, por muy enfermo que estuviera.
Solo que la enferma soy yo, y la impertinente también. Y por mucho que jorobe reconocerlo, el que una persona esté a mi lado, comportándose con
absoluta normalidad, es de agradecer. Y yo, desde mi frustración, solo le he devuelto su interés con salidas de tono.
—Perdóname tú a mí. Estoy siendo de lo más maleducada —me disculpo, y he sido sincera.
De nuevo siento ganas de llorar o de romper algo. Y acabo derrumbándome, ahí, en esa estéril sala de espera, delante de un desconocido, porque
aunque sepa su nombre, sigue siendo un desconocido.
—Erika, llora cuanto quieras, ¿de acuerdo? —me dice, apretándome la mano.
Un contacto tibio, suave, que me ayuda.
—Gracias —farfullo en medio de una crisis de llanto como no recordaba.
Hans se levanta un instante y se acerca hasta los aseos para regresar con un buen trozo de papel higiénico y entregármelo. A falta de pañuelos, desde
luego se agradece el detalle. Vuelve a coger mi mano y a esperar a que yo me serene. Va a ser difícil.
No sé por qué demuestra tanta paciencia conmigo. No me conoce de nada. A ver si va a ser verdad la frase archiconocida de “siempre he confiado en la
amabilidad de los desconocidos”, porque eso es exactamente lo que me está ocurriendo a mí. A Erika Durán.
—¿Mejor? —inquiere cuando empiezo a controlarme.
Asiento y el niega con la cabeza.
—No mientas.
Como ya hemos perdido cualquier atisbo de dignidad, me sueno la nariz. Sé que se me habrá puesto roja como un pimiento y que mi maquillaje, el
cual ya era un desastre antes de entrar en la consulta, ahora ya no tiene arreglo.
—No miento —balbuceo, y Hans se ríe.
—Eres una pésima actriz —me dice en tono de broma y me arranca media sonrisa.
Nos quedamos en silencio. Por suerte, he dejado de llorar. Y durante un fugaz instante se me pasa por la cabeza que, a lo mejor —y es un condicional
muy grande— no es tan grave. Puedo vivir. Como ha dicho la mujer con la que he hablado antes de confirmar mis peores pesadillas, tengo una
oportunidad…
—Vaya…, parece que mejora el tiempo —declara afable.
—Eso espero —respondo asintiendo.
—Escucha… —baja el tono de voz, como si quisiera hacerme una confidencia antes de continuar—: yo voy a esas reuniones.
Me quedo ojiplática al comprender de repente lo que me está confiando. Debo haber puesto una cara…, porque esboza una sonrisa triste.
—No sé qué decir… —Y es bien cierto.
—Nada, no tienes que decir nada, Erika. Solo prometerme que te veré allí, en primera fila y sin una lágrima.
En ese instante suena un móvil. Me doy cuenta de que no es el mío. Hans se pone en pie y responde. Yo me quedo sentada. Sorprendida a no poder más.
Lo observo: él está de espaldas mientras conversa por teléfono. Parece normal.
Es normal, me dice mi lado racional.
Cuando acaba la llamada, se guarda el móvil y vuelve a sentarse a mi lado.
—Tengo que irme. —Saca una tarjeta de su cartera y me la da—. Cuando te apetezca, cuando quieras llorar…
—O escuchar buena música —añado asintiendo.
—Pásate por aquí, ¿lo harás?
—Sí —respondo, haciéndome a mí misma la promesa de acercarme.
Nos ponemos en pie y él me extiende la mano, yo la acepto. Sin titubeos, sin vacilaciones.
Se despide con la mano y una sonrisa amable. Yo murmuro un “gracias” mientras lo veo caminar hacia la salida.
Pongo bien la correa del bolso y pongo un pie delante de otro.
Abajo, en la calle, me está esperando mi chófer.
—¿Todo bien, señorita Durán? —me pregunta como siempre.
—Sí —miento—. Llévame a casa.
El trayecto es rápido, o al menos a mí me lo parece. La música que emite la emisora que mi chófer lleva puesta me distrae, pero no lo suficiente.
Necesito otra tanda de pañuelos porque de nuevo siento las ganas de llorar.
Por suerte, él está en todo y me pasa una caja de pañuelos.
—Señorita Durán, ¿está usted segura de que está bien?
Odio, ahora más que nunca, ese tono condescendiente. Hugo lleva trabajando para mí casi un año, y apenas hemos cruzado cuatro palabras, más allá de
lo necesario para indicarle una dirección o a qué hora quiero que me recoja.
Jamás ha habido confidencias personales.
Hugo es uno de esos hombres introvertidos, que sabe cuál es su sitio. Debe rondar los cuarenta. Se conserva bien porque la imagen lo es todo. Su
vestimenta siempre es impecable, de traje y corbata. No recuerdo haberlo visto jamás con otro atuendo.
Es parco en palabras, lo cual siempre he agradecido. No maldice ni suelta improperios cuando el tráfico es denso o complicado. No sobrepasa los límites
de velocidad. Procura poner emisoras de música suave, nada estridente para no molestarme. Jamás una de información general, por lo que desconozco sus
inclinaciones.
Tampoco sé si está casado o tiene novia. Cuando alguna vez he mantenido conversaciones de índole personal, se limita a bajar el volumen de la radio.
Ni se inmuta ni pregunta cuando me ve arrojar el móvil de malas maneras.
De ahí que, dado su comportamiento anterior, esté sorprendida y enojada a la vez porque nunca antes se había atrevido a tanto.
Detiene el coche junto a la acera, justo enfrente de mi portal. Se gira para mirarme y me siento peor aún. Nunca me ha visto en este estado. Ni cuando
ese indeseable de Julio me dejó plantada.
—No, como salta a la vista, no lo estoy —le suelto casi gritando, histérica, y me echo a llorar.
Otra maldita vez me vengo abajo.
Hugo se suelta el cinturón de seguridad y abre su puerta. Se baja del vehículo para sostenerme la mía y así apearme; la rutina habitual, pero no, no se
queda esperando a que yo me baje. Dejándome más patidifusa aún, se inclina hacia mí y suelta mi cinturón de seguridad. Se está tomando ciertas
libertades. Se está arriesgando a que lo mande a paseo. Me mira durante medio segundo, quizás esperando uno de mis enfados. Me gustaría gritarle que
se meta en sus asuntos. No soy capaz. Me entrega su pañuelo —algo que creía que ya los hombres no hacían— y me ayuda a bajar tirando de mí, sin pedir
permiso. Cierra el coche y, cogiéndome del brazo, me acerca hasta el portal.
Me arrastra como si yo, Erika Durán, llegara antes de la hora de comer, borracha perdida a casa. Mis tacones resuenan en la acera y, pese a que mi
paso es vacilante, consigue que lo siga sin caerme o sin soltarme para darle un bofetón.
El portero, que me ha visto llegar, nos facilita el paso y yo, como si fuera una muñeca de trapo, me dejo llevar. Parece que carezco de voluntad, pues de
igual modo, Hugo me arrebata el bolso para buscar las llaves de mi apartamento.
Nunca antes ha puesto un pie dentro. Y ahora lo hace, sin ser invitado.
Como si fuera el dueño y señor, lo observo moverse por la casa. A mí me ha dejado sentada en el sofá del salón. Un sofá que Julio y yo tardamos dos
semanas en escoger, ya que no nos poníamos de acuerdo con el color de la tapicería. Creo que en cuanto tenga fuerzas lo cambiaré.
Hugo regresa y se acuclilla a mis pies. Deja la ropa que ha traído —¿Ha rebuscado en mi armario?— y empieza a quitarme los zapatos de tacón.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le espeto, aunque me doy cuenta de que mi voz no suena tan altiva como hubiese sonado si yo estuviera en
condiciones normales.
—Erika, cállate —me suelta.
Abro los ojos como platos. Nunca, jamás de los jamases, se ha dirigido a mí en ese tono. Siempre se ha mostrado educado, incluso sumiso, como se
presupone que debe ser un chófer; de ahí que, aparte de dejarme clavada en el sitio, me haya sorprendido su tono dominante, de los que no admiten
réplica.
No solo se deshace de mis zapatos: me maneja como si fuera un títere, y no sé si es mi estado de ánimo o que me ha pillado en un momento vulnerable,
pero permito que me desvista hasta dejarme en ropa interior. Incluso se atreve a soltarme el recogido del pelo.
Debería enfadarme, echarle de casa y exigir que lo despidieran por su inexplicable atrevimiento, o quizás porque ni una sola vez me ha mirado como a
una mujer: me ha mirado como a una persona enferma.
Eso duele.
Me pone unos pantalones de chándal y una camiseta. Ropa cómoda. Después me hace una coleta hueca, nada tirante. Incluso observo con estupor cómo
extrae una toallita desmaquilladora y me limpia el rostro con eficacia. No salgo de mi asombro… No contento con todo esto, se dirige al equipo de audio
para encenderlo. Como si lo hiciera todos los días, busca una emisora de radio y deja puesta la música.
Así, sin darme una explicación, se marcha con la ropa usada, dejándome en el salón, sola y confundida a más no poder.
—Ni se te ocurra responder —me grita, sonando como una orden, cuando suena el tono de llamada de mi móvil.
No puede ordenarme eso, me digo, y como el bolso sigue a mi alcance, lo saco, pero cuando me dispongo a contestar, Hugo aparece y lo hace por mí.
—La señorita Durán no está disponible en todo el día —anuncia en tono seco.
Yo no salgo de mi asombro. Lo observo escuchar a quien quiera que sea, para rematar diciéndole adiós y que ya lo llamaré.
—Dámelo —le pido, señalando mi iPhone.
Estoy cansada, abatida y baja de moral, pero no tanto como para permitir que me aísle del mundo.
—No —sentencia, y lo apaga para después guardárselo en el bolsillo de su chaqueta y dejarme con la palabra en la boca.
—No puedo permitir algo así —musito parpadeando.
Porque es para alucinar. Hugo, mi chófer, el tipo más distante del mundo, se ha colado en mi casa, y si bien se agradece el detalle de asegurarse de que
haya llegado sana y salva, eso no le da derecho a inmiscuirse en mi vida y tomar decisiones por mí.
De acuerdo, mi estado anímico está bajo mínimos, pero de alguna manera consigo reaccionar y me levanto para ir en su busca. Ya que me he puesto en
pie, paso por el cuarto de baño. Tras hacer uso del váter, me lavo las manos y entonces me quedo mirando el reflejo de una mujer llorosa, con la piel
blanca y una expresión de tristeza muy difícil de pasar por alto.
De reojo veo todos mis productos de cosmética. Maquillajes, correctores, sombras de ojos, delineadores y cualquier otro producto de precios
desorbitados que siempre compro para estar perfecta, y resulta que ahora nada de eso me sirve.
Estoy tentada de meterlo todo en una bolsa y tirarlo a la basura, sin embargo de nuevo me echo a llorar. Vaya día de llanto que llevo. Lloro sola,
encerrada en mi cuarto de baño hasta que de nuevo me interrumpen.
—¿Es que no puedes quedarte quieta mientras preparo la comida?
Ese tono tan impertinente y tan similar al mío, me hace reaccionar.
—Pero ¿quién te has creído que eres? —le grito muy cerca del histerismo y, de un empujón, lo aparto para que me deje salir.
Me voy directa a la cocina y él me sigue.
—Un amigo, Erika —me responde malhumorado—. O un idiota, como prefieras.
Nos quedamos allí de pie en la cocina. No me pasa desapercibido que ha puesto la mesa, para dos, y que hay una sartén sobre la placa de inducción. Una
placa que yo jamás utilizo, pues para eso está mi asistenta o la comida a domicilio. Otra de las muchas cosas que Julio me recriminaba: mi incapacidad
para cocinar. De hecho fue él quien la contrató, cansado de comer precocinados o fuera de casa.
—¿Estás haciéndome la comida? —termino preguntando, porque de verdad que este hombre es una caja de sorpresas.
—Estoy intentando que te sientas mejor, Erika.
—¿Por qué?
—Porque llevas una semana de mierda, por eso —me responde, y vuelve a su puesto frente a la sartén.
—¿Y a ti qué más te da?
Hugo se limpia las manos en un paño de cocina y baja el fuego. Todavía puedo escuchar la música procedente del salón. Menos mal, odiaría que
siguiera mirándome en silencio como lo está haciendo ahora.
—Erika, ¿cuánto hace que nos conocemos?
—Poco más de un año —respondo, frunciendo el ceño.
—Pues si aún no te has dado cuenta…
Con esa ambigua respuesta vuelve a lo suyo. Lo veo empanar los filetes como si fuera un experto. Le doy vueltas a sus palabras.
—¿Qué significa eso? —inquiero cuando pasados unos minutos soy incapaz de ensamblar las piezas. O estoy muy espesa o sencillamente ese mensaje
es demasiado criptográfico para mí.
—Escucha, mientras estabas con ese imbécil de novio que tenías…
—Julio se llama el imbécil —añado, y Hugo hace una mueca.
—Muy bien. Cuando estabas con el imbécil de Julio, tuve que morderme la lengua viendo cómo día sí y día también te volvías una amargada,
insufrible, déspota, maleducada y sobre todo distante.
—Gracias —murmuro con ironía.
No ha ahorrado adjetivos.
—De nada —añade en el mismo tono—. Pero él te abandonó… Sí, no hace falta disimular.
—De acuerdo, me abandonó, ¿y? —acepto, pues es bien cierto y no vale la pena esconderlo. Además, él ha sido testigo de más de una discusión por
teléfono.
—Y yo pensé que era lo mejor que te podía pasar —afirma, y parece convencido—. Sin embargo, lejos de salir adelante, te has ido volviendo más
huraña, centrándote en tu trabajo y haciendo la vida imposible a quienes te rodean. Ni te imaginas cómo hablan de ti.
Eso me duele porque yo estaba convencida de que había sabido separar a la perfección mi vida personal de la profesional.
—No lo sabía…
—Pues lo es, créeme y no me hacía ni puta gracia oír cómo te deseaban lo peor o esos comentarios sobre ti.
—¿Qué comentarios?
—Mejor otro día te los cuento —me dice, torciendo el gesto—. El caso es que, para rematar la faena, hace una semana empiezas a llorar sin motivo. A
gritar más de lo normal a quien te llama o a ni siquiera dar los buenos días.
—Insisto, ¿y a ti quién te ha dado vela en este entierro?
Hugo niega con la cabeza y esboza una sonrisa triste.
—Para ser una mujer que presume de una inteligencia superior a la media…
Él se acerca, demasiado. No sé si es buena idea, pues con esa última declaración he montado el puzle, aunque me falta una sola pieza. Una.
Me toca. Acuna mi rostro y me mira a los ojos. A los mismos que lucen llorosos y ojerosos. Poco o nada atractivos y sin brillo.
Entonces se inclina y me besa. Despacio. Como si no se fiara de mi reacción, como si esperase un bofetón por atreverse a besarme.
Cierro los ojos. Hace mucho que nadie me trata con esa ternura.
—Erika… —musita.
Separo los labios para él, dejándole con todo el control.
Disfruto de la suavidad de sus labios y de su contacto, pues me ha rodeado con sus brazos. Huele bien y me siento, por una vez, a gusto. Hacía tanto,
tanto que no me sentía de este modo… Demasiado, la verdad. Alzo los brazos y le rodeo el cuello; de ese modo puedo notar su calor corporal y notarlo a él.
Casi ni me acordaba de lo que se experimenta cuando un hombre te abraza y te hace sentir deseada.
Hugo continúa besándome; ahora sus labios van dejando un sensible rastro por la piel de mi cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja para succionarlo
despacio.
Jadeo porque ese punto siempre ha sido determinante para mí, es una especie de interruptor que enciende mi libido. Hugo también gime y ese sonido
es un regalo para mis oídos, y todo mientras sus manos se mueven de manera magistral por mi retaguardia.
Él también respira cada vez de manera más acelerada y soy muy consciente de lo excitado que está. Mis manos, de repente, se han vuelto curiosas y no
dudan en recorrer su cuerpo. No soy capaz de explicar una reacción así, pues llevaba mucho tiempo en el dique seco y, lo que es peor, sin ganas de
abandonarlo.
Lo acaricio justo por encima del pantalón. Hugo gruñe, pero no es una protesta, todo lo contrario. Eso parece enardecerlo y me empuja hasta que choco
con la encimera. Eso me permite tener un buen punto de apoyo. Vuelve a besarme, en esta ocasión con mayor intensidad, casi como si estuviera
desesperado. Me acaricia por debajo de la camiseta y, sin demasiada vacilación, llega a mis pechos. Aparta furioso la copa del sujetador y me muerdo el
labio cuando atrapa un pezón y me lo pellizca.
Nunca imaginé que el callado, reservado e introvertido Hugo escondiera una personalidad tan agresiva. Me gusta que no vacile, que no haga tanteos,
que se deja de titubeos. Me gusta mucho y por supuesto me excita.
—Erika… —gime, mirándome un instante antes de levantarme la camiseta para sustituir las manos por sus labios.
Se inclina y, agarrándome con fuerza de la cintura para que no me mueva ni un milímetro, empieza a estimularme, atrapando entre los dientes mi
endurecido pezón. Mis manos van directas a su cabello. Enredo mis dedos en su pelo y tiro levemente de él. Es una forma de mantener el contacto con algo
tangible, aunque a medida que intensifica la succión, yo me tengo y me aferro con más fuerza. Parece ser que no le molesta, pues gime contra mi piel y
me parece un sonido de lo más erótico; va directo a mi temperatura interior, elevándola.
No se detiene ahí, sigue dejando un rastro húmedo por mi piel. Cae de rodillas ante mí. Cierro los ojos. Por favor, esto es un sueño húmedo hecho
realidad, igual de húmedo que mi sexo en estos momentos.
Percibo el roce del elástico de mis pantalones deslizándose por los muslos. Respiro, muy fuerte y me aferro al borde de la encimera porque acabaré
cayéndome de culo. Lo siguiente son mis bragas. Acaricia el borde, deposita un beso justo por encima de mi pubis y las aparta…
—¡No! —grito, dejándolo confuso.
No sé cómo he permitido que todo esto llegue tan lejos. Aún me queda una brizna de sentido común y, en medio de este aturdimiento sexual, producido
sin duda por la excitación y la falta regular de sexo, he estado a punto de follar con mi chófer.
—¿Qué pasa ahora? —inquiere molesto.
Hugo se incorpora y me mira a los ojos. Yo me subo la ropa e intento escabullirme. No puedo acostarme con un hombre, no al menos que quiera ser
una hija de puta y ocultarle la verdad.
—Déjame, por favor —ruego tensa.
—No, ni hablar, Erika. Me tienes harto con tus estupideces —prosigue, alzando la voz—. Todo iba bien y de repente me apartas, ¿por qué, maldita sea?
Trago saliva, ¿cómo se lo explico? La vergüenza no me permite hablar.
—Vete.
—No.
Cuando intento salir de la cocina, Hugo me lo impide; no es brusco, pero sí enérgico. Me obliga a alzar la barbilla y mirarlo. De nuevo siento ganas de
echarme a llorar. No quiero compasión.
—Fuera de mi casa.
—He dicho que no. O me dices qué demonios te ocurre o nos pasamos aquí las horas hasta que te decidas a hablar.
—¿Es una amenaza? —pregunto achicando los ojos, los mismos que me escuecen debido a las lágrimas.
—Tómatelo como te venga en gana —replica chulesco.
Eso me enerva. Mucho, porque no es de su incumbencia. Sin embargo me mira con tal determinación…
Lo empujo y consigo salir de la cocina. Cojo mi bolso y saco los papeles del médico. Hugo me ha seguido, y cuando me enfrento a él, le tiro los
documentos y él los agarra. Su cara de sorpresa dice a las claras que o bien estoy loca o bien estoy muy cerca de perder la cordura.
—¿Qué es esto? —pregunta mostrándomelos.
Lo dejo sin respuesta y me siento en el sofá. Definitivamente lo voy a cambiar.
Hugo empieza a leer. Intento no mirarlo, pero me es imposible. Su expresión no deja entrever nada. Cuando termina, los deja ordenados en la mesita
de centro y se sienta junto a mí.
Me mira. Me coge de la mano para tirar de mí y así poder besarme.
Serenata
A lber t Sensada
—Mami, ¿se queda tita Nina a comer con nosotros? —soltó con excitación incontenida la pequeña Ana mientras clavaba sus brillantes ojos verdes, ora
en su madre ora en su tía.
—Hoy no puedo, cariño —se apresuró a contestar Nina—. Hoy tengo ensayo y tengo poco tiempo, pero el sábado vendré a comer y luego pasaremos la
tarde juntas, ¿vale?
Ana frunció el ceño y torció los labios hacia abajo en un último intento de persuadir a su tía, balanceándose mientras escondía las manos detrás. A
Nina le costaba no caer en las monerías de esta niña de seis años que aún ahora era su viva imagen: un pelo negro y fino que contrastaba con esas dos
estrellas de color claro esmeralda que tenían ambas por ojos.
—Cielo, tita Nina hoy no puede. Dale un beso muy grande que se tiene que ir —se apresuró a decir Eli para rescatar a su hermana de los pucheros.
La pequeña se fundió en un abrazo tan grande como sus brazos abarcaban y le dio un beso a Nina en la mejilla.
—¿Me enseñarás a tocar la flauta? —dijo mientras sus ojos se posaban en el estuche negro que Nina acababa de coger.
—¿Te gustaría tocar conmigo una canción? ¿Las dos juntas?
—¡¡Sí!! —exclamó Ana al mismo tiempo que sus ojos brillaban, embargada por la emoción.
—Pues este sábado tocaremos juntas una canción, mami también, ¡ya verás qué divertido! —dijo, mirando divertida a una sorprendida Eli.
—Hermanita, todo el talento musical lo heredaste tú; mejor yo os escucho —se apresuró a responder Eli.
—Eso ya lo veremos —sentenció Nina mientras se despedía con sonoros besos.
*****
Nina salió a la calle y giró a la izquierda hacia el gran bulevar que rodeaba la nuez central de la ciudad. El conservatorio estaba a quince minutos
andando desde casa de Eli, así que los días de ensayo aprovechaba para disfrutar de ella y su sobrina, su pequeña y gigante familia.
Era todo lo que tenía por familia. Sus padres se fueron demasiado pronto, dejándolas la una con la otra al poco de cumplir ella los veinte años. Pobre
Eli, con dieciséis… Se dejó llevar por el dolor y la desesperanza. Quién podría imaginarse entonces todo lo que vendría, cuántas heridas por curar, cuántas
lágrimas derramadas durante años. Pero la pequeña Ana llegó, un ángel en la tierra que hacía que todo el infortunio y sufrimiento se esfumara. Y Eli se
reencontró, volvió a quererse.
Perdida en sus pensamientos, Nina regresó a la realidad cuando se encontró el bulevar cortado; se había olvidado de las obras que habían empezado
justo aquella semana. Bueno, en cualquier caso había salido con tiempo suficiente. Tras consultar los carteles amarillos siguió la ruta propuesta que la
llevaría hacia el otro lado del bulevar.
—Sin problemas —se dijo a sí misma tras leer el epitafio de “disculpen las molestias ocasionadas”. A duras penas serían cinco minutos más.
Se dio cuenta de que nunca había pasado por esta otra calle, y eso que le gustaba explorar lugares nuevos, pero no solía cambiar habitualmente una
ruta que ya le iba bien. Le gustaba ser práctica. Aunque, quizá, en este caso se había estado perdiendo algo bueno: a medida que seguía por la calle se
percató de que los balcones mostraban orgullosos mucho más color que en las calles aledañas por las que solía pasar para ir a sus ensayos. El aire de la
tarde se había levantado y acariciaba las mejillas de Nina, impregnado de un jazmín que embriagaba. Definitivamente esto era mucho más pintoresco y
acogedor que el camino que solía recorrer en los días de ensayo.
Y en ese momento se dio cuenta de la música, acordes de una guitarra que eran arrastrados por la brisa hasta ahí. Era imposible, ¡no podía ser cierto!
¿Se habría emborrachado su mente con los aromas de la calle?
Siguió andando con paso más apresurado, pasando por delante de escaparates de estilo art

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