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Libro PDF Vivir Adrede – Mario Benedetti

Vivir Adrede - Mario Benedetti

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que nos cuesta averiguar si hay seres vivientes (Adanes y
Evas, serpientes o gorilas, árboles o praderas) en planetas
de roca o quién sabe de qué, en tanto que en este planetito
con vida miles de niños mueren de hambre civilizada.
Los sentimientos se deslizan, a veces se refugian en
guaridas de amor, pero cuando emergen al aire preso o libre,
dan el color del mundo, no del universo inalcanzable sino
del mundo chico, el contorno privado en que nos
revolvemos. Gracias a ellos, a los sentimientos, tomamos
conciencia de que no somos otros, sino nosotros mismos.
Los sentimientos nos otorgan nombre, y con ese nombre
somos lo que somos.
.
2. El miedo
No se juega con el miedo porque el miedo puede ser un
arma de defensa propia, una forma inocente o culpable de
coraje. El miedo nos abre los ojos y nos cierra los puños y
nos mete en el riesgo desaprensivamente. Andamos por el
mundo con el miedo a cuestas como si fuera un pudor
obligatorio o en su defecto una variante del fracaso. Tal vez
sea el mandamiento o quizás el manda- miedos de alguna
desconocida ley, de un dios cualquiera. Por las dudas, una
buena fórmula contra el miedo puede ser la que dejó escrita
el bueno de Pessoa: «Espera lo mejor y prepárate para lo
peor». .
3. Escépticos y optimistas
Los escépticos y los optimistas se miran siempre de
reojo.
Son desconfiados de nacimiento.
Los escépticos se burlan de los demás y de sí mismos.
Se aburren de creer y no echan de menos las ausencias.
Los optimistas vencen al tedio y a la fiebre. Aprenden
del ayer y no lo borran. Conocen y reconocen que vendrá
algo mejor y desde ya preparan la bienvenida.
Los escépticos van y vienen sin nada. Y lo que es peor,
sin nadie. Abrazan al pesimismo como único consuelo.
Inventan una tristeza sin lágrimas, dura como una mueca.
Los optimistas se entienden con el río y con el cielo que
lleva en su corriente. Saben que allí navega la tutela más
leal, más respetable, y asumen el alma como agua.
Los escépticos son apenas mendigos, y el tiempo que
transcurre les deja su limosna. No logran escapar del viejo
laberinto y reciben mensajes que son indescifrables.
Los optimistas en cambio guardan a menudo algo de
gloria, que no es siempre la de hoy ni la de antes. Hacen un
nudo con las certidumbres y llenan su bolsillo de poesía.
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4. Vaivenes
Cada existencia tiene sus vaivenes, que es como decir
sus pormenores. El tiempo es como el viento, empuja y
genera cambios. De pronto nos sentimos prisioneros de una
circunstancia que no buscamos sino que nos buscó. Y para
liberarnos de esa gayola es imprescindible pensar y sentir
hacia adentro, con una suerte de taladro llamado meditación.
De pormenor en pormenor vamos descubriendo el exterior y
la intimidad, digamos el milímetro de universo que nos tocó
en suerte. Y sólo entonces, cuando encontramos al muchacho
o al vejestorio que lleva nuestro nombre, sólo entonces los
pormenores suelen convertirse. en pormayores.
5. Artilugios
Hay un modo mecánico de entender la vida, un estilo
sin escándalos ni hurras, sin el desabrigo de las tinieblas ni
el acompañamiento de las melodías. No sirve ser
vagabundo, ni gozar con las primicias de la soledad, tal vez
porque el cuerpo se vuelve un artefacto y no importan
vergüenzas ni utopías. Cada jornada reclama su accesorio,
cada crepúsculo es un artilugio, cada relámpago una chispa
suelta. En el modo mecánico de entender la vida, hay que
adquirir una garlopa sin perdón, una sierra de angustia, un
buril de rabieta. Ah, pero cuidado con desanimarnos si algún
tonto nos dice que nos falta un .tornillo.
6. Digitales
Llevamos nuestro nombre en la cédula de identidad y
otros documentos, pero es bien sabido que todos pueden ser
falsificados. La verdad es que el nombre verdadero,
insustituible, único, lo llevamos en los dedos, en particular
en los pulgares. Cuando cometemos un presunto delito o
queremos huir del poder omnímodo o dictatorial, nuestras
huellas digitales son las que nos traicionan, las que permiten
que nos identifiquen, las que nos llevan al encierro y a veces
a la tortura. ¡Cómo quisiéramos tomarles las huellas a los
que manejan la picana o nos revientan los huevos! La toma
de las huellas (las dactilares, no las de las pisadas) debería
ser una clave de ida y vuelta, no sólo un intercambio para la
injusticia sino también una fluctuación de la justicia. La
historia misma se llenó de esas huellas reveladoras, pero
sólo sirvieron hasta que los dedos se volvieron huesos. En
las exequias y otros lutos, los muertos se mueren otra vez
pero de risa, sólo porque comparan los huesos con los
huesos, y con humor proclaman que son todos iguales. Es el
socialismo de los esqueletos.
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7. Fotografías
Las fotografías del antaño lejano y del antaño cercano
nos miran y no se cansan de mirarnos, siempre con la misma
pregunta: «¿Y qué pasó después?». A veces les respondemos
pero la respuesta no les llega. Están aislados, inmóviles,
sordos los pobres. Hay fotos que nos dejan amor, afectos,
lealtades, simpatía, y no las podemos olvidar. Otras que nos
dejan odios, enconos, fobias, desdenes; tampoco las
podemos olvidar. A las primeras las encuadramos; a las
segundas, las archivamos con otros desperdicios.
Hay poses de familia que son una síntesis de tiempo,
pero también hay instantáneas que son apenas el pellizco de
un pasado minúsculo. También nosotros, móviles y vivientes,
vamos de a poco metiéndonos en fotos, y en ellas (por ahora)
nos miramos a nosotros mismos. Pero los habitantes del
2008 o el 2009 mirarán nuestros rostros fotografiados y
desde ellos les preguntaremos: «¿Qué pasó después?». Qué
cosa, ¿no?
.
8. Utopías
Lo imposible es una burla de los dioses. Fue por eso
que éstos desaparecieron. No fueron capaces de nadar en ese
río, nadar en la nada. Todos venimos al mundo con la
obsesión de un imposible. Y cuando tomamos conciencia de
que el imposible es eso: un imposible, ya es tarde para
refugiarnos en la sensatez.
Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de
lo prohibido. Algunos lo llaman utopía, pero la utopía es
más seductora. No tiene puertas cerradas como lo imposible.
No nos desprecia como lo prohibido. La utopía tiene la
gracia de los mitos, la maravilla de las quimeras. Si tenemos
ánimo, paciencia y un poco de ilusión, podemos navegar en
la barcaza de la utopía, pero no en el acorazado de lo
imposible.
Lo prohibido es un desafío que casi siempre nos
derrota. La única posibilidad de vencerlo es llevarle la
contra a los pontífices, que siempre han sido los jefes de lo
prohibido. También lo son los dictadores, pero los pontífices
al menos no torturan.
A veces lo imposible lo llevamos en el ánimo, y éste no
es capaz de dar el salto sobre lo prohibido. Y si como
excepción alguien se anima a dar el salto, se encontrará con
que lo prohibido es un abismo. Y entonces chau
.
9. Sobre sencillez
La sencillez es una de las virtudes más complicadas de
este viejo mundo. Cuando uno es sencillo (en su habla, en
sus actos, incluso en su poesía) corre el incómodo riesgo de
ser tomado por tonto, por babieca. Hay críticos, por
ejemplo, que son propensos a elogiar solamente a aquellos
poetas misteriosos, cuyas obras son comprendidas por muy
pocos. Esos mismos críticos tampoco los entienden, claro,
pero tienen cierta habilidad para cabalgar por fuera del
misterio, haciendo de su ignorancia una forma inédita de
discreción.
Si uno lee a Baldomero Fernández Moreno o a Antonio
Machado, y capta la sabiduría de su sencillez, quisiera salir
a abrazarlos, como si aún estuvieran ahí, con su pluma en
ristre. Cómo enseñan, cómo abren sin prejuicios las puertas
de su vida y nos regalan las llaves para que abramos la
nuestra.
Todo mandante, ya sea el mandamás como el
mandamenos, se afana (sobre todo cuando afana) en no ser
sencillo. La dificultad es su muro de contención, su bastión,
su blindaje. En la sencillez, los hombres y mujeres se
amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en
cambio, se ven con desconfianza y con rencores. Cómo no
tener en cuenta que la muerte es la cumbre de la sencillez
.
10. Pérdidas
El pasado es una colección de silencios, pero hay
partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo,
albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese
horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se
expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán en
uno que otro vuelo.
Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los
latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el
insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también
un par o dos de labios que probaron el sabor de los míos, y
que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.
Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada en
mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es apenas
un cielo raso azul.
Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío. Y
el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.
.
11. Antorchas
Los años corren, simulan que se detienen y vuelven a
correr, pero siempre hay alguien que en medio de la oscura
perspectiva alza una antorcha que nos obliga a ver el lado
íntimo de las horas. Esa tea reveladora sabe apreciar la
belleza de lo feo, el pudor de lo impúdico, la ausencia de
algún dios, el edén de los lagos.
La antorcha puede ser una idea, pero también una
primicia. Una palabra, pero también una tregua, una quietud.
Su llama nos llama sin poner condiciones. Con ella nos
acercamos a los árboles desnudos, iluminamos a los
pelícanos acuáticos, con su lomo bermejo y sus patas
palmeadas, y también a las palomas mensajeras, que hacen
un alto en lo más alto de las abadías.
La antorcha alumbra sin remordimientos, porque es
pura, está sola y es la disculpa del invierno. También es el
estupor de los niños: los fascina y persuade más que la
chispa eléctrica. Todos tenemos una antorcha propia, y cada
una es distinta de las otras. Con ella se puede llegar al río,
aun después del crepúsculo.
La antorcha sólo tiene un enemigo, y es la lluvia del
cielo.
.
12. Todas son mías
Yo soy un ganapán de las ciudades. Con sus glorias y
sus congojas, las calles me reciben sin ninguna exigencia.
Me ofrecen sus esquinas, sus ventanas, sus puertas. Piso las
baldosas y los adoquines y reconozco un aire de familia.
Recuerdo que bajo la ducha de un noveno piso de un hotel de
Copenhague distinguí los tejados y los faroles y una plaza
que me recordó otra de Helsinki. Todas son mías. Está la
calle de Milán que me transportó a Buenos Aires, digamos a
Rivadavia y Talcahuano. Todas son mías.
A veces repaso el campo pero de lejos, y echo de
menos las torres, los templos, las estatuas. Entonces me doy
vuelta y la ciudad me recibe como a uno de los suyos. No
importa si es Praga o Ámsterdam o Barcelona. Todas son
mías. Camino despacito, reconociendo lo desconocido y
juego con los rostros, que por supuesto son ciudadanos. El
intercambio es recíproco y yo recibo y doy.
Estas paredes no son las mismas que las de allá, pero
las toco como si lo fueran. Hay una evocación alucinada de
algo que me pertenece y sin embargo no es mío. Calles y más
calles. Esto es ciudad, y punto. Avenidas y arterias que
vienen del pasado y quién sabe hasta dónde llegarán.
Distritos o parroquias, suburbios o arrabales, las ciudades
intercambian su norte y hasta esconden el sur.
A ésta le presto un color de aquélla y me fabrico un
.
éxtasis primario, tan sencillo como el que hace décadas
nació en mi esquina. Fui niño capitalino, comunal, y ahora,
gracias al mar y al viento, al vino y a la suerte, soy apenas un
viejo, claro que más sonante que contante, pero eso sí,
siempre de ciudad.
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13. Ecos y ecos
Los ecos de ayer y de anteayer quedaron solos, sin los
sonidos opacos y las voces abiertas, luego amortajadas, que
los colocaron en el aire limpio. Sobreviven al pasado, son
copias fidedignas pero sirven de poco, porque no palpitan,
no son continuaciones sino trazos lineales de tiempo,
imitaciones de lo inimitable porque su sentido real, único,
original, quedó allá lejos, en el silencio del olvido.
A partir de los ecos suelen hacerse pronósticos, casi
siempre falsos. ¿Por qué? Porque proponen una dicha
mentirosa o la convalecencia de una soledad que no era tal.
Los ecos nos siguen o más bien nos persiguen, pero su
compañía, aunque sea clamorosa, nos sirve de poco. Es
como una jubilación de la pobreza.
Con ellos vamos, un poco desolados, porque ansiamos
verdades y no reflejos, hechos y no desechos. Nada podemos
reclamarles porque son presencias fantasmales, espejos de
lo que oyeron y ya no está, parodias de la muerte. Yo dejo
que suenen y resuenen. Allá ellos. Yo prefiero entenderme
con mis voces.
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14. Tengo lo que tengo
Tengo lo que tengo y nada más, pero no me quejo. Mis
manos, ya habituadas a asir lo mío, no son víctimas ni
victimarias. Se cierran lentamente y advierto los puños en
que se han convertido. No agreden, no golpean, pero por las
dudas se abren de nuevo, porque en última instancia tienen la
vocación de acariciar y ése es su oficio primordial.
Infortunadamente, no tienen a su alcance pezones celestiales.
Las manos lloran tímidos sudores y me conmueven con sus
diez dedos de nostalgia.
Tengo lo que tengo y nada más. Oscilo entre la
consolación y el desconsuelo. Me arden las sienes pero no
es jaqueca, sino la búsqueda sobria de un precario
equilibrio. Asimismo busco remordimientos más o menos
cercanos, y no encuentro ninguno.
Digamos que mis pasos no son firmes. Tendría que
probar con pies descalzos, para no engañarme con tacos y
con suelas.
Tengo lo que tengo o más bien lo que tuve. En mi alma
hay un pozo y en mi sangre hay un náufrago. Mis
pensamientos quieren por unanimidad llevarme al sacrificio,
pero mis sentimientos pagan el rescate y me evado con ellos.
De nuevo tengo lo que tengo (vaya, la verdad es que me
siento otro) pero por fin estoy más seguro y más lejos.
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15. Sobre suicidas
Quienes venimos a este mundo somos irremediables
suicidas, pero no todos de la misma calaña. El suicida
inevitable es el que se sabe condenado a morir, ya sea de un
infarto, un cáncer o un accidente en carretera. El suicida
vocacional, en cambio, es el que se pega un tiro en la
cabeza. Esta última condición es sólo humana, ya que es muy
raro ver a un orangután o a una leona, a un elefante o un
buitre, que decidan clavarse una reja puntiaguda.
La salvación del suicida inevitable sería por supuesto
la eternidad, pero en los últimos siglos esa posibilidad ha
entrado en desuso. En cuanto al suicida vocacional, la
salvación es más difícil. Habría que suprimir a nivel
mundial todas las armas, incluidos tanques y misiles, pero en
plena globalización eso es imposible. Además, al suicida
siempre le quedará el recurso de tirarse bajo las ruedas de
un camión o arrojarse a una catarata sin saber nadar.
Por otra parte, ál suicida vocacional le está vedado el
desvarío religioso, o sea que si se borra espontáneamente de
esta tierra no podrá ingresar ni al paraíso ni al purgatorio,
sino que descenderá directamente al infierno.
Si existiera una democracia a nivel universal, sin
globalización que la limite, los suicidas (siempre que
constituyeran un frente único entre inevitables y
vocacionales) podrían llegar a ser los dueños del mundo.
.
Qué problema para las Iglesias.
.
16. Monologando
El monólogo puede ocurrir en campos varios: en el
sueño, en el insomnio, en la vigilia. Casi siempre es un
intento de encontrarse, de hablar consigo mismo, con los
ojos abiertos o cerrados, con los labios inmóviles o
mordiendo un proyecto de palabra. Transcurre a veces por
un laberinto y se pierde en insólitos desvíos.
El monólogo es más caótico cuanto más se sale del
instante, especialmente cuando se infiltra en el pasado
buscando raíces, motivos, semillas de una angustia. Trepa
por el muro de la soledad y no convoca a nadie, porque si lo
hiciera sería apenas un diálogo. Los cataclismos espirituales
vibran, pretenden empujarnos al abismo de los fracasos. El
monólogo abre entonces los grifos de la duda, oscila entre la
dicha y la penuria y querría consultar al versado corazón.
Pero no le está permitido.
Monologamos desde que nacemos, pero en ciertos
deliberados intervalos guardamos el soliloquio en el cofre
de la fantasía y lo cerramos con candado.
En el monólogo hay árboles, hay pájaros, pezones
tañidos como campanas, arrimos a la intuición, hallazgos de
la conciencia.
Sin ir más lejos, monologamos para saber, de entre
todas las mujeres del entorno, cuál será por fin la que
amaremos, y cuándo y dónde nos encontraremos con el
.
monólogo de su cuerpo a la espera.
.
17. Posdatas
El diccionario define la posdata como «aquello que se
añade a una carta ya concluida

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