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Libro PDF Vivir mejor con menos Albert Cañigueral

Vivir mejor con menos - Albert Cañigueral

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ello, iba acumulando un montón de cosas. El
resultado era que mover «los armarios de mi
pasado» a un nuevo hogar resultaba cada vez más
complicado.
Lo cierto es que no le di mayor importancia a
la anécdota y seguí con mi vida, trabajando desde
casa para una pequeña multinacional dedicada al
sector de la televisión digital. Al cabo de casi
cinco años llegó la oportunidad de ser trasladado
a la oficina de Taipéi, capital de Taiwán, y tras
algunas dudas iniciales decidí, junto con Anna,
aceptar la propuesta e irnos para allá.
¡De nuevo otra mudanza! Tuvimos que
desmontar los muebles y poner en cajas todas
nuestras posesiones. Aquel montón de bultos
acabó distribuido en tres casas distintas de varios
familiares que amablemente nos cedieron algo de
espacio. Si no lo habéis hecho nunca, os garantizo
que es una sensación extraña almacenar en un sitio
todo aquello que has estado usando casi a diario
durante los últimos años, sabiendo que a nadie le
va a servir para nada.
Con solo un par de maletas cada uno volamos
a Taiwán a finales de 2009, sin ser ni remotamente
conscientes de que la experiencia de vivir allí
cambiaría nuestra manera de pensar.
Visto ahora, pasados unos años, he descubierto
que en tu entorno habitual resulta casi imposible
frenar y reflexionar sobre el modo en el que vives.
Como si fueras un hámster, vas haciendo, y la
inercia del día a día te lleva a permanecer en la
rueda autoimpuesta, corriendo siempre dentro de
ella, porque es justo lo que la sociedad a la que
perteneces espera que hagas. La ruta está trazada y
solo hay que seguirla: estudios, trabajo, coche,
pareja, casa, niños, etc. Si «lo haces bien», una
vida tranquila y feliz está casi garantizada.
En Taipéi, al vivir en una cultura muy
diferente, se me presentó la oportunidad de frenar
y bajar de la rueda. Pude observar otra sociedad y
otra cultura, con calma y desde fuera. Los
taiwaneses dedican mucho tiempo y esfuerzo a
obtener dinero para comprar y acumular cosas, que
realmente no necesitan, en sus diminutas casas. Por
el contrario, cada vez dedican menos tiempo y
espacio a la familia, a los amigos e incluso a ellos
mismos. Los lazos económicos se han separado
cada vez más de los lazos sociales, y esto ha
generado tensiones evidentes que todo el mundo
asume como inevitables. Resulta siempre más fácil
criticar a otras culturas que a la propia, pero lo
cierto es que los españoles y la gran mayoría de
pueblos de todo el mundo hacemos exactamente lo
mismo que los taiwaneses.
Especialmente durante la segunda mitad del
siglo XX hemos sido sociedades hiperconsumistas,
acumuladores sin sentido ni límite. La percepción
social del individuo se generaba en base a sus
posesiones materiales y a menudo por
comparación directa con los vecinos y amigos. A
cualquiera que se atreviera a cuestionar estos
«principios» básicos se le cataloga, como mínimo,
de hippy.
Siguiendo estos «principios» se producen
situaciones que solo se pueden calificar de
absurdas. Para empezar, muchísima gente paga un
alquiler mensual por uno o varios trasteros en
sitios remotos, donde almacena las posesiones que
ya no le caben en casa. Se empieza alquilando por
un mes, pero en realidad es muy probable que esas
personas nunca más vayan a usar nada de todo
aquello. También entra en la categoría de lo
absurdo la gente que pierde la vida por defender
sus posesiones o que se suicida por no ser capaz
de hacer frente a sus deudas. ¿Qué significa
realmente «poseer» algo o estar «en deuda» por un
préstamo? ¿Tiene sentido morir por ello?
Volviendo al hilo de la vida en Taiwán,
después de casi dos años en la isla, decidimos que
era el momento de regresar a Barcelona. Gracias a
los ahorros acumulados, obtenidos en gran parte
por el hecho de comprar de manera muy selectiva
durante este tiempo, nos pudimos permitir el gran
lujo de cumplir un sueño: regresamos a casa
viajando siete meses por el mundo.
En la mañana del 3 de octubre de 2011 nos
convertimos en viajeros, como el de la historia
que abre el capítulo, pensando en todo momento en
que «solo estoy aquí de paso». Tener esta idea en
la cabeza te hace actuar de manera muy diferente.
Preparar la mochila para un viaje de siete
meses es otra experiencia muy recomendable.
Durante ese tiempo nuestras posesiones se
limitaron a la ropa y los objetos que cabían en dos
mochilas «grandes», de 12 y 15 kilos, y en dos
mochilas pequeñas para el día a día.
Esos meses fueron sin duda de los más
intensos e interesantes de mi vida. Pude extraer
dos conclusiones, muy básicas pero a la vez
interesantes:
a. «El acceso a las cosas es mejor que la
posesión de las mismas». Para movernos durante
el viaje usamos todo tipo de transporte público y
alquilamos motos/coches/furgonetas según los
necesitábamos. Para alimentarnos cocinamos
usando los utensilios disponibles en la infinidad
de casas y hostales por los que pasamos. Cuando
la actividad lo requería, alquilamos ropa especial,
mientras que las guías de viaje eran regaladas,
intercambiadas o compradas de segunda mano, etc.
No ser propietarios de aquello que usábamos no
supuso ningún problema, sino al contrario, y
encontrarse con otros viajeros en la misma
situación generaba un sentimiento de camaradería
un tanto especial.
b. «Las cosas más importantes de esta vida no
son cosas». Es evidente que no tiene sentido
«invertir» dinero en souvenirs si te quedan cinco
meses de viaje por delante. Por el contrario
«invertir» en las relaciones sociales y las
experiencias vitales tenía todo el sentido del
mundo. La «inversión» en cultivar estas relaciones
sociales nos facilitó ser alojados en casa de
amigos (o amigos de amigos, o amigos de gente
que conocimos por el camino). Además del ahorro
económico que ello supuso, también nos permitió
conocer las culturas locales de una manera muy
directa. El tiempo que dedicamos a estar y hablar
con la gente local y con otros viajeros nos
enriqueció de una manera difícilmente explicable
en palabras y totalmente imposible de «calcular»
en dinero.
¡Ojo! ¡No estoy defendiendo que vivamos
durante toda la vida con lo que cabe en una
mochila! Hay que entender que el viaje fue una
situación extrema, que duró algunos meses y me
permitió reflexionar a fondo acerca de la
acumulación de bienes y el hiperconsumo que se
considera «lo normal».
¿Qué otras maneras de vivir existen en el siglo
XXI que me parezcan interesantes? ¿Cómo quiero
vivir yo?
Lo pequeño es hermoso: la
economía como si la gente
importara
Evidentemente yo no he sido ni mucho menos el
primero en entrar a reflexionar sobre los peligros
y problemas del hiperconsumo. Prueba de ello es
que al poco de regresar a Barcelona cayó en mis
manos un libro llamado Lo pequeño es hermoso,
escrito en 1973. El autor, E. F. Schumacher, ya
advertía acerca de los riesgos de una sociedad
distorsionada por el culto al crecimiento
desmedido y a la acumulación de bienes
materiales. Sus palabras resuenan con una fuerza
inusitada al cabo de más cuarenta años:
«El desarrollo de la producción y la
adquisición de riqueza personal son los fines
supremos del mundo moderno».
«No hay virtud en maximizar el consumo,
necesitamos maximizar la satisfacción».
«Los economistas ignoran sistemáticamente la
dependencia del hombre del mundo natural».
«Cualquier cosa que se descubra que es un
impedimento al crecimiento económico es
una cosa vergonzosa, y si la gente se aferra a
ella se le tilda de saboteadora o estúpida».
El autor ya apuntaba lo miope que resulta
medir el progreso de un país en función de su
producto interior bruto (PIB), un indicador que
pone todo su foco en calcular el incremento de la
producción y la compraventa de bienes y
servicios, a la vez que ignora de manera
sistemática el bienestar real de los ciudadanos. El
gran problema es que luego usamos el PIB para el
desarrollo de las leyes y las políticas económicas.
Recientemente hay quien incluso ha defendido que
la crisis económica en la que estamos inmersos ha
sido una «crisis de medida», porque hemos puesto
toda nuestra atención en el PIB y nos hemos
olvidado de las cosas realmente importantes.
En nuestra sociedad tendemos a evaluar la
bondad de casi cualquier actividad humana,
únicamente en función de parámetros económicos.
Simplificando mucho: si gano dinero, es bueno; si
pierdo dinero o si podría ganar dinero y no lo
gano, debería replantearme la manera de hacer las
cosas. Debido a esta manera de evaluar las
actividades tiene todo el sentido económico
destrozar la selva amazónica para obtener
minerales o practicar agricultura intensiva.
El capitalismo hiperconsumista
como fuente de desigualdades
Debido a que argumentos como los que acabo de
describir fueron básicamente ignorados, se terminó
imponiendo el capitalismo hiperconsumista
salvaje que nos ha llevado a un crecimiento
suicida y que ha venido provocando crisis tras
crisis.
Una de las características más visibles de este
capitalismo, en su voracidad de consumo
creciente, es que no soporta que un producto sea
usado por más de un individuo. Mejor que cada
uno tenga el suyo propio. Mejor que esté guardado
en un almacén a que otro lo utilice. Pero lo mejor,
lo mejor de todo, es que una persona compre un
artículo y no lo vuelva a usar jamás. Que lo tire.
Que haga crecer las bolas de basura que este
planeta no sabe cómo digerir, y que compre uno
nuevo.
Siendo justos, debemos reconocer que el
capitalismo hiperconsumista fue positivo, al
menos, durante un tiempo. En gran medida hay que
agradecerle que hoy vivamos en un mundo
fundamentalmente abundante y con un alto grado de
confort material, especialmente en los llamados
países desa

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