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Y todos callaron – Toti Martinez de Lezea

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Y todos callaron – Toti Martinez de Lezea

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Resumen y Sinopsis De 

Jon Martínez de Albeniz, más conocido como “Jontxu, el del kiosko” por la pequeña tienda de periódicos y revistas que regentaba su madre, se frotaba la oreja derecha,
gesto habitual en él cuando no sabía por dónde empezar, y releía por enésima vez los dos documentos que tenía encima de la mesa: un certificado de nacimiento y un
testamento. Se preguntaba, también por enésima vez, a cuento de qué había aceptado un encargo tan importante con tan magro bagaje. Quizás porque estaba harto de
seguir a sospechosos de adulterio cuyos cónyuges buscan pruebas para el divorcio, o porque en Vitoria-Gasteiz no había demasiado trabajo para un investigador. La
propuesta le había llegado de manera providencial en un momento en el que sus finanzas estaban bajo mínimos y cuando ya empezaba a pensar que tendría que
ocuparse de la tienda a fin de salir de su pésima situación económica. También tendría que olvidar el sueño que lo había acompañado desde que era un chaval y leyó Las
aventuras de Sherlock Holmes, es decir llegar a ser un gran detective, algo que no tenía visos de convertirse en realidad. Buscar a un tipo de quien sólo disponía de su
certificado de nacimiento era sin duda una tarea ímproba. Podría estar desde hace tiempo cultivando chiribitas, como decía su madre, o haberse ido a vivir a las
Filipinas… En el listín de teléfonos no aparecía su nombre y tampoco en Hacienda, donde tenía un amigo al que había hecho varios favores y de quien echaba mano cada
vez que necesitaba información “sensible” relacionada con algún cliente. Lo buscó asimismo en los listines telefónicos y las Haciendas de los otros territorios de la
Comunidad Autónoma, así como de Navarra y de La Rioja. Y en Internet. La red de redes era un pozo sin fondo donde podía encontrarse absolutamente de todo. Pero
por más que tecleó el nombre y los apellidos, no encontró nada. El tal Miguel Aurra Zabaleta estaba totalmente desaparecido, y él no tenía ni idea de por dónde
empezar a buscarlo. Finalmente, decidió que la única forma de averiguar algo, si es que había algo que averiguar, era centrándose en la madre de su clienta, la finada doña
Amelia. Abrió la ventana de su despacho, nombre demasiado rimbombante para referirse al minúsculo habitáculo de dos habitaciones, cocina y baño, que ocupaba en un
viejo edificio de La Herrería, a fin de ventilarlo del humo de los cigarrillos que fumaba sin parar, y salió a la calle. Al rato estaba sentado a una mesa del café Casablanca,
en la calle Dato, en compañía de Genaro Zipriano, hombre mayor, soltero y maniático, pero ante todo cronista memorión de chascarrillos a lo largo de los últimos
setenta años. Lo sabía todo de lo ocurrido en la ciudad, nombres, familias, hechos, bodas, bastardos y escándalos varios, aunque siempre puntualizaba que sólo podía
ser veraz con lo acontecido en la Vitoria “de siempre”, la de antes de que la población genuinamente vitoriana se multiplicara por cinco mil, la del Batán donde las
parejas se magreaban a gusto sin testigos, o la de las huertas del extrarradio ahora repletas de barrios nuevos y desconocidos para él.
¿Meli Zabaleta? preguntó. Falleció hace dos semanas.
Sí, ya lo sé. Sus familiares quieren algunas informaciones. Ya sabe usted… asunto de herencias.
¿Y eso?
Parece ser que la señora tuvo un hijo legítimo de quien nadie conocía su existencia.
El hombre frunció el ceño y sorbió un trago de café.
El padre de Meli era jefe de bomberos y su madre tenía una mercería llamada Fémina, situada cerca de la iglesia de San Pedro. Tuvo problemas porque en el
escaparate colocó unos bustos con sujetadores y fajas, y el párroco aseguraba que aquello era una indecencia. Lo cierto es que los chavales nos parábamos delante y
hacíamos risas. Ahora las mujeres enseñan todo lo que tienen, pero entonces sólo nos quedaba la imaginación. Doña Julia era una señora de armas tomar, y se decía que
en su local tenían lugar reuniones subversivas.
¿Subversivas?
Sí, en la parte de atrás. Había una puerta que daba al cantón y los reunidos salían corriendo por ella en cuanto algún policía o cualquier persona desconocida
aparecía por el establecimiento.
Pero… ¿qué hacían?
Hablar. Los jóvenes no vivisteis aquellos tiempos; fueron duros de verdad. Yo era sólo un crío y todavía me acuerdo, aunque también hubo momentos buenos…
A Jon se le escapaba el discurso del anciano. Las historias viejas no le interesaban en absoluto; en su casa jamás se hablaba del pasado, ni de nada importante en
realidad.
¿Y doña Amelia?
Impaciente, escuchó a don Genaro desgranar sus recuerdos tras pedir una copa de anís y hablar de su época moza, de romerías, fiestas, personajes olvidados.
¿Y doña Amelia? repitió en una pausa que el hombre hizo para paladear la última gota de anís que aún le quedaba en el vaso.
La perdí de vista durante unos cuantos años. Luego, un buen día, apareció de nuevo por Vitoria, casada con un tal Evaristo Rojas, un tipo rico cuya procedencia
nadie conocía, aunque estaba claro que su fortuna era el premio a su lealtad. En aquella época, sólo los leales conservaron o multiplicaron sus caudales. Montó una
chatarrería y otros negocios, como una panificadora que abastecía a los cuarteles y alimentaba a los obreros que trabajaban en la construcción de los embalses del
Zadorra. En poco tiempo se hizo de oro y se compró el chalé. No tuvo cargos políticos, pero siempre iba detrás del alcalde en las procesiones y, en fiestas, aparecía en
el balcón del Ayuntamiento. Juraba que era un hombre muy religioso y que acudía a la Adoración Nocturna y esas cosas, pero una vez tuvo un accidente de coche en la
carretera a Miranda y no iba solo; la moza que lo acompañaba perdió una pierna. Fue un escándalo. También se habló de otra amante que se quedó embarazada. Como él
no quiso saber nada del asunto, la joven se marchó a Madrid y se suicidó, eso se dijo. Era un crápula concluyó el hombre.
¿Y su mujer?
Imagino que Meli conocía, como todo el mundo, las aventuras de su marido, pero no le importaban, al menos aparentemente. No lo sé, no teníamos mucha
relación. No se le veía por la calle, aunque a veces coincidimos en el Círculo Vitoriano y en algún funeral. Parecía distante, como si estuviera en otro lugar, y apenas
intercambiamos unas palabras. De hecho, daba tan poco que hablar que en más de una ocasión supuse que ya había muerto y quedé muy sorprendido cuando me enteré
de su reciente fallecimiento.
Así que lo del hijo, nada de nada.
No. Lo daría en adopción, o se lo quitarían nada más nacer. ¡Vete tú a saber! Aquellos fueron tiempos muy… muy movidos, pero puedes hablar con su
hermana, si es que todavía conserva la cabeza, que ya sabes que los viejos

FICHA

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