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Libro PDF Y tu amor llegó a mi vida Hermanos Malowe 1 Anna S. Segura

Y tu amor llegó a mi vida Hermanos Malowe 1  Anna S. Segura

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Eran unos hermosos niños, de
cuatro y tres años, muy avispados y
listos. Mandy era una mujer con suerte.
—¡Mamá, mamá! ¿Quién es? —
preguntó el más pequeño señalando
hacía la figura de Debby.
Ella se alzó orgullosa ante sus
hijos. —Es tu tía Debby. —Le dijo—. A
la cual no veía hacía mucho tiempo.
El otro niño más mayor sonrió.
—Qué guapa es. —Añadió mientras
la abrazaba con cariño.
Debby sintió el estrujón, y no pudo
evitar llorar de alegría, entonces lo
miró.
—¿Y cómo te llamas?
—Bernard, como mi papá —
respondió solemne.
—¿Y tú? —Le preguntó al peque.
—Ethan. —Balbuceó.
El niño escondió su rostro tras la
falda de su madre, aquel gesto hizo reír
a ambas mujeres.
Mandy miró a sus hijos con amor.
—Venga, poner la mesa, que hoy
cenaremos con la tía Debby.
—¡Bien! —Gritaron los niños
entusiastas.
Corrieron hacía la cocina.
—Que hermosos son. —Dijo
Debby.
—Sí, lo son. Han salido a su padre.
—Rio con humor—. Bernard no está
ahora en casa, pero lo conocerás luego.
—Añadió conduciéndola por el angosto
pasillo hasta la despensa.
Debby no dijo nada. No podía ser
más feliz de lo que era.
Ahora si se sentía en un verdadero
hogar lleno de amor, y cariño.
Sonrió, mientras seguía a Mandy
hasta la cocina.
Capítulo 5
Tras la cena Debby cayó
completamente agotada en la cama.
Había sido un día lleno de
emociones y reencuentros, y su joven
cuerpo no aguantó por mucho más
tiempo despierto.
Con suma ternura Mandy la arropó
como haría una madre con su hija.
La observó conmovida. Aun no
asumía la vida de vejaciones a la que
Debby había sido sometida por su
padrastro.
«¡Bastardo!», siseó con rabia.
Ella se encargaría ahora de que
nadie más le hiciese daño a su amiga.
La cuidaría, la mimaría, y
protegería de cualquiera que se le
acercase.
Lo malo sería como decirle aquello
a esposo.
Aunque Bernard era un pedazo de
pan, Mandy no estaba muy segura de
cuál sería su reacción cuando conociese
sus intenciones.
Por ello tanteó con cuidado el
terreno. No podía olvidar que el hombre
de la casa seguía siendo Bernard.
Cuando su esposo llegó a casa,
Debby hacía horas que dormía
plácidamente como un bebé.
Mandy no quiso despertarla. Le
apenaba tener que hacerlo.
La reacción de Bernard no se hizo
esperar.
—¿Quién es? —preguntó al verla
dormir como un angelito.
Ciertamente era una muchacha muy
linda. Mandy agarró a su esposo del
brazo, y con premura lo sacó de la
habitación, conduciéndolo hasta el
salón. No quería arriesgarse a que Debby
pudiese oír la conversación.
Bernard esperó impaciente la
contestación de su esposa. Arqueó la
ceja escéptico, y cruzó los brazos sobre
el pecho.
—Es Debby. —dijo Mandy
entornando la puerta del salón—. Mi
mejor amiga de la infancia.
Bernard la miró sin comprender.
Entonces añadió;
—Ha venido desde Oregón.
—¿Y cuánto se piensa quedar?—
preguntó reticente.
Mandy se alzó orgullosa por encima
de la cabeza de su marido.
—El tiempo que haga falta —
respondió.
Bernard ladeó la cabeza, negativa.
—Pero Mandy, no podemos
hacernos cargo de otra boca más para
alimentar, el bebé está a punto de
llegar… —Bernard hizo una corta pausa
y continuó—. Y apenas nos queda
dinero para sacar la granja hacia
delante. Todo son deudas. —Manifestó
compungido.
Mandy lo miró con amor. Sabía que
lo que decía Bernard era cierto.
Intentó suavizar la situación.
—No puedo echar a la calle a
Debby, ¡no lo haré! —Matizó con
énfasis—. Ella es como mi hermana,
además, no tiene donde ir.
Un nudo de angustia sofocó a
Mandy.
—¿Y sus padres? —preguntó
Bernard algo extrañado.
Mandy se estremeció al recordar la
cruel historia que arrastraba Debby
consigo.
Un sollozo brotó de su garganta.
De una zancada Bernard se acercó a
ella, y la abrazó con calor.
—Shhh —Le susurró—. Tranquila,
no pasa nada.
Miró a su esposa a los ojos. Quería
que ella confiase en él.
—Su madre murió hace años, poco
después de marcharme yo, y su
padrastro…
Mandy calló, avergonzada.
—¿Qué? —La instó a continuar con
paciencia.
—El padrastro de Debby la
maltrata. Es un hombre cruel y violento.
Bernard se sintió horrorizado e
impotente.
Sin embargo dejó que su esposa
terminase de contarle todo.
—Cuando la madre de Debby vivía,
las cosas eran completamente diferentes,
pero cuando murió… todo cambió.
Empezó a beber y pegar a Debby, la
obligó a abandonar sus estudios, y la
puso a trabajar como a una esclava.
Bernard golpeó su puño contra la
pared. —¡Maldito bastardo! —Masculló
furioso.
Mandy soltó una lágrima.
—¿Y nunca lo denunció?
—Lo intentó varias veces, pero ese
hombre es una mala bestia. —Replicó
Mandy con horror.
—¡Santo cielo! —Añadió Bernard.
—Por eso huyó de casa. Era su
única salida. ¿Lo comprendes ahora?
Debby solo nos tiene a nosotros. No
puedo ni quiero abandonarla. —Sollozó
llena de rabia e impotencia.
—Claro que no, mi amor, se
quedará aquí. —dijo Bernard
convencido—. Ya veremos cómo nos la
apañamos.
—Gracias cariño. —Besó los
labios de su esposo con ardor.
Bernard la miró ansioso.
Mandy ya conocía aquel brillo
fugaz en su mirada color avellana.
—¿Qué te parece si subimos a
nuestro dormitorio, y discutimos ciertas
cosas? —Le insinuó juguetón.
Ella se mordisqueó el labio
inferior.
—Mmm, me parece bien. —Y lo
volvió a besar esta vez con mucha más
pasión que la anterior.
Trevor se levantó aquella mañana
bastante tarde.
El reloj rozaba casi el mediodía.
No solía holgazanear tan tarde en la
cama, de hecho todos los días se
despertaba temprano, y acudía a su
puesto de trabajo en el rancho.
Sin embargo la noche anterior había
trasnochado más de la cuenta con sus
amigos, y eso le pasaría factura.
Trevor se despertó extrañamente de
muy buen humor, lo único que el alcohol
le producía una horrenda jaqueca.
Se miró al espejo. La inflamación
casi había desaparecido dejando tan
solo una amarillenta mancha sobre su
frente.
Instintivamente sonrió.
Recordó que ese mismo día había
quedado para almorzar con Adam
Chamberly, un hombre sumamente
competente, y preparado para asumir el
nuevo puesto de capataz que la familia
Malowe ofrecía.
Era una decisión que Trevor había
tenido que tomar.
Él solo no podía hacerse cargo de
todo el trabajo que acarreaba las tierras,
y Joe se marcharía en breve a la
universidad.
Contratar a Adam Chamberly era la
mejor opción para que el rancho
consiguiera salir adelante.
Con aquel pensamiento Trevor
entró en el salón.
Mía, que se había encontrado
leyendo un libro, una de sus pasiones
más evidente, la lectura compulsiva, lo
soltó sobre la mesa, y se abalanzó en sus
brazos con ímpetu.
—¡Trevor!
Abrazó a su hermano con sumo
cariño.—
Hola Mía. —La saludó con una
amplia sonrisa.
Trevor recorrió la estancia con la
mirada.
—¿Estás sola? —preguntó.
Mía lo miró con aquellos grandes
ojos color cielo.
Su hermana era tremendamente
hermosa.
Trevor no tuvo dudas que cuando
tuviese más edad no le faltarían
pretendientes, y entonces allí estaría él
para protegerla de los malhechores.
Con dulzura la jovencita repuso;
—Bueno, mamá está fuera, en el
jardín. —Y añadió locuaz—. ¿Quieres
que la llame?
—Mejor no. —Le guiñó un ojo con
complicidad.
Mía rio feliz, y volvió a la lectura
de su libro.
Trevor prefería evitar el choque
frontal con su madre.
Emily Malowe era una mujer de un
carácter temperamental y dominante.
No era de trato fácil. Estaba
acostumbrada a salirse siempre con la
suya.
Nunca estaba conforme con nada. A
todo le ponía pegas.
Era demasiado exigente y poco
conformista.
Si por algo era conocida Emily
Malowe en todo el pueblo, era por ser
una mujer fría de corazón.
Nadie se atrevía a enfrentarse a ella
cara a cara.
Trevor se acomodó en la silla, y
pidió que le sirviesen un té helado.
Aún tenía un par de horas libres
antes de almorzar con Adam.
Pensaba disfrutar tranquilamente de
su refrigerio cuando su madre entró en la
estancia, con mal talante.
Trevor la observó con porte
erguido.
Furiosa, Emily se dirigió a él, puso
los brazos en jarra, y encaró a su hijo.
—¿Crees qué estas son horas de
levantarse? ¿Qué el rancho se mantendrá
solo?
Su madre estaba bastante alterada.
Trevor intentó mantener la calma.
—No me grites mamá, no estoy
sordo. —Respondió pasivo.
—Sordo no sé, pero gilipollas sí.
—Le reprochó duramente.—Anoche sé
que saliste con esa panda de vagos que
tienes por amigos. —Repuso con
desdén.
—Basta. —Le suplicó Trevor en
tono conciliador. La cabeza le iba a
estallar de un momento a otro.
Emily se dejó caer en la silla con
un suspiro cansado.
Entonces lo miró fijamente.
—Trevor, hijo, ¿qué estoy haciendo
mal contigo? —Y añadió con un mohín
de disgusto—. Dímelo.
Trevor se sintió entre las cuerdas.
Su madre podía llegar a ser un arma de
doble filo.
—Nada. —Respondió mirando su
té.
—La pobre de Charlotte me llamó
ayer llorando —Absorbió fuertemente
por la nariz, y prosiguió— para decirme
que pasaste de ella en el picnic, que no
le prestaste suficiente atención, ¿es
cierto eso?
Trevor maldijo entre dientes,
«Maldita zorra de Charlotte».
—Sabes que ella es nuestra última
salvación. —Matizó con recelo su
madre.—
No empieces de nuevo. Eso ya lo
hemos hablado. —Replicó Trevor
cansado del tema—. No pienso casarme
con Charlotte.
Emily pareció indignada ante su
respuesta.
—¿Qué no piensas? Pero…
Trevor echó hacía atrás su silla, y
con impulso se levantó dispuesto a
abandonar la conversación.
—Déjalo, no me apetece seguir
hablando del mismo tema.
Emily lo fulminó con la mirada
iracunda.
—¿A dónde vas? —Le espetó.
Trevor se giró levemente hacía su
madre.
—Tengo que salir. —Objetó con
tosquedad.
—Pero hoy vendrá Charlotte, y su
padre el terrateniente a comer. —Se
mostró histérica.
Este se encogió de hombros.
—Pues tendrás que atenderlos

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