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Los Austrias El vuelo del águila – José Luis Corral

Los Austrias. El vuelo del águila – José Luis Corral

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Treinta y cinco años al lado de aquella mujer habían sido mucho más que toda una vida. Treinta y cinco años. Más que toda una vida.
Hacía ya una hora que el rey permanecía sentado junto al lecho con dosel donde acababa de expirar Isabel la Católica tras varias semanas soportando un terrible
dolor, enferma y consumida por la calentura y las fiebres tercianas. Fernando parecía abatido y lleno de pesadumbre, pero tenía los ojos secos y el rostro, marcado con
algunas arrugas, muy serio, aunque más sereno de lo que era de esperar de un hombre que acababa de perder a su esposa y a su reina.
El sol del mediodía inundaba de luz el dormitorio del palacio real de Medina del Campo en aquel día de fines de noviembre, donde se agolpaba un nutrido grupo de
cortesanos, entre ellos algunos de los más altos nobles del reino y varios frailes dominicos que rezaban entre murmullos una cantinela de letanías. Del exterior, desde la
plaza del Mercado, llegaban voces ininteligibles, como lejanos lamentos por la reina muerta.
En una de las paredes colgaba un tapiz con el emblema de los Reyes Católicos: el águila coronada de San Juan sostenía entre sus garras el escudo de la monarquía de
Fernando e Isabel, con los símbolos heráldicos de los reinos de Castilla y León, los palos amarillos y rojos de la Corona de Aragón, el águila negra del reino de las Dos
Sicilias y el fruto del de Granada, sobre la leyenda «Tanto monta», entre el yugo y el haz de flechas.
—Salid todos —ordenó Fernando de pronto, rompiendo su prolongado silencio.
—Debemos amortajar…
—He dicho que salgáis, todos —reiteró la orden, cortando tajantemente a uno de los médicos que había atendido a la reina en las últimas semanas.
—Alteza… —Los cortesanos presentes se miraron extrañados y algunos comenzaron a abandonar la estancia.
—Todos —reiteró el rey dirigiéndose a los dominicos, que no se habían dado por enterados—. Vos no, Losantos —indicó el rey señalando al médico converso,
mientras los demás presentes se retiraban en orden.
Cuando se quedaron solos, Fernando se puso de pie y se acercó hasta colocarse frente al tapiz.
—«Tanto monta…» —leyó—. Todos creen que ese lema —el Católico señaló la leyenda del escudo de su monarquía— hace referencia a la igualdad que
mantuvimos en el trono doña Isabel y yo mismo, pero en realidad fui yo quien lo elegí a semejanza de la tradición del nudo gordiano que cortó Alejandro Magno con su
espada, como ejemplo de que lo importante es conseguir los objetivos, y que da igual la manera de hacerlo. El «Tanto monta» no se refiere a la igualdad entre nosotros
dos, monarcas de Castilla y de Aragón, sino a los fines que pretendemos.
—Oportuna aclaración, alteza —observó Pedro Losantos.

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—Habéis sido un fiel servidor de la reina, ¿también lo seríais conmigo si os lo propusiera?
—¿Qué deseáis de mí, señor? —preguntó Losantos, tras asentir con la cabeza.
Pedro Losantos, médico al servicio de sus altezas, estaba asombrado. Él había tratado, desde que eran muy pequeños, a los hijos de los Reyes Católicos, y tenía
cierta relación con don Fernando, pero no dejó de sorprenderse al quedarse a solas con el rey junto a la cama donde yacía el cadáver de Isabel; era un privilegio que no
esperaba.
—Aragón no tiene heredero —soltó de pronto el rey Fernando.
—Señor, vuestra hija doña Juana…
—Mi hija es propietaria de los reinos de Castilla y León por decisión de mi esposa; así lo dispuso doña Isabel en su testamento firmado hace unas semanas. Pero
doña Juana no puede reinar en Aragón, ninguna mujer puede hacerlo. Es la ley.
—Esa ley puede cambiarse…
—Aunque así fuera, doña Juana no está en condiciones de reinar.
—Pero, señor, fue jurada como vuestra heredera y sucesora en las Cortes de Toledo y de Zaragoza, y luego en Barcelona y Valencia…
—Hace tiempo que su cabeza se perdió, como vos bien sabéis, pues os ocupasteis de ella cuando era una niña. El testamento de mi esposa aclara que, si doña
Juana está impedida para gobernar Castilla y León, debo hacerlo yo.
—¿Y vuestro nieto, el príncipe Carlos, el hijo de los archiduques Felipe y Juana?
—A él le corresponde mi herencia, sí. Tras la muerte del príncipe Miguel se ha convertido en mi sucesor en la Corona de Aragón. Mi amado nieto portugués… —
Fernando el Católico suspiró; se refería al príncipe Miguel, el hijo de la princesa Isabel de Castilla y de su esposo el rey Manuel I de Portugal, muerto con dos años de
edad en Granada. Si hubiera sobrevivido habría sido el soberano que uniera todas las Coronas hispanas: Aragón, Castilla y Portugal; y entonces el viejo sueño de los
Trastámaras de reinar sobre toda la Península se habría cumplido—. Carlos es un niño, y lo están educando en Flandes al modo de la corte de Borgoña. No será un buen
rey para Aragón, y tampoco para Castilla. Desde su nacimiento solo ha tenido preceptores flamencos y borgoñones. Supongo que ni siquiera sabe hablar nuestra lengua,
y nadie se ha preocupado por enseñársela.
—Es el heredero de vuestra hija Juana, a él le corresponderá sucederos al frente de Aragón cuando, Dios quiera que sea lo más tarde posible, vos faltéis. —Pedro
Losantos no dijo más; tuvo que morderse los labios para no incomodar a su rey. El cuerpo sin vida de la reina Católica todavía estaba caliente y a su viudo solo le
importaba el futuro de los reinos y Estados de la Corona de Aragón, de los que era soberano por herencia de sangre

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